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Mi bebé fue asesinado por su propio padre; así intento vencer el dolor
Luis Santiago

Luis Santiago murió el mismo día cuando fue secuestrado, según la investigación de las autoridades.

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Cortesía familiar

Mi bebé fue asesinado por su propio padre; así intento vencer el dolor

Luis Santiago murió el mismo día cuando fue secuestrado, según la investigación de las autoridades.

La historia de Ivonne Lozano, mamá de Luis Santiago, el niño que asesinó Orlando Pelayo.

Orlando Pelayo estaba al lado mío. Entrelazó su mano con la mía cuando yo veía desorientada a la multitud prendiendo velas en la vereda Tíquiza, en Chía. A los dos nos miraban con tristeza, nuestros ojos encharcados en lágrimas no podían ocultar ese sentimiento. Ante las cámaras que cubrían la desaparición de mi bebé de 11 meses, él sentenció: “Por favor, no le hagan daño a Luis Santiago, devuélvanlo lo más pronto posible. Estamos sufriendo”. Eso fue el 26 de septiembre del 2008.

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A Orlando lo conocí por una amiga en el 2005. Era un taxista en Chía. No lo veía con perspectivas amorosas al principio, era un hombre muy mayor (48 años) para mí, una niña de 19 años que por circunstancias de la vida decidió salir de su casa desde los 16.

Siendo menor de edad quedé embarazada de Vivian Carolina. Hui de la casa para estar con mi pareja de ese entonces, un hombre de 24 años, el papá de la niña. Las cosas no funcionaron, dejé el estudio y seguí mi vida, con mi hija, en la casa que fue de mis abuelos paternos en la vereda Tíquiza.

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Ivonne Lozano, madre de Luis Santiago, cuando tenía 21 años.

Foto:

David Osorio. Archivo EL TIEMPO

Me dediqué a trabajar en una empresa de flores para sacar a la niña adelante. Vivian casi siempre estuvo con el padre, era difícil que una mujer inmadura y con pocas entradas económicas lograra darle lo suficiente.

Orlando, pasados unos meses de conocerlo, me conquistó. Era un hombre de baja estatura, canoso y de ojos claros. Lo terminé viendo como un escape a todos los líos que tenía en mi vida. Fui la hija rebelde de mi familia, la Lozano Hermann, de descendencia alemana por mi abuelo materno, un soldado que llegó a Colombia huyendo de la Segunda Guerra Mundial.

Quizá pensé que Orlando, un hombre mayor, me enseñaría a tener la serenidad que necesitaba en ese momento. Cuando iniciamos la relación, él ya tenía dos hijas, ellas son incluso mayores que yo. Me mostró comprensión, contaba que era un buen padre a quien le tocó sacar adelante a sus niñas tras el abandono de la madre.

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Se veía como un tipo bueno, muy normal, alguien de quien se podía fiar. Tras al menos un año de relación, quedé en embarazo de Orlando. Esa noticia sí lo cambió. Me dijo que ya era una persona adulta para tener un bebé a esas alturas. Con esa respuesta, él se desapareció y quedé sola con el bebé que venía en camino. Nunca convivimos.

No me importaba mucho su ausencia. Era una joven trabajadora, más centrada y determinada a tener a ese varoncito a quien llamaría Luis Santiago.

Luis Santiago, mi hijo

Luis Santiago nació el sábado 24 de octubre del 2007. Era una gotica, un bebé rubio, de ojos claros, mi adoración. No pasó mucho desde su nacimiento para que Orlando apareciera.

Luis Santiago, hijo de Ivonne, con solo unos meses de nacido.

Foto:

cortesía de la familia

Por teléfono, a la semana, él me contó que su padre había fallecido. También me dijo que su nieto, de solo seis meses, había muerto por ahogamiento en circunstancias muy extrañas. Era la primera vez que cruzábamos palabras en meses.

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–No me niegues la oportunidad de conocer a mi hijo –me suplicó Orlando.

