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Vandalismo e inseguridad / Voy y vuelvo
Inseguridad

Los ciudadanos piden barrios seguros en donde se sientan tranquilos. Barrio La Macarena.

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Archivo El TIEMPO

Vandalismo e inseguridad / Voy y vuelvo

Los ciudadanos piden barrios seguros en donde se sientan tranquilos. Barrio La Macarena.

En Bogotá se disparó el homicidio y el sicariato. 

La última vez que me robaron en la calle tenía 18 años. Un hombre apareció de la nada, por entre los buses de la carrera 10.ª con calle 19, y se llevó el reloj. Cuando intenté reaccionar, apareció otro, también de la nada. “Quieto ahí… no se haga joder”, me dijo. Muerto del susto, solo pude rumiar mi mala suerte.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y creo que el hecho de no haber sufrido otro incidente similar es porque ando, como se dice popularmente, mosca. Miro para todos lados en la calle, sospecho de cualquier motociclista (sobre todo si viene con parrillero) o cualquier ciclista; no transito por lugares solitarios ni a ciertas horas; intento recordar la nota de mi colega Cárol Malaver titulada: ‘Las técnicas de los atracadores para robarlo’, y así no dar papaya. Si voy en el carro, lo mismo.

Lea también: Conozca cuáles son las técnicas de los atracadores para robarlo.

Y, sin embargo, sé que no estoy exento de que en cualquier momento me pueda ocurrir algo. Dios quiera que no. Por eso, el relato de cada atraco que registramos en este periódico a diario, en el bus, en la calle, en el parque, en la panadería o el restaurante, me llena de zozobra. Pienso en mis hijos o en otro colega de este diario que también fue víctima de los ladrones hace poco, le pusieron un revólver en el estómago. Increíble. Y así todos los días. Pero es más doloroso cuando el atraco termina en homicidio, como ocurrió esta semana con una persona en el norte de Bogotá. Es una vida, es un hijo, un padre, un hermano, un compañero de trabajo. Es brutalmente inconcebible que algo así ocurra. ¡Y por un celular! El destino debería ser más justo.

Este caso, que volvió a conmover a los bogotanos, se hizo visible por el hecho en sí, por las circunstancias y por el lugar donde ocurrió. Pero como este son 80 o 90 asesinatos cometidos cada mes, en promedio, en lo que va del año, y de los que ni siquiera hacemos registros en los medios. La mayoría, es cierto, obedecen a ajustes de cuentas entre bandas criminales, pero son vidas que se pierden y una situación que deteriora a la ciudad. El tema preocupa porque no solo se disparó el homicidio, sino el fenómeno del sicariato. Y el miedo, por supuesto.

Lo que llama la atención es que prácticamente todas las autoridades –Policía, Fiscalía y Distrito– coinciden en que una de las muchas razones para el aumento de atracos y asesinatos es la escasa presencia de policías que deben patrullar barrios, atender emergencias y hacer retenes para detectar armas. ¿Por qué? Porque llevan meses ocupados en hacerles frente a los disturbios que tienen lugar en distintos puntos de la ciudad. Claro, con una policía escasa y con vándalos que denigran de la protesta pacífica y la convierten en una batalla campal, es lógico que no haya Fuerza Pública que alcance. Esta semana por poco vuelan un barrio porque los manifestantes rompieron una válvula de gas; a Usme la tienen azotada con bloqueos y daños al comercio local. La Policía no puede dejar de atender esta otra amenaza que se ensaña contra la comunidad, pero mientras lo hace, en el otro extremo de la ciudad, los hampones andan sueltos y frescos.

Así las cosas, que nos vaya quedando claro que parte de la inseguridad que se respira en Bogotá –no la única, insisto– puede obedecer a esta sucesión de hechos que nos han puesto a merced del hampa. Sí, están llegando más policías, están sacando a hombres y mujeres del área administrativa de la institución a la calle, hay más policías bachilleres y la Secretaría de Seguridad implementará nuevas medidas para atender los focos más peligrosos, pero no habrá Fuerza Pública suficiente y disponible si los señores vándalos siguen con su escala de destrucción. ¿Hasta cuándo?

Los ciudadanos hacemos sacrificios inmensos para que se atienda la emergencia social (como pagar impuestos) y evitar más estallidos en la calle, pero si en contraprestación lo que se reciben son acciones que terminan por afectar nuestra seguridad, pues lo único que vamos a conseguir es llenarnos de indignación y que un atraco o un muerto ya no nos conmueva. Y eso no nos puede pasar.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor general de EL TIEMPO
@ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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