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Drama en sala de espera: cuando el tiempo se detiene en Barranquilla
Barranquilla clínicas covid-19

La familia del intendente Julio espera en el exterior de la clínica para conocer su evolución.

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Drama en sala de espera: cuando el tiempo se detiene en Barranquilla

Los exteriores de las clínicas, algunas colapsadas, están llenos de esperanza, de ilusión y angustia

“Tengo fe y esperanza en Dios de que él se va a levantar de esa cama”, dice Cielo Julio, mientras golpea con el dedo índice de su mano derecha la pared que se interpone a los enfermos, algunos de covid-19, con el exterior de la Clínica de la Costa, en el norte de Barranquilla.

Se trata de la hermana del intendente Julio, quien presta sus servicios a la Policía de La Guajira, hasta hace una semana que se contagió del virus y las complicaciones en su salud obligaron a trasladarlo.

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Justamente en este Distrito y en su área metropolitana, cinco clínicas han reportado el colapso de sus unidades respiratorias, por lo que ya no reciben a más pacientes. Es el precio del tercer pico de la pandemia, que tiene la ocupación de camas UCI en 86 por ciento y en alerta roja a la ciudad.

Ahora, ella se encuentra junto con otra decena de personas que se han agolpado a metros del acceso a una de las torres de la edificación, donde atienden a los pacientes violentados por el coronavirus, esperando conocer la evolución de sus familiares.

Originalmente no es una sala de espera, de esas que disponen de sillas plásticas y a un costado un dispensador con agua para beber, no; pero es el corredor público donde la única forma de tomar asiento es el bordillo o la pared de concreto levantada a un metro del suelo frío y rústico.

Aunque, si no hay espacio en el muro, están las escaleras o el sardinel. Y si persisten los cupos sin disponibilidad, que al menos garantice el distanciamiento social, están las barandas para recostarse. La última opción es quedarse de pie.

Cuando suena el teléfono, es como si el tiempo se detuviera. Uno no sabe si es para buenas o malas noticias

Todo se da mientras el resplandor del sol les impacta en el rostro fruncido con señales de angustia, el vendedor informal ofrece sus productos o la calma es interrumpida por las sirenas de una ambulancia que arriba o sale del lugar, a socorrer otra emergencia.

Pero esas condiciones son lo de menos, si se trata de aguardar por tener noticias de sus seres queridos, algunos conectados a una máquina que les dé el impulso de respirar y mantenerse con vida.

“Cuando suena el teléfono, es como si el tiempo se detuviera. Uno no sabe si es para buenas o malas noticias. Sientes como si el corazón se paralizara. Es una sensación que no se la deseo a nadie, expresa Cielo.

Recuerda que su hermano era muy estricto con el autocuidado en la casa, ubicada en tierras guajiras: evitaba las fiestas, las reuniones, pero se terminó enfermando, según dice, en la oficina, cumpliendo con su labor.

La angustia hace parte del panorama frente a la puerta de los centros médicos, como este en la Clínica de la Costa.

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Y si no es el timbre del celular el que la altera, es el reloj cuando marca las 4:30 p. m., la hora fijada por la clínica para dar un nuevo reporte de su familiar y el familiar de los demás.

Por eso, ya Cielo Julio y su hermana que la acompaña contabilizan cada segundo y cada minuto de cada uno de los ocho días que llevan allí. Incluso, ya saben a qué hora desaparecerá la sombra en la que se resguardan y les impactará el sol, por lo que deben pasar a esperar a la otra acera.

“Aquí hemos permanecido todos estos días y seguimos con fe. También hemos sido testigos de episodios tristes de gente dando gritos de dolor cuando reciben la noticia de que su familiar falleció. Pero a la vez hemos visto a otros salir con alegría por un familiar recuperado, y así queremos salir de aquí nosotros”, sostiene.

Un aviso desgarrador

Las escenas llenas de ilusión que rememora y vislumbra Cielo Julio contrastan con los gestos de impotencia de un hombre joven a lo lejos. Durante 30 minutos se le ha visto caminando de un lado a otro, desesperado, al pie de la puerta custodiada por el vigilante.