Con semejantes noticias, cómo no le iba a abrir de nuevo la puerta. Para ser sincera, me parecía adecuado que mi pollito, como mi mamá empezó a llamarlo, tuviera presente una figura paterna. Nos reconciliamos y volvimos a empezar.

Orlando no aportaba mucho para Luis Santiago, pero estaba atento a él. Lo visitaba e incluso casi que a diario nos transportaba desde la vereda Tíquiza hasta el centro de Chía, a la casa de mis papás, donde mi familia me ayudaba a cuidarlo mientras yo trabajaba en seguridad para una empresa de flores.

Mi jornada empezaba muy temprano. A las 4:30 a. m. ya iba en el taxi de Orlando rumbo a la casa. Había cercanía del padre con el hijo. Como las madrugadas desde la finca eran complicadas, ya tenía planeado dejar esa casa, donde también vivía una tía, para buscar la independencia con mis dos hijos. Vivian estaba con nosotros todos los fines de semana, ahorraba de sus onces para comprarle regalos a su hermanito.

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¡Esta hijueputa me vio la jeta!

Sin embargo, días antes del trasteo empezaron los problemas con Orlando, al punto que le dije que era mejor volvernos a distanciar. Por más que lo quisiera y fuera el papá de mi hijo, era prudente terminar la relación definitivamente.

Miércoles 24 de septiembre
del 2008: la noche del demonio

Como era costumbre, ese día trabajé desde muy temprano. En la tarde fui de vuelta a la casa de mis papás a recoger al niño, esperaba también que Orlando fuera a recogernos para dejarnos en la finca.

Llegó entre las 7 y 8 de la noche en su taxi. Mi mamá me decía que prefería que nos quedáramos, pero Orlando ya estaba en la casa para llevarnos a Tíquiza, a unos 20 minutos en carro.

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Al llegar a la finca, Orlando salió prácticamente disparado de la casa. Aludió que tenía un servicio en la emisora del municipio y que debía irse con urgencia.

Orlando Pelayo, padre de Luis Santiago.

Foto:

Felipe Caicedo. Archivo EL TIEMPO

Preparé dos teteros para Luis Santiago. Uno se lo di cuando veíamos las novelas Aquí no hay quien viva y La hija del mariachi; así quedábamos profundos en nuestra cama. El otro se lo daría a las 10:30 p. m., cuando el niño siempre se despertaba.

Mi tía, para ese momento, no estaba. Acostumbraba a irse en las tardes y en las noches al centro del pueblo. Por eso, cuando escuché que abrían la puerta, seguí dormida, pensaba que era ella.

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En un parpadeo sentí como una sombra estaba a escasos cinco metros de la cama. Un hombre alto, con pasamontañas y traje negro irrumpió en la casa.

Me levanté de inmediato a defenderme. Santiago seguía en la cama, pero pronto se despertó a llorar.

Empecé a forcejear con el hombre. Luchaba con todas mis fuerzas para no dejarme vencer. Me golpeaba una y otra vez. Pero como sabía algo de defensa personal, le quité el pasamontañas y le rasguñé la cara.

–¡Esta hijueputa me vio la jeta! –gritó ese hombre.

Ahí fue cuando entró a la habitación una mujer. También vestía ropas oscuras y pasamontañas. Entre los dos me muelen a golpes como si fuera un saco de boxeo.

¡Santiago no está! ¡El niño no está! ¡Se lo llevaron, se lo llevaron!

–Si usted no se deja, su chino las paga –me dicen.

Con la advertencia, me rendí. Me preguntaron por un dinero, pero yo apenas tenía 5.000 pesos que mi mamá me prestó. En la casa no había nada de eso.

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La pareja me sometió a su antojo. Quedé en la cama amordazada, con cintas en las manos y en los pies. Una de las sábanas me la amarraron al cuello, tratándome de estrangular.

Con un cable de celular entre los dedos de las manos me ataron a la base de metal de la cama. Mientras tanto, el hombre no solo me golpeaba la cabeza y el abdomen, también me manoseaba, abusaba de mí.

Luis Santiago cumplía 11 meses de nacido cuando fue secuestrado.

Foto:

cortesía de la familia

Dejé de escuchar el llanto de mi hijo.

