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El 'rebusque' que se resiste a extinguir en el Centro de Barranquilla
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Colegas de ‘Toño’ están desesperados por la situación. Buscan visibilidad para que todo mejore.

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Vanexa Romero /EL TIEMPO

El 'rebusque' que se resiste a extinguir en el Centro de Barranquilla

Lustrabotas, gestores, entre otros, se mantienen produciendo en la informalidad, que está en 59,9%.

En Barranquilla, la recuperación del Centro Histórico avanza en proyectos que buscan restablecer el espacio público, adecuar edificaciones de considerable significado patrimonial y mejorar las condiciones de los mercados públicos, entre otras acciones.

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Es un sector que, históricamente, ha combinado al comercio formal con el informal. Y precisamente los comerciantes bajo la informalidad se han mantenido por décadas, rebuscándose con herramientas obsoletas por tiempo y por costumbres, pero aferradas a no extinguirse.

Antes, hay que tener en cuenta que el Dane reportó un 59,9 por ciento de informalidad en la ciudad, correspondiente al último trimestre de 2020, con un incremento del 4,7 por ciento. La cifra más alta al respecto en el país.

Entre esos informales del Centro de Barranquilla está el embolador de zapatos, Antonio Mejía, conocido popularmente en la zona del Centro Cívico como 'Toño'. Tiene 70 años, de los cuales 56 los ha dedicado a dejar "brillanticos" los zapatos de su clientela.

Era el trabajo de mi papá en el Paseo Bolívar. A esa edad se me dio por trabajar

"Me salí a los 14 años del colegio para coger esa labor. No terminé la primaria y me dediqué a eso porque era el trabajo de mi papá en el Paseo Bolívar. A esa edad se me dio por trabajar", dice el hombre.

Mientras alista su bicicleta en la casa del barrio Carrizal para "salir a aventurar", se anima a contar su historia desde cuando andaba en los exteriores de los bancos y peluquerías, cobrando 20 pesos por una lustrada sencilla o 30 pesos por una 'encharolada'.

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La caja de embolar de 'Toño' es la imitación de un bus.

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Vanexa Romero /EL TIEMPO

Los mejores emboladores

"En esos tiempos todo era barato, se vivía hasta con 10 pesos. En un día bueno, era 10 o 15 pares de zapatos embolados. Uno mismo se conseguía su clientela, la gente pasaba por el Paseo Bolívar, lo veían a uno y lo citaban para días después y así", recuerda Mejía.

Por lo anterior, solo en una semana se estaba haciendo entre 100 y 150 pesos. Era tal la sensación con los lustrabotas en esa época, que el Paseo Bolívar era el corredor de ellos y, según reconoce, los mejores eran los que más ganaban.

"Los mejores eran los más veteranos. 'Chucho' se los ha llevado para el cielo, porque ya no existe ninguno de esos. Como todo ha cambiado, eso es un trabajo al que le queda uno que otro. Ahora si usted va al Paseo Bolívar y ve tres, eso es mucho", indica el embolador.

Si bien 'Toño' no acostumbra a quedarse en un solo lugar de la zona céntrica de la ciudad, desde 1988 se hizo en un puesto en el Centro Cívico, donde abogados, jueces y policías sabían que podían encontrarlo fácilmente.

No había teléfonos personales, el que tenía la necesidad de llamar se acercaba a la antigua Telecom y lo hacía. Por eso, él facilitaba la búsqueda de los clientes fieles cuando querían darle una lustrada a sus zapatos, quedándose en un lugar fijo.

La técnica para lustrar

"Hoy en día no hay trabajo. La gente no está pendiente tampoco de pedirle a alguien que le limpie los zapatos, lo hacen ellos mismos. Pero la tradición no se acaba, porque esto es un arte. Algunos me dicen que no tienen cómo dejar brillantes los calzados, no se aprende de un momento a otro", explica.

Hora y media después de hacer el recorrido en bicicleta desde el sur hasta el centro, saluda a los ‘llaves’ o amigos, saca la banquita donde se sienta a las 10 de la mañana, el pequeño cajón decorado con apariencia de bus, los cepillos, los regadores, el betún y el limpión.

