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‘Le pedimos al Gobierno que no importe leche’, campesinos de Suesca
Reunión de asociados de Asolhatogs

Campesinos de Asolhatogs, en Suesca, Cundinamarca, se reúnen para hablar de su situación económica.

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Cortesía Asolhatogs

‘Le pedimos al Gobierno que no importe leche’, campesinos de Suesca

Una asociación de 100 personas comercializa, a diario, los productos de la zona.

Es de madrugada. El reloj marca las 4 de la mañana. Gloria lleva despierta algunos minutos. La temperatura está a unos 9 grados centígrados. Se asoma a la ventana y la neblina hace parte del paisaje. Hace frío, pero no le incomoda. Ya está acostumbrada. Se baña. Va a la cocina y prepara el desayuno para ella y su familia.

Usa un saco de lana y una chaqueta que la protege del clima. Va hasta donde tiene sus vacas y las lleva, sola, hasta el punto de ordeño. Pese a la temperatura, con agua, lava la ubre de cada animal y se percata de que esté limpia. Usa una máquina que le ayuda durante algo más de dos horas a ordeñar a sus 20 vacas.

Gloria Yepes Abril es una de los 100 miembros que tiene la Asociación Lechera y Agropecuaria de Hato Grande (Asolhatogs) en Suesca, Cundinamarca.

Hace 19 años, en 2002, varios campesinos decidieron reunirse y buscar una opción para tener estabilidad económica. “Antes venían los llamados ‘cruderos’, pero nos pagaban la leche como ellos querían o no venían a diario”, explica Catherine Melo, presidenta del colectivo.

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Los ‘cruderos’, también llamados ‘jarreros’, son personas que compran leche de manera informal. Llegan a las fincas y ofrecen un valor específico que suele ser muy poco, según explican habitantes del lugar. “Se han aprovechado, en varias ocasiones, de los campesinos”, dice Gloria. 

Los 'cruderos' se han aprovechado, en varias ocasiones, de los campesinos

Este hecho, que se presenta en varias zonas del país, sobre todo en lugares donde las grandes compañías no pueden recoger la leche, ha puesto en jaque al bolsillo de los campesinos, pues se han visto obligados a venderla a poco precio con tal de que no se desaproveche lo que producen. “Era la única alternativa que tenían. Era eso o todo se quedaba en el autoconsumo o se desperdiciaba”, cuenta Catherine.

La mayoría de las familias que viven en la vereda Hato Grande depende de los ingresos de su actividad agrícola. Son núcleos familiares de tradición, es decir, varias generaciones han habitado las casas y fincas del sector, y se mantienen de las ventas diarias.

(Lea también: Las angustias de una familia de recicladores en Bogotá)

Gloria Yepes Abril (der.), una de los 100 miembros que tiene Asolhatogs en Suesca, Cundinamarca.

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“Las familias resultaban vendiendo lo que producían a precios absurdos, como un litro de leche a menos de 500 pesos. Algo que no era consecuente, porque estos intermediarios lo revendían a las grandes empresas a tres o cuatro veces más ese precio”, dice Catherine.

En la zona, la pobreza y la desigualdad son problemas recurrentes. “Hay familias con ingresos menores a 300 mil pesos mensuales. Varias dependen de lo que consiguen a diario”, explica Gloria.

(21 millones de personas están en situación de pobreza en Colombia)

De hecho, la mayoría de los campesinos solo cuenta con Sisbén, los adultos mayores no tienen pensión y no todos los jóvenes logran acceder a la educación superior. Según cifras de la Alcaldía de Suesca, 648 personas hacen parte del grupo A y 2.509 del grupo B de Sisbén IV.

Estas situaciones hicieron parte de las motivaciones para conformar Asolhatogs, una opción para dar estabilidad económica y mejorar la calidad de vida.

La unión hace la fuerza

No fue fácil comenzar. Al principio, solo fueron 20 campesinos los que tomaron la decisión de reunirse para comercializar sus productos. Tres mujeres y dos hombres formaron parte de la primera junta directiva de la asociación.

En ese entonces, uno de los asociados donó parte de su terreno para crear el centro de acopio. Con una camioneta pequeña de estacas tenían que hacer el recorrido por todas las fincas y recoger las cantinas llenas de leche.

Según explica Catherine Melo, Alquería, su aliado comercial, “se convirtió en un gran apoyo porque, por ejemplo, ayudaron a que las familias tuvieran cantinas para recolectar la leche a diario, y también han entregado implementos de bioseguridad en la pandemia”.

Durante estos 19 años, fueron sumándose más personas a la asociación. En la actualidad, hay 97 asociados y tres proveedores de leche. La diferencia es que los primeros pagaron por una única vez una cuota para obtener beneficios y están vinculados de forma permanente, mientras que los segundos solo dan el producto.

Este es el centro de acopio de la Asociación Lechera y Agropecuaria de Hato Grande (Asolhatogs) en Suesca, Cundinamarca

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Cortesía Asolhatogs

Uno de los momentos más difíciles fue en 2014 cuando delincuentes los asaltaron. En ese momento, pagaban en efectivo a los productores. De regreso desde Chocontá hacia la vereda Hato Grande, los ladrones les robaron 35 millones de pesos. “Fue un golpe duro, sobre todo porque es dinero de gente que lucha para sobrevivir”, narra Catherine.