Totalmente vencida, el hombre usó cinta para cubrirme también la boca y haló la sábana para ahorcarme.

Pero hice un acto de supervivencia que escuché en una entrevista de un secuestrado que escapó de la guerrilla: me hice la muerta.

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Me quedé quieta, por completo, ni un suspiro. El hombre siguió tocándome. Cuando se iba a ir, me puso una almohada en la cara para asegurarse de que me asfixiara por las cintas que cubrían mi boca y mi nariz. El hombre de negro seguramente pensó que ya estaba muerta.

Unos 15 minutos después presentí que no había nadie en la casa. Rompí el cable que me ataba a la cama. Como seguía amarrada de pies y manos empecé a dar saltos para buscar a mi hijo. En la mesa seguía servido su teterito.

Dejaron totalmente bloqueadas las salidas, pero logré abrir una especie de puerta falsa que daba salida a un callejón de la entrada de la finca. Empecé a emitir sonidos aún con la boca amordazada, buscando ayuda. Desesperada, solo pensaba: en manos de qué monstruos cayó mi hijo.

Finalmente, me vieron unos niños. Los papás de ellos llegaron hasta la casa, me ayudaron a quitarme la sábana del cuello, las mordazas y cintas de la cara.

Grité: ¡Santiago no está! ¡El niño no está! ¡Se lo llevaron, se lo llevaron!

La angustia no era por mí, era por él; con todo lo que ya me habían hecho, era evidente que mi hijo corría peligro. Estaba confundida, no había razón para llevarse a mi hijo.

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Empieza la búsqueda

Los vecinos llamaron a la policía, que solo tardó 10 minutos en llegar. Yo solo gritaba: ¿dónde está mi hijo? De los golpes sufridos parecía moribunda, por lo que me llevaron de urgencias a la Clínica Chía.

Pero yo quería era buscar a mi hijo. A mayor tiempo transcurrido, menos posibilidad de hallarlo rápido. Orlando Pelayo llegó esa noche al hospital. Se mostró asustado, compartía mi shock por lo que pasaba. Sentía que era una reacción normal para la tragedia que pasábamos: el secuestro de nuestro hijo.

Por favor, no le hagan daño a Luis Santiago, devuélvanlo lo más pronto posible. Estamos sufriendo

La noche y la madrugada fueron un infierno. Me arrodillé a la doctora para que se apiadara de mí, para que me dejara salir rápido a buscar mi hijo. Era una pesadilla no saber qué le estaba pasando.

(Crónica: Luis Gregorio Ramírez,
'Asesino de la Soga
')

A primera hora, los doctores me permitieron ir a la sede de la Policía para interponer el denuncio. Los investigadores ya habían escuchado parte de mi relato durante la noche en el hospital.

Físicamente me sentía muy mal, tenía muchos moretones por el cuerpo y hematomas gigantes en el estómago. Eso poco me importaba, lo esencial era que Luis Santiago apareciera.

El dato clave que les di a los investigadores fue la descripción del rostro del secuestrador, a quien le dejé un rasguño en la cara.

Ese jueves 25 de septiembre me pidieron que fuera a mi casa, ¿pero cómo le sugieren a una madre que perdió a su hijo que se quede tranquila? Orlando me visitó en la casa. Esperamos a que llegara la llamada extorsiva, primera hipótesis que se manejó. Los teléfonos nunca sonaron ese día.

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Como no había rastro del niño, los investigadores pidieron que el caso se divulgara en los medios para hacer eco y hallar cualquier información concerniente a la desaparición.

Desde la tarde de ese día, con mi hermana mayor, Emma, y mis papás, empezamos a recorrer Chía entregando volantes. Nos subíamos en los buses intermunicipales hacia Bogotá para buscar al menos una señal que nos dijera dónde estaba el niño.

Orlando Pelayo tomando de la mano a una angustiada Ivonne Lozano.

Foto:

EL TIEMPO

Luis Santiago era una luz de vida, un niño inocente que no debía sufrir.