De pronto, deja de caminar, se sienta, inclina su mirada al suelo, se lleva las manos a la cabeza y luego se seca la lágrima que recorre su pómulo izquierdo enrojecido. Una muchacha, quien también espera y lo observaba, desvía su vista y se le nota sus ojos aguados.

A unos 20 minutos de allí, en la Clínica Adelita de Char, el panorama parecía parcialmente tranquilo en medio del desespero y la angustia, hasta que es interrumpido por el llanto desgarrador y repentino de un hombre.

Hacía unos instantes, se había acercado a la puerta de donde se asomó un miembro del personal médico cubierto con bata azul y gorro blanco en su cabeza para notificarle, con lamento, el deceso de un pariente.

Su reacción intentaba exteriorizar un profundo dolor que, por naturaleza, solo él podía sentir: lloraba a rabiar, se tiró en el suelo, pataleó, daba fuertes palmadas al piso.

A mi abuela nos la entregaron aquí en la clínica sin vida por causas diferentes a covid, pero la clínica ingresó su cuerpo con los que están contagiados del covid

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¡No! ¿Por qué? ¡No! –decía, hasta que un familiar y un conocido, comprendiendo la situación, lo abrazaban fuerte para consolarlo y evitar que le ocasionara daños a su cuerpo.

Unas calles más arriba, hacia el norte, en la Clínica Reina Catalina, un letrero con el mensaje “esta unidad está colapsada” adherido a la puerta del edificio recibe a quienes permanecen en esta sala de espera pública.

Mientras una joven hablaba y lloraba sin consuelo por teléfono, con su rostro visiblemente agotado, otra mujer, Zully Serra, lamentaba el desenlace de su abuela paterna, ocurrido en la víspera.

“A mi abuela nos la entregaron aquí en la clínica sin vida por causas diferentes a covid, pero la clínica ingresó su cuerpo con los que están contagiados del covid. A la hora de entregarla, la funeraria no nos acepta velarla, porque la clínica cometió esa brutalidad”, expresa Serra.

La señora Serra insiste en una presunta irregularidad en la muerte de su abuela. El hijo de la fallecida y padre de Serra (der.) lamenta lo sucedido.

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Acompañada por su padre, la mujer de 39 años asegura contar con pruebas que demuestran que el deceso de su abuela no fue por coronavirus y ahora cuestiona al centro de salud por su proceder.

“Mi abuelo Hilario Serra está deprimido, porque la voluntad de mi abuela no era cremarla, ya que ella le tenía miedo a eso y había que respetarle su voluntad. Tengo una prueba que sale negativa y los motivos de ingreso fueron complicaciones por su edad de 87 años”, agrega.

Una escena alentadora

Diagonal a la Reina Catalina, en la Clínica Bonnadona Prevenir, que también se declaró con su capacidad a tope, el panorama es más paciente y con un sol que resplandece en la fachada de la edificación. Una ambulancia salía y otra entraba, marcando el ritmo de estos días.

De repente, la puerta de la torre central se abre y de ahí sale un enfermero impulsando en silla de ruedas a una adulta mayor recuperada. Posteriormente, salen una joven envuelta en lágrimas junto con un hombre mayor, quien la consuela.

En un instante, quienes atestiguan el momento piensan que es un llanto de lamento, pero en realidad se trata de lágrimas de alegría y gozo al recibir a su abuela recuperada, la misma que iba en la silla de ruedas.

Ante la mirada atenta de quienes presenciaron el momento, el hombre ayuda a la paciente a abordar el vehículo de la familia, mientras que la nieta le abría paso al interior del automotor, con la emoción de volverla a tener en casa.

Es una escena alentadora, que también recobra las ilusiones y la esperanza de los familiares y pacientes que siguen ahí y en el resto de salas de espera. Y a toda una ciudadanía en general que sufre la tragedia del covid-19. ¡Pronta recuperación a todos!

Deivis López Ortega
Corresponsal de EL TIEMPO Barranquilla
En Twitter: @DeJhoLopez
Escríbeme a deilop@eltiempo.com

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