Así se salvó el Frente Nacional y nació el M-19

Así se salvó el Frente Nacional y nació el M-19

Hace 50 años se sembró la semilla de la primera guerrilla que se convirtió en partido político.

19 de abril

EL TIEMPO publicó el 20 de abril los resultados de las elecciones en primera página con el título: ‘Reñidísima elección’.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: LEOPOLDO VILLAR BORDA - para EL TIEMPO
18 de abril 2020 , 10:55 p.m.

Era el 19 de abril de 1970. En el cuadrilátero de la política colombiana dos adversarios formidables libraban ese día el último asalto de un combate definitivo. De un lado estaban el Gobierno presidido por Carlos Lleras Restrepo y los pesos pesados de los partidos tradicionales, el liberal Alberto Lleras Camargo y el conservador Mariano Ospina Pérez, que se jugaban enteros por Misael Pastrana Borrero, un abogado conservador huilense de 47 años postulado para ejercer el último de los cuatro mandatos bipartidistas pactados por los fundadores del Frente Nacional. 

Del otro estaba el general Gustavo Rojas Pinilla, protagonista del único golpe militar del siglo en el país, quien tras ser derrocado, exiliado, juzgado y condenado había obtenido su rehabilitación y resucitado políticamente para convertirse en el enemigo número uno del sistema gobernante.

Pastrana había sido escogido como candidato bipartidista después de una tormentosa convención conservadora reunida el 5 de noviembre del año anterior en el Capitolio Nacional, en la que su nombre salió airoso por decisión de la mesa directiva, presidida por Ospina Pérez, aunque en las votaciones no había derrotado a sus rivales, Belisario Betancur y Evaristo Sourdis. La decisión de Ospina había sido acogida por mayoría en la convención liberal reunida también en el Capitolio un mes después, no sin que antes se produjera el retiro de un grupo de convencionistas que estaban en desacuerdo con el procedimiento. Uno de ellos, Alfonso Palacio Rudas, explicó su decisión en la columna dominical que publicaba diciendo que le incomodaban las maquinarias políticas y que “el candidato estaba acordado de tiempo remoto por los pontífices y mandarines del Frente Nacional”.

Rojas Pinilla, por su parte, había sido proclamado por la Alianza Nacional Popular (Anapo), el partido que fundó en 1961, dos años antes de ser absuelto por la Corte Suprema de Justicia y seis antes de que el Tribunal Superior de Bogotá le devolviera sus derechos políticos. Desde su creación, la Anapo no había dejado de crecer y en sucesivos procesos electorales había ganado una representación ascendente en el Congreso y las demás corporaciones públicas. Era una coalición de disidentes conservadores y liberales, simpatizantes de izquierda y antiguos partidarios del gobierno militar que cobraba fuerza a costa del desgaste de los gobiernos del Frente Nacional en medio de una evidente crisis política y social.

Lo que estaba en juego era nada menos que la suerte del pacto realizado por los partidos tradicionales para gobernar juntos después de haberse enfrentado en una guerra civil no declarada que dejó más de 200.000 muertos. El pacto, realizado después de lograr la caída de Rojas trece años antes, se había cumplido hasta entonces con la alternación de liberales y conservadores en la presidencia.

La campaña

La campaña había sido muy agitada, especialmente en su último tramo, debido a un escándalo que amenazó la estabilidad del Gobierno. Este fue desatado por el senador liberal samario José Ignacio Vives Echeverría, un combativo y fogoso orador, contra el ministro de Agricultura, Enrique Peñalosa Camargo, y Miguel Fadul, gerente del hoy desaparecido Instituto de Fomento Industrial (IFI). Durante dos meses, desde el 21 de julio hasta el 19 de septiembre de 1969, Vives adelantó un debate en el Congreso que se convirtió en un espectáculo nacional. Su transmisión por la radio hipnotizó a los colombianos como solo lo había hecho antes la radionovela El derecho de nacer, del cubano Félix B. Caignet, que mantuvo pegados a la radio a los hogares del país en la década de 1950.

El origen del debate fue una denuncia de tráfico de influencias formulada por Peñalosa contra Vives, quien pasó de acusado a acusador para afirmar que los dos funcionarios, quienes antes de ingresar al Gobierno eran socios en dos firmas de consultoría que llevaban sus apellidos, no habían cerrado las firmas y continuaban beneficiándose de sus operaciones. Para apoyar sus acusaciones el senador exhibía copias de facturas y cheques, proyectadas sobre un telón en el augusto recinto del Capitolio. Además, extendió sus ataques a Carlos Lleras de la Fuente, hijo del presidente Lleras Restrepo, a quien acusó de haber introducido ilegalmente un automóvil al país. El escándalo causó un fuerte impacto en la opinión y contribuyó al crecimiento de la Anapo, más aún cuando Vives lanzó una bomba política al anunciar su apoyo a la candidatura de Rojas Pinilla.

(Lea también: Un año después, no hay condena por crimen de chilena Ilse Amory)

Al cerrarse la campaña, los colombianos tenían varias opciones para decidir su voto. Las dos principales, que terminaron por polarizar la opinión, eran las de Pastrana y Rojas Pinilla. A sus nombres se agregaban los de Betancur y Sourdis, que desconocieron la candidatura de Pastrana y se lanzaron en disidencia, el primero apoyado por un sector conservador crítico del Frente Nacional, y el segundo con un fuerte respaldo en la costa Caribe.