Orlando, las pocas veces que hablamos, me decía que no me afanara, que el niño estaba bien. La Policía nos mantenía por mucho tiempo en interrogatorios. En los secuestros de los niños, todos somos sospechosos.

Para el viernes 26 de septiembre entré en cólera. No había noticias del niño, me parecía indignante que las autoridades no me dieran razón alguna.

El caso hizo boom en las noticias. Esa noche, las personas de la vereda Tíquiza organizaron una 'velatón' para orar por la salud y la vida de Luis Santiago. La Policía sugirió que Orlando estuviera conmigo para ejercer presión a los captores.

Ante todo el mundo, Orlando me tomó de la mano y pidió en televisión que no le hicieran nada al niño. De camino a la casa, en su taxi, él me dijo que nunca atentaría contra Luis Santiago. Algo asustado, me indicó que él estaba en la lista de sospechosos por la desaparición de su propio hijo. Nunca se me pasó por la cabeza que tuviese algo que ver.

El día cuando estalló todo

El sábado, tres días después del secuestro del niño, el municipio organizó una misa para seguir orando por el bienestar de Luis Santiago. Un periodista me dijo que el presidente de ese entonces, Álvaro Uribe, estaba en una cumbre con los alcaldes de Cundinamarca en Cota, pueblo vecino de Chía.

Logré hablar con Uribe. Él aumentó la recompensa por información que permitiera la captura de los secuestradores. Tras esa visita explotó todo.

En la tarde, la Policía me informó que capturaron a dos sospechosos de la desaparición de mi hijo. Se trataba de Martha Garzón y Orlando Ovalle Moreno. Al intentar reconocerlos, me desmayé de la ansiedad debido a que no fui capaz de tener la seguridad de señalarlos. Lo único claro es que el hombre sí tenía el rasguño que le había provocado.

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Orlando Ovalle Moreno, secuestrador de Luis Santiago.

Foto:

David Osorio. Archivo EL TIEMPO

Esa misma noche, Orlando Pelayo, el propio papá de Luis Santiago, fue capturado por ser sospechoso de la desaparición. ¡No lo podía creer!

Al amanecer del domingo, todo fue caótico. Las noticias me enloquecieron. Un primer rumor decía que Orlando había ordenado el secuestro del bebé. Posteriormente, lo habían asesinado y arrojado a un bosque.

Estaba completamente salida de casillas, rompí todo lo que encontraba a mi paso hasta que, de nuevo, caí desgonzada.

En la Clínica Chía, los doctores me decían que no podía perder las esperanzas, que lo que menos necesitaba Luis Santiago es que yo me diera por vencida. Hasta ese momento eran suposiciones filtradas por la prensa. Así que intenté tomar un nuevo aire y buscar a mi hijo.

Los investigadores me decían que el niño estaba bien. En mi cabeza pensaba que el infierno se estaba por acabar. Teníamos planeado el gran recibimiento: un peluche y cientos de bombas para decorarle su regreso.

Duré expectante hasta el amanecer del lunes. No tenía noticias de mi hijo y fui a bañarme para ir a la Policía a clamar por resultados.

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Mi hermana Emma, mi gran apoyo en la vida, se quedó pegada a la televisión. Ella es quien escucha primero la noticia que pronto derrumbaría mi vida.

Al regresar, encontré a mi hermana con el televisor apagado, lloraba desconsolada y estaba furiosa, al punto que sacó a unos policías de la casa.

¡Luis Santiago apareció!

No entendía su reacción enfurecida. Me decía que también explotó por la falta de noticias. La angustia de Emma no solo era por lo que ella ya sabía, sino que alguien más me dijera la noticia de un solo golpe.

A la casa llegaron, en cuestión de segundos, varias autoridades policiales, un sacerdote, la directora del ICBF, entre otras personas. Me sentaron en una silla.

–¡Luis Santiago apareció! –me dijo una psicóloga.

Yo me alegré muchísimo. Era lo que esperaba. Les preguntaba que dónde estaba, les insistía en que lo quería ver.

A los pocos instantes de júbilo, la misma psicóloga tuvo que completar la oración que jamás quise escuchar.