Se ilusiona con limpiar hasta las 2 de la tarde dos o tres pares de zapatos, porque, como si fuera poco, ahora la pandemia del covid-19 les complicó la situación: "las panaderías están cerradas, hay muchos lugares cerrados y poca gente en la calle".

Pero no reniega y, por el contrario, se reinventa. Impide que el avance del tiempo se convierta en su enemigo y, por el contrario, trabaja con él. Lustra zapatos a domicilio, a todo el que ve le da su tarjeta personal y al cliente le mete conversación y le echa chistes "para que no se duerma".

No aprendí otra clase de oficio, pero me rebusco en varias cosas. Tengo que salir, porque las tripas me chillan

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Al rato le llega un cliente, coge el zapato, le retira la mugre, le riega el betún y al final le da el brillo para que la persona quede conforme. Posee varios colores: el negro, el marrón, el beige, miel, uva, el gris y el blanco. Todo es un proceso que va de 5 a 20 minutos, según la prisa del ciudadano.

Sin embargo, reconoce que sus colegas están desesperados por la situación. Buscan visibilidad y guardan el optimismo de que todo mejore. "No aprendí otra clase de oficio, pero me rebusco en varias cosas. Tengo que salir, porque las tripas me chillan", sostiene antes de soltar una carcajada.

Antonio 'Toño' Mejía sigue dándole cepillo a un par de zapatos negros. De entrada, sabe que no regresará a casa con cero pesos en el bolsillo, como le pasó el día anterior y otros días atrás.

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A Pinedo también se le ve en el sector del Centro Cívico de Barranquilla con su máquina de escribir.

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Vanexa Romero /EL TIEMPO

Cuando vi que se me cerraron las puertas y se me gastaron los zapatos buscando un empleo, mi papá me referenció

El trabajo con máquina de escribir

Otra herramienta de trabajo que no pasa de moda es la William Pinedo, un padre de familia que se "gana la vida" como gestor tributario y de otros trámites en el corazón de Barranquilla. Por mucho avance de tecnología, la máquina de escribir sigue siendo su compañera.

"Cuando vi que se me cerraron las puertas y se me gastaron los zapatos buscando un empleo, mi papá me referenció en este medio desde 1985, cuando comencé. Con esto le he podido dar educación a mis hijos", relata Pinedo.

Como al embolador Mejía, para Pinedo muchas cosas han cambiado, menos el uso de la máquina de escribir, la cual emplea en la elaboración de rentas, balances, memoriales, derechos de peticiones, tutelas y reclamos a empresas de servicios públicos, o cualquier otra índole.

"Siempre se le da un uso a la máquina de escribir, pero ya no es como antes. Persistimos con ella, es llamativo para las personas que pasan y ven el escritorio ambulante. Algunos se acercan y hasta se toman fotos con la máquina", asegura Pinedo mientras se ríe.

Esta herramienta ha sido la razón de mi vida. Tiene ciertas teclas que no tiene el computador

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Considera que, a pesar de los años, la configuración de esta herramienta facilita el trabajo como no lo hacen los computadores de ahora. La que tiene ahora es modelo 70, la recicló desde hace tres años cuando el primer dueño la dejó de usar y, cada vez que se daña, él mismo la repara.

"Lo malo es que se llenan de polvorín, como trabajo aquí en la calle… Pero esta herramienta ha sido la razón de mi vida. Tiene ciertas teclas que no tiene el computador", manifiesta el hombre.

Sin embargo, lamenta que la labor no tenga mucho futuro. Esta generación, tanto la que se mantiene usando las máquinas de escribir en el Centro, como las mismas herramientas; van llegando al final de su vida útil y no tienen reemplazo.

"El avance del tiempo no es enemigo para mí, tenemos que seguir preparándonos, tenemos que seguir en ese trasegar. El que no lo hace, queda rezagado y pierde estabilidad", sostiene Pinedo, quien junto con el lustrabotas hacen parte de ese grupo de 'rebusque' que se resiste a extinguir en el Centro de Barranquilla.

Deivis López Ortega
Corresponsal de EL TIEMPO Barranquilla
En Twitter: @DeJhoLopez
Escríbeme a deilop@eltiempo.com

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