La ‘novela electoral'

El 19 de abril fue un día lluvioso en Colombia y muy frío en Bogotá. Sin embargo, la afluencia de electores excedió los cálculos más optimistas. Cuando las urnas se abrieron a las ocho de la mañana, en los sitios de votación se habían formado largas filas y se respiraba un ambiente de entusiasmo, sobre todo entre los partidarios de Rojas Pinilla. Con banderas y pancartas pregonaban su adhesión a la Anapo, pues entonces no estaba prohibido este tipo de manifestaciones en las fechas electorales.

En contraste, no se observaban manifestaciones semejantes de apoyo a Pastrana.
A medida que avanzaba la jornada se hacía más evidente que una marea rojista estaba invadiendo las urnas. A las cuatro de la tarde, cuando comenzó el conteo de los votos en las mesas, la ventaja de los anapistas se fue materializando. Por esto no causó sorpresa que hacia las nueve de la noche todas las emisoras y los noticieros de televisión coincidieran en que Rojas Pinilla superaba a Pastrana por una diferencia que parecía difícil de remontar: 113.000 votos sobre un total aproximado de 2,3 millones que sumaban los dos. Betancur y Sourdis los seguían a distancia.

Fue entonces cuando el ministro de Gobierno, Carlos Augusto Noriega, salió a la televisión para anunciar los datos que estaba sumando la Registraduría y decir que los transmitidos por las emisoras eran una “novela electoral”. Los que dio Noriega a esa hora le daban a Rojas 753.243 votos y a Pastrana, 744.022.

En la mañana del 20 la diferencia en favor de Rojas había desaparecido. Bajo el título ‘Reñidísima elección’, este diario publicó los resultados en primera página: 1’368.981 votos para Pastrana y 1.366.364 para Rojas. El boletín final de la Registraduría, emitido días después, publicó las cifras que quedaron consagradas como la verdad oficial: Pastrana, 1’625.025; Rojas, 1’561.468; Betancur, 417.350; Sourdis, 336.288.

Estos resultados nunca fueron reconocidos por los anapistas, que no tardaron en manifestar su rechazo a lo que sintieron como un robo. En la mañana del 21, cuando el presidente Lleras Restrepo se disponía a ofrecer una rueda de prensa en el Palacio de San Carlos, se palpaba el malestar en las calles céntricas de Bogotá. Gentes en actitud hostil permanecían al acecho, como si esperaran una consigna para lanzarse al ataque.

19 de abril

“Misael Pastrana Borrero, candidato del Frente Nacional, a su llegada al Capitolio donde depositó su voto, fue objeto de una clamorosa ovación por parte de la multitud”, según registró EL TIEMPO.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

‘Pequeño 9 de abril’

No pasaron muchas horas antes de que aquel malestar precipitara un estallido popular que algunos compararon con la revuelta que produjo el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. En Bogotá y otras ciudades hubo saqueos, pedreas y refriegas con la Fuerza Pública que dejaron muertos y heridos. Esto llevó al presidente Lleras Restrepo a decretar el estado de sitio y el toque de queda en la capital desde las ocho de la noche hasta las cinco de la mañana. La residencia de Rojas Pinilla, en el barrio Teusaquillo, fue rodeada por el Ejército y varios dirigentes de la Anapo fueron detenidos transitoriamente. Muchas personas tuvieron que pasar la noche donde las sorprendió la hora señalada sin que pudieran llegar a sus casas.
La acción del Gobierno conjuró lo que habría podido ser una gigantesca revuelta. Las aguas volvieron lentamente a su nivel, pero no ocurrió lo mismo en el ámbito del orden público. Tras una larga maduración, un grupo de jóvenes rebeldes, descontentos con lo ocurrido en 1970, formaron una organización guerrillera e invitaron a obreros, campesinos y trabajadores en general a unirse a su insurgencia.

Primero lanzaron una campaña de expectativa con ingredientes muy simples pero suficientes para despertar curiosidad en todo el país. En los principales diarios empezaron a aparecer en los primeros días de enero de 1974 pequeñas piezas publicitarias anunciando la llegada de lo que parecía ser un nuevo producto: “¿Parásitos?... ¿Gusanos?... Espere: M-19”.

Su primera acción fue una audaz incursión en la Quinta de Bolívar el 17 de enero del mismo año para hurtar la espada del Libertador. A estas siguieron otras más osadas como el asalto a las instalaciones del Cantón Militar del norte de Bogotá durante el cual sustrajeron más de 5.000 armas, la toma de la embajada de la República Dominicana en febrero de 1980, la del Palacio de Justicia el 6 de noviembre de 1985 y el secuestro de Álvaro Gómez el 29 de mayo de 1988, que paradójicamente abrió el camino para la firma de la paz y la transformación del M-19 en un partido político. No fue el final de la historia, sino el efecto remoto de aquella jornada de abril en la que los colombianos se fueron a dormir creyendo que habían elegido a un presidente y se despertaron con la noticia de que el elegido era otro.

LEOPOLDO VILLAR BORDA
Especial para EL TIEMPO

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