Indignados.com

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Los 'indignados' se han convertido en la nueva tendencia, pero esto no soluciona los problemas. 

Carrusel
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Miguel Yein

Por: Alberto Salcedo Ramos
20 de diciembre 2018 , 03:23 p.m.

El deporte de moda en estos tiempos es declararse indignado.

Hacerlo, preferiblemente, en las redes sociales y en los foros virtuales de los medios de comunicación. Refunfuñar, quejarse, patalear, exasperarse, acusar, insultar. En cuanto uno despierta empieza a lidiar con esta legión de seres crispados.

Protestan contra casi todo. Contra el uso comercial de la Navidad, contra la congestión de los aeropuertos en esta época del año, contra los villancicos, contra la forma en que otros celebran, contra los que no celebran, contra las aerolíneas impuntuales, contra el menú de un nuevo restaurante, contra las filas en la caja de un supermercado, contra algún famoso que publicó un tuit infortunado, contra el vecino que se la pasa oyendo reguetones, contra los que protestan por todo (es decir, lo que estoy haciendo yo), contra esto y contra aquello.

Contra el Presidente de la República, contra la división de impuestos, contra la Defensoría del Consumidor, contra el político que busca consensos, contra el que no los busca, contra la barriga de Homero Simpson, contra el copete de Alf, contra la serie de televisión del momento, contra el columnista que defiende tesis contrarias a las nuestras, contra el árbitro del partido de ayer.

Se indigna todo el mundo, desde el hincha de un equipo de fútbol hasta la espectadora de un concurso de belleza. Se indignan la profesora, el estudiante, el veterinario, la desempleada, el camillero, la enfermera, el reportero, el ganadero, la actriz, el jubilado, la abogada. Ya hay partidos políticos que llevan en el nombre la palabra “indignados”.

Y sectas.

Y cuadrillas.

Hace poco conocí a un activista que se presentó de la siguiente manera:

–Mucho gusto: Soy Fulano de tal (omito el nombre verdadero), “un indignado”.
Me dieron ganas de ripostarle con la historia que me contó el poeta Juan Manuel Roca acerca de un intelectual colombiano que repartía tarjetas de presentación muy graciosas:

“Perencejo López, erudito”.

Cada indignado anda por ahí convencido de que su indignación es más importante que la del prójimo. Además, jura que sus querellas son señales de sensibilidad social y sentido crítico. La mala noticia es que al enfurecernos por cualquier motivo le quitamos poder a ese gesto. Si todo resulta indignante es porque, en el fondo, nada nos indigna. Una vez que las protestas se banalizan, los problemas se tornan intrascendentes. Rechazar aquello que atenta contra nosotros o nos disgusta es un derecho legítimo, ni más faltaba. Pero si nos la pasamos echando pestes contra cualquier cosa, o si dejamos que nuestras críticas se conviertan en un aspecto más del exhibicionismo típico de las redes sociales, le quitamos efecto a la indignación.

Los indignados necesitan linchar a alguien cada día. Hoy a un ministro, mañana a un actor importante, luego a cualquier otro Fulano. Dentro de dos meses ni ellos mismos recordarán el linchamiento de este instante, porque estarán concentrados en una nueva lapidación. La histeria cotidiana nos va volviendo cada vez más exasperados, más amnésicos y, sobre todo, más indolentes.

Chillamos, bravuconeamos, insultamos, olvidamos. De tanto ofuscarnos nos enceguecemos y perdemos la cordura. Después, para colmo de peras en el olmo, nos quedamos sordos, pues como nos acostumbramos al alboroto ya no podemos oír ningún argumento.

Allá afuera, en el mundo real, siguen los problemas de siempre, esos que ya ni siquiera somos capaces de distinguir por andar embebidos en nuestro discurso fatuo de la indignación.

Alberto Salcedo Ramos

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