En Asolhatogs, les pagan a los campesinos cada quince días. Para solucionar ese bache que les dejó el robo, optaron por pedir un préstamo. Desde ese momento, decidieron empezar a consignar el dinero en cuentas bancarias.

Pero ahí apareció otro reto: la bancarización. A través de capacitaciones y programas, desde el colectivo se impulsó esta opción. “Los orientamos en cómo debían hacerlo y qué beneficios tiene el hecho de tener una cuenta. Ahora ellos agradecen que pueden tener incluso un respaldo para solicitar un crédito”, dice Catherine.

Hay familias con ingresos menores a 300 mil pesos mensuales. Varias dependen de lo que consiguen a diario

El sentido de pertenencia ha sido clave para sostener durante estos años la asociación. Por año, se hacen varias reuniones en las que se explican temas para mejorar la calidad de la leche, protocolos, actividades de integración y cursos que ayudan a mejorar la vida y convivencia en la zona.

En la actualidad, se recogen a diario 3.200 litros de leche. A cada campesino, se le compra en algo más de mil pesos el litro.

El producto se recoge en tres momentos con un camión cisterna que compraron, tras ahorrar una década, en 2011. Un conductor y un ayudante recorren las veredas de Hato Grande y Peña Negra, en Suesca, y Pueblo Viejo, en el municipio de Chocontá. Después de cada viaje, refrigeran la leche en un tanque en el centro de acopio, lugar al que llega un camión de su aliado comercial.

Esta rutina fue la que permitió que la producción y comercialización de leche durante la pandemia fuera constante. “Había incertidumbre y miedo cuando comenzaron las restricciones”, explica Catherine, quien asegura que el reto del último año fue garantizar que no se detuviera la producción y se protegiera a los habitantes de las veredas.

‘No es fácil ser joven y ser mujer’

Ser mujer y vivir en el campo colombiano sigue siendo un reto. En eso coinciden Catherine y Gloria, quienes son testigos de la desigualdad en las zonas rurales.

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Gloria Yepes nació en la vereda Hato Grande, en Suesca, y vivió durante un tiempo en ese lugar. Después fue a Bogotá a estudiar, pero decidió retornar. “Quería salir adelante por mis propios méritos y montar mi empresa: mis vacas; quería vivir del campo”. Y lo logró. Tiene tres hijos, pero vive solo con uno y con su esposo en la finca. Los otros dos están en Bogotá.

Catherine Melo (der.), presidenta de Asolhatogs, con su familia en Suesca, Cundinamarca.

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Catherine Melo, de 28 años, se convirtió en la presidenta más joven que ha tenido Asolhatogs. Llegó a ella porque sus papás estaban vinculados desde que era pequeña. Siempre tuvo el ideal de estudiar y ayudar a su comunidad. “No siempre el hombre es el que tiene que liderar en todo” -sostiene- “No es fácil ser joven y ser mujer en el campo, pero se ha dado el cambio”.

Ellas dos hacen parte de la mayoría de la asociación, pues 54 de las 100 personas que integran el colectivo son mujeres. Catherine fue elegida hace tres años como la cabeza de la junta directiva.

“Las mujeres no deben seguir siendo estigmatizadas y encasilladas en ser amas de casa. Nuestras habilidades nos hacen ser líderes en todos los lugares”, cuenta la joven, quien es zootecnista y está terminando una especialización en dirección y gestión de proyectos.

El llamado de los campesinos

Gloria es una de las nueve personas que en Asolhatogs tienen máquina de ordeño. Las otras 91 deben hacer la actividad de forma manual, lo que supone un reto pues la mayoría de los campesinos son adultos mayores.

Catherine dice que espera que en unos años esto pueda cambiar. “Son máquinas que no todos pueden costear”. En el mercado, el precio de estos elementos está entre uno y tres millones de pesos.

La presidenta de la asociación asegura que buscan alternativas para facilitar el trabajo de todos. De hecho, insiste en que es una ventaja tener al aliado comercial porque les da garantías a los campesinos.

En esas opciones, como narran los productores de la zona, hay beneficios que da el colectivo como la entrega de jabones especiales para lavar las ubres de las vacas, los concentrados e insumos de forma directa en la finca. Antes, debían ir hasta el pueblo, a más de una hora de trayecto, para buscar y comprar estos elementos. “Eso permite que podamos reducir gastos”.

Solo 9 de los 100 asociados de Asolhatogs cuenta con una máquina de ordeño.

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Cortesía Asolhatogs

Otro de los retos tiene que ver con el precio del producto que en varias ocasiones ha sido volátil. Gloria Yepes es enfática en esto: “Le pedimos al Gobierno que no importe la leche porque nos afecta. Cuando traen de otro país, acá compran la leche a menor precio”.

Si bien la pandemia tuvo efectos en el bolsillo de los campesinos, los asociados aseguran que han logrado tener estabilidad en el último año. “Si no existiera la asociación, varios estarían en la pobreza; ser parte de ella nos permite tener algo seguro”, concluye Gloria.

Lo que buscan los asociados es que más personas de las veredas de Suesca y municipios aledaños se vinculen a Asolhatogs y logren sacar adelante la industria lechera, reducir la desigualdad en el campo y recibir un pago digno por lo que producen.

DAVID ALEJANDRO LÓPEZ BERMÚDEZ
Periodista Reportajes Multimedia
En redes: @lopez03david 
Escríbanos a berdav@eltiempo.com

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