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Bogotá resiste, ¿pero hasta cuándo? / Voy y vuelvo
Bogotá resiste, ¿pero hasta cuándo?

La nueva normalidad implica, sobre todo, un compromiso ciudadano para proceder con responsabilidad y apego a los protocolos.

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Milton Díaz. EL TIEMPO

Bogotá resiste, ¿pero hasta cuándo? / Voy y vuelvo

La recuperación de la capital será un proceso  complejo y de muchos retos. 

Esto de la reactivación, la recuperación, la nueva normalidad o como quiera llamársele resulta más compleja de lo que parece. Suena optimista, sin duda, esperanzadora, calma un poco la incertidumbre y, en últimas, permite imaginar algo de luz al final del túnel. Pero es engorrosa, enmarañada, llena de desafíos. No conocemos lo que deparará el futuro, pero desde ya se advierten las consecuencias de una tragedia que solo será posible reparar entre todos.

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En el foro realizado por EL TIEMPO esta semana y en el que se intentó responder la pregunta ‘¿cómo salir de la crisis?’ resultó aleccionador repasar el peso que tiene Bogotá en la economía del país, y de las implicaciones que las decisiones que se tomen aquí y hoy tendrán en el mañana. Empecemos por recordar lo obvio: nuestra ciudad aporta el 25 % del PIB nacional, es la principal generadora de empleo (18 %) y polo de atracción para la inversión extranjera. Va camino de convertirse en una megaciudad de 10 millones de habitantes y ya está entre las principales receptoras de migrantes en el mundo.

Todo pintaba bien, o más o menos bien, hasta antes de la pandemia. Veníamos de un gobierno que nos desatrasó en infraestructura y estrenábamos otro con un plan ambicioso y nuevos enfoques. Hasta la pobreza multidimensional había cedido. Pero llegó el coronavirus y cinco meses después registramos un millón de personas sin empleo, decenas de comercios y restaurantes quebrados; hemos vuelto a los niveles de pobreza de hace 7 años o más –según la decana de Economía de la Universidad de los Andes, Marcela Eslava–. De la debacle nacional, que se tradujo en 16 billones de pesos en pérdida de ingresos para las familias colombianas entre abril y junio, Bogotá ‘aportó’ el 40 por ciento, es decir, casi 6 billones, que según Mauricio Santamaría, presidente de Anif, es significativamente más alto de lo que la ciudad genera en términos de PIB. 

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El covid-19 se ha ensañado especialmente con los más pobres, con los informales, pues son los que menos pueden soportar los aislamientos prologados, pese a las ayudas oficiales. Por eso no es de extrañar que la mayor parte de comparendos por desobedecer la norma recaigan en ellos o que sean los que concentran el mayor número de contagios y de hospitalizaciones por covid-19. Según Eslava, es diez veces más probable que una persona que vive en estrato uno sea hospitalizada o fallezca por el virus y seis veces más probable que termine en una UCI, que alguien que viva en estrato seis.

La administración distrital, entre tanto, ha decretado cuarentenas en todas las modalidades posibles, reestructuró la red hospitalaria para que el tema de las UCI no colapsara y diseñó todo una estrategia de ayudas que hoy alcanzan a unas 700.000 familias, incluyendo un ingreso seguro que se otorga a los más vulnerables. Medidas necesarias y que, según el Gobierno, han evitado una catástrofe mayor.

Colombia, en general, y Bogotá, en particular, ya ostentan el título de ser los puntos cardinales donde el confinamiento ha durado más de lo que se esperaba

Hoy no cabe duda de que la obsesión de la alcaldesa ha sido salvar vidas y la del Presidente evitar que la economía del país colapse y arrase con millones de víctimas adicionales. Y así nos hemos movido desde el inicio de todo esto, inspirados en lo que Thomas Friedman, el afamado columnista de 'The New York Times', llama el falso dilema entre salvar la economía o salvar la salud, cuando, según él, clausurar la actividad productiva indefinidamente para tratar de salvar a todo el mundo puede terminar por matar a la misma economía e, incluso, “matar nuestro futuro”.

Colombia, en general, y Bogotá, en particular, ya ostentan el título de ser los puntos cardinales donde el confinamiento ha durado más de lo que se esperaba. Solo Chapinero ha sido cerrada parcial o totalmente unas cuatro veces porque, de acuerdo con las autoridades sanitarias, sus registros de contagio no ceden. Con el agravante de que se trata de la zona más productiva de la ciudad, la principal generadora de impuestos y donde se asientan el comercio, las finanzas, el empleo, el consumo, etc.

Cualquiera que sea la razón, la verdad es que ya hay un llamado generalizado a permitir que la ciudad vuelva a vivir, que no solo se hable de restricciones y prohibiciones, sino de recuperar espacios vitales como parques, ciclovías, restaurantes y que no se castigue más a las empresas que son las garantes del empleo formal.

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Las manifestaciones de la última semana son una seña inequívoca de que la ciudadanía –y particularmente los que necesitan reactivar sus negocios y volver a ser productivos– ya no aguantan más, se cansaron de abrir por períodos reducidos para después volver a cerrar, pues no hay nada más difícil que reiniciar cuando se llevan cinco meses de aguante. Se están dando pasos hacia allá, hay que reconocerlo, pero con una lentitud angustiosa.

Los economistas invitados al foro coincidieron en que las obras públicas grandes o pequeñas son decisivas para iniciar ese proceso de recuperación. Y Bogotá podría hacer mucho en ese sentido.

La alcaldesa, por su parte, ha empezado a promover lo que denomina el ‘cupo epidemiológico’, para que el aparato productivo pueda abrir por ciclos a fin de que al menos un 40 % de la gente permanezca en confinamiento. Y ha creado un comité de alto nivel para marchar hacia ese objetivo, evitar que sigan las diferencias entre economistas y epidemiólogos y facilitar reaperturas generosas pero controladas.

Después de todo lo que nos ha pasado, bueno es señalar que de cara a la nueva normalidad que se avecina y que nos pondrá a prueba a todos, es esencial que empecemos a superar esa percepción simplista de que cada vez que se habla de salvar la economía se quiere salvar a los ricos de la ciudad o del país. O que la alcaldesa actúa más con soberbia que con sentido común. Ninguna apreciación es correcta, o al menos eso es lo que esperamos todos. Lo único verdadero es que si no actuamos pronto, los populistas y charlatanes terminarán politizando el covid y será el inicio de otra pandemia: la del oportunismo cizañero.

La nueva normalidad implica, sobre todo, un compromiso ciudadano para proceder con responsabilidad y apego a los protocolos. Aunque suena sencillo decirlo, en la práctica resulta ser lo más difícil, pues se trata de convencernos a nosotros mismos de que ese nuevo orden de cosas que empezaremos a ver significará también un nuevo estadio de nuestras vidas y de nuestros comportamientos. Claro que hemos hecho esfuerzos, sacrificios y acogimos cuanta recomendación se nos hizo. Pero lo que viene, insisto, es un desafío con nosotros mismos: o lo hacemos bien o pagaremos el costo.

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Es claro que nos llegó la hora de decidir si, como lo expresó el presidente del BID, Luis Alberto Moreno, estamos todos “del mismo lado de la mesa” y entre todos contribuimos a apagar el incendio que ha provocado el coronavirus o seguimos actuando de manera caprichosa mientras el fuego se reproduce allí donde lo creíamos extinguido.

¿Es mi impresión o... hay quienes creen que lo mejor que le puede pasar al hospital San Juan de Dios es que siga como está, es decir, en ruinas?

ERNESTO CORTÉS
EDITOR JEFE

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