–¡Luis Santiago apareció, pero apareció muerto! –sentenció.

Estar muerta en vida

Acababa de recibir el peor golpe de mi vida. Luis Santiago no murió solo, yo también me morí en ese momento.

Perdí el conocimiento. Solo hasta la noche de ese lunes reaccioné otra vez en la Clínica Chía.

Página de EL TIEMPO durante el cubrimiento del secuestro del niño.

Foto:

EL TIEMPO

A mi hijo lo encontraron en un cerro de Chía, envuelto en una bolsa blanca. Vestía su ropa verde y le faltaba una media, el par había quedado colgado en un arbusto de la finca cuando los secuestradores huyeron.

Me hicieron pruebas de ADN para cotejar completamente la identidad de mi hijo. Mi familia también reconoció su cuerpo.

Sentía que un huracán, un volcán o un terremoto me revolcaban. No hay peor sensación que escuchar que un hijo murió. Me preguntaba cómo había llegado hasta aquí, cómo me torturaban de una manera tan cruel.

Lo único que yo deseaba era morirme, irme con mi hijo. No había un Dios que curara ese dolor; de hecho, lo odiaba, ¿dónde estaba él en el momento cuando asesinaron a mi hijo?

Una noticia sorprendente

Con mi dolor, lo único que quería era estar sola y llorar a mi hijo en la habitación del hospital, esperando colapsar para estar con él. Un psiquiatra ingresó al cuarto para intentar consolarme. Una misión imposible.

Tras minutos hablándome de que debía seguir luchando. El médico me lanzó otra bomba.

–Ivonne, usted está embarazada –me dijo.

No había poder humano que me llevara a hacer eso; miraba el crucifijo con odio, con rabia. Lo que sí le pedía en ese momento era que me dejara morir en paz

¿Cómo iba a estar embarazada cuando lo único que quería era morirme? Eso era lo que pasaba por mi cabeza. No quería ver a nadie. Salí corriendo a unas escaleras del hospital. De ser posible, quería que la tristeza me tragara.

Me preguntaba las razones por las que debía seguir adelante, por las que tenía que avanzar. Mi mamá llegó a consolarme. En un día me enteraba que había perdido a mi hijo y que tenía otro bebé en camino, también de Orlando Pelayo.

Mi madre me pedía, en la capilla del hospital, que nos refugiáramos en Dios. No había poder humano que me llevara a hacer eso; miraba el crucifijo con odio, con rabia. Lo que sí le pedía en ese momento era que me dejara morir en paz.

Unas horas después recibí la visita del presidente Uribe y de su esposa, Lina Moreno. Me pidieron que luchara por el niño que venía en camino. Tenía tres meses de embarazo.

–Es un momento muy duro, pero ese angelito que viene en camino no tiene ninguna culpa –me dijo Uribe.

La despedida de Luis Santiago

El día del sepelio de Santiago fue el peor dolor que una madre puede sentir. En la madrugada, su cuerpo llegó a la capilla de la Clínica Chía. Debía ver a mi hijo para asumir el duelo.

Sentía mucha angustia porque para mí mi hijo no estaba muerto, yo lo sentía en mi corazón, quería que alguien saliera y dijera que todo era una equivocación.

Verlo en el cajón fue la peor sensación. El dolor se recrudecía, ¿cómo tendría que asumir que mi hijo ya no estaría conmigo? Estaba viva porque respiraba, pero yo no estaba ahí.

Luis Santiago fue despedido en una multitudinaria ceremonia en Chía.

Foto:

David Osorio. Archivo EL TIEMPO

Cuando lo entierran, me desmayé, como si me fuera con él. Entré en sí en la noche, de nuevo, en la Clínica de Chía, sabiendo que ya no lo tendría.

Duré tres días hospitalizada, tenía dolores físicos y emocionales; además, la vida del bebé estaba en peligro. Cada día me despertaba con odio, dolor, la sensación no desaparecía ni durmiendo. Maldecía a Orlando Pelayo.

A medida que avanzaba mi embarazo, pensaba cómo reconstruir las ruinas. Quería tener a mi hijo, dejárselo a mi hermana y morirme; ese era el deseo.

