Náufragos en un mar de vanidades / Voy y Vuelvo

Náufragos en un mar de vanidades / Voy y Vuelvo

La verdadera desgracia es que el inicio de la vacunación coincidió con la precampaña política.

Vacunas en Bogotá

Vacunación en Bogotá. 

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@mauriciomorenofoto

Por: Ernesto Cortés
20 de febrero 2021 , 10:29 p. m.

La verdadera desgracia que cae sobre nosotros en este momento no es solo la pandemia del covid-19. No son sus consecuencias. Ni siquiera lo es la demora en la llegada de las vacunas. La verdadera desgracia es que el inicio de la vacunación coincidió con la precampaña política, es decir, con los políticos, es decir, con los candidatos en trance de votos, es decir, con los ventajistas y populistas que se nutren del dolor y la rabia que ha dejado la pandemia y fingen ahora ser nuestros salvadores por cuenta del único remedio que podría sacarnos de tanto mal.

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Desde el momento en que las benditas vacunas aterrizaron en Bogotá, lo único que ha sobresalido en el debate público son los epítetos, la mala leche y el oportunismo.

Somos tan indolentes de nuestra propia desgracia que no hemos dudado en contaminar el ambiente con afirmaciones como que la vacuna llegó primero a la tierra de Uribe, a la región de los ‘paras’ o de donde es oriundo Petro o la señora María del Rosario Guerra; que la primera dosis a una mujer fue para reafirmar el feminismo, que si era negra o que si era blanca.

La politización del tema ha dado hasta para criticar que el afán de festejar las primeras dosis fue porque Venezuela se nos anticipó con el primer cargamento, que las fechas no eran las prometidas, que la cantidad tampoco, que ahora no hay refrigeradores, que los medios le celebran todo a Duque, que no hay nada que celebrar, que la llegada de las vacunas fue para tapar los malos resultados de la economía, que repartirlas por todo el país es una estrategia política, que si llegaron primero a Sincelejo entonces yo regalo las del Amazonas, que la logística de las vacunas es pensando en los votos del 2022, que por qué 12 vacunas para el Vaupés, que por qué las IPS y las EPS, que las vacunas las van a convertir en votos, que la alcaldesa hace show, que el Presidente hace politiquería, que por qué el ministro se toma selfis con las vacunas, que por qué excluyeron al Amazonas, que no la excluyeron, que el Amazonas no es Amazonía, que el gobernador no es el gobernador, que la Vicepresidenta hizo el oso cargando unas cajas, que ahora hay un mercado negro de vacunas...

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Esta ha sido la retórica desde entonces. Y muy seguramente la seguirá siendo porque nada más taquillero que montarse en la ola de un hecho relevante para generar opinión, con el agravante de que muchas de ellas están soportadas en falacias y argumentos poco consistentes pero que brillan tanto como los ojos de Verónica Machado, la primera colombiana en recibir la vacuna que puede salvarle la vida.

Todo esto solo confirma una verdad de a puño: que ni una tragedia universal que hoy cobra la vida de 2,5 millones de seres y mantiene en riesgo a otros 100 millones, y que en Colombia amenaza con seguir arrebatándonos miles de vidas, ha sido suficiente motivo para ponernos de acuerdo. No estoy diciendo que debamos pensar igual o que no se deba cuestionar, solo que deberíamos llegar a un mínimo de entendimiento, por ética y por humanidad. La misma que sí provocó, vean ustedes, el anuncio de la regularización de venezolanos en nuestro país.

Entiendo que tanto rifirrafe sea producto de ese aprendizaje forzoso que tuvimos que asumir como nación para hacerle frente a un mal desconocido, en donde la controversia y puntos de vista de unos y otros son válidos. Pero en algún momento hay que hacer la pausa y adoptar una estrategia común, sin ventajas ni trampas retóricas ni apelando a fórmulas populistas para imponer la razón.

Lastimosamente esto será imposible por dos razones. La primera ya la dije: en un país que todo lo vuelve bandera política, causa personalista u oportunismo desmedido, no va a ser viable llegar a esos consensos en el arranque de una campaña política, donde el manejo de esta tragedia estará, sin duda, en la agenda de la contienda electoral. Es más, duele pensar que a muchos les asiste el deseo de que al Gobierno le vaya mal con la pandemia para después cobrar en las urnas.

(Además: Llegaron a Colombia 192.000 vacunas contra el covid-19 de Sinovac)

Y segundo –para mí lo más relevante– porque en todo este asunto del covid, de las estrategias de gobierno para enfrentarlo y del manejo que se le está dando, desaparecieron la solidaridad y la confianza.

Nunca hubo –y me temo que ya no habrá– gestos de fuerzas contrarias que hayan indicado que dejaban sus lanzas en tierra para tender una mano al gobierno de turno, llámese nacional o local, con el fin de enfrentar juntos la crisis sanitaria más brutal del