Me levantaba con miedo de tener al bebé y que le pasara lo mismo que a su hermanito, Luis Santiago.

Acompañé cada audiencia contra Orlando Pelayo. Escuchaba con detenimiento lo que decían los tres implicados. No entendía como Martha Garzón y Orlando Ovalle hablaban de lo que nos hicieron como si fuera una proeza.

Era un choque duro, ¿qué fuerza tenía yo para seguir? Mi cabeza luchaba contra sí misma: había sentimientos de dolor, de odio, de amor, de esperanza… Todos se golpeaban, y en mi vientre sentía al niño que venía en camino.

Un ángel

Las semanas posteriores a la muerte de Luis Santiago transcurrían, los mensajes de mi mamá y del mismo Álvaro Uribe hacían eco en mí. El bebé que venía en camino no tenía culpa de nada; si tenía una misión, era luchar por él.

Por eso, cuando el niño nació, me acordé de lo que me dijo Uribe, que el bebé era un angelito, así que lo llamé Ángel.

Era un verdadero milagro que el bebé sobreviviera a la golpiza que me dieron los secuestradores durante la noche del 24 de septiembre del 2008. Es probable que ese ángel me salvara del demonio que enfrenté aquel día. Los doctores no entendían dónde se escondió ese niño y cómo no lo terminé perdiendo.

Ángel fue una de las causas para seguir viva. También lo fue Gilma Jiménez, quien desde la desaparición de Luis Santiago me tendió la mano. Esa mujer se convirtió desde ese momento en mi segunda madre.

Gilma Jiménez e Ivonne Lozano, en una audiencia contra Pelayo.

Foto:

Felipe Caicedo. Archivo EL TIEMPO

Mi causa, hasta el día de hoy, fue promover la cadena perpetua para los delitos contra menores. Aunque ella murió de cáncer hace algunos años, yo seguía con la convicción de que lo de Luis Santiago era algo que no se debía repetir en Colombia, y si llegara a pasar, el verdugo tenía que pagarlo.

Pasaba mis días entre audiencias y los cuidados de Ángel, una gota de agua de su hermano; también rubio y de ojos claros. Me rebuscaba vendiendo chocolatinas en el centro de Chía.

Con mi bebé ya en mis brazos, tenía que sacar fuerza para darle lo que podía. Recibí colaboración de Gilma, también del coronel Fernando Huertas, investigador del caso de Luis Santiago y quien terminó siendo el padrino de Ángel.

Ni hablar de lo que Emma hacía por mí, ella era mi sostén. A las semanas del caso, a mi hermana la echaron del colegio donde trabajaba, le argumentaron que estaba mal psicológicamente para llevar a cabo sus funciones.

Mientras tanto, mi hija Vivian sufría del matoneo de los compañeros del colegio. Ella, con 9 años, debía escuchar cómo los otros niños le decían que Luis Santiago había sido abusado. No entiendo la crueldad para burlarse de algo como eso.

Lo que decía Orlando

Orlando Pelayo cayó tras su teatro en televisión. A la Policía le llegó información de que él había estado ofreciendo dinero para raptar a un niño. Las autoridades comprobaron que él se aseguró de que estuviéramos en la casa cuando ocurrió el ataque. De hecho, él transportó a los responsables.

Durante las audiencias tenía que verlo de nuevo a la cara. Era terrible, me provocaba ir a matarlo. Me preguntaba por qué mi hijo estaba muerto y ese maldito seguía ahí parado.

Orlando Pelayo, en las audiencias en su contra.

Foto:

Federico Puyo. Archivo EL TIEMPO

Cada día de audiencia, volvía a mi casa llorando. Me causaba ira cada estupidez que salía de su boca, una de ellas era que él decía que no sentía que Santiago era hijo de él.

Pero esa justificación absurda quedó desvirtuada con el cotejo de ADN, el cual constató que era su hijo, situación que se convirtió en un agravante para él.

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Otra excusa que decía durante las audiencias era su otra pareja, quien además también tenía un hijo solo meses mayor que Luis Santiago. Si uno tiene un hijo, para qué se lo va a negar a la nueva persona con quien esté.

Lo que pretendía Pelayo era borrar todo rastro de la relación, para avanzar con su otra familia. Los relatos de los otros dos implicados no me dejan de dar escozor, me erizaban, me siguen dando rabia. Aunque pidieran perdón, eso me ofendería; de qué sirve si ya la vida de mi niño se desvaneció, no me lo van a devolver. Las cosas que hicieron son irremediables.

A Orlando Pelayo lo condenaron a 60 años de prisión. Sus cómplices, Orlando Ovalle y Marta Garzón, fueron sentenciados a 27 años de prisión por el secuestro agravado de mi hijo. La pena no me devuelve al niño, pero me garantiza que nadie va a atacar a Ángel y otros menores no sufrirán a ese monstruo.

Mi nueva vida

A los dos años del crimen de mi hijo, me trasladé a Bogotá, a un apartamento que el Gobierno me regaló en Usme. Trabajé varios años en el restaurante de una cadena de supermercados.

Parte de mi vida quería dejarla en Chía, en mi pueblo recordaba todo el tiempo lo que pasó. Incluso nunca más volví a la finca. Mis cosas quedaron allá, hasta vestí por muchos meses la ropa de mi madre debido a que cualquier cosa me acordaba el momento de mi tragedia.

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Es doloroso no haber tenido ese reencuentro dándole un abrazo, un beso y el peluche que le compré

Empecé a validar el bachillerato en Bogotá. A Angelito me lo ayudaba a cuidar una vecina, pero preferí dejarlo en manos de mi mamá y de mi hermana Emma, en Chía; allá estaría más seguro, pues una madre soltera sufre para ubicar a una persona de confianza para que quede a cargo del niño cuando se trabaja.

Mi misión era hacer una carrera. Así que decidí estudiar Criminalística, una carrera afín a lo que quería seguir con la fundación Todo Puede Cambiar, a la cual me vinculé para promover la cadena perpetua contra los abusadores y asesinos de niños. Uno de mis sueños es consolidar el programa Santiago Vive, para prestar ayuda psicológica a los niños víctimas de violencia sexual.

También estuve impulsada a estudiar Criminalística para entender por qué Orlando hizo lo que hizo. Descifré que era una persona mentirosa, al punto de engañar al polígrafo, que durante el proceso una vez le salió bien.

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Orlando, además, era un sociópata, un hombre que vivía alejado de su familia. Esos estudios, aunque no los logré culminar por falta de recursos, me cambiaron la pregunta del por qué al para qué: me dieron la chispa para luchar por la causa de la cadena perpetua, que justamente este año se convirtió en ley.

Ivonne Lozano empezó a estudiar Derecho.

Foto:

Cristian Ávila Jiménez

Quizá el caso de mi hijo sirvió para mostrar la crueldad de muchos contra los niños. Santiago le abrió los ojos a mucha gente. Él fue un ángel que mostró la realidad de lo que padecen algunos menores de edad. Es doloroso no haber tenido ese reencuentro dándole un abrazo, un beso y el peluche que le compré, no haber disfrutado su niñez y su adolescencia, como cualquier otro, pero lamentablemente una persona nos quitó ese derecho.

Este semestre volví a la universidad, pero a estudiar Derecho. En este país, las víctimas pocas veces tienen un abogado, yo quiero ser esa defensora. Llevo varios años vinculada a una empresa de seguridad. Me reconcilié con Dios.

Vivian ya es una señorita, de 21 años; quiere ser periodista. Tengo otro hijo, José Daniel, de 6 años, que vive conmigo.

Ángel cumplió 13 años, vive por periodos conmigo y con Emma, su segunda madre, ¿qué sería de mi vida sin ella?

De Orlando Pelayo solo sé que está en la cárcel La Tramacúa. Él está muerto para mí. Así como lo quise, lo enterré.

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CRISTIAN ÁVILA JIMÉNEZ
SUBEDITOR DE ELTIEMPO.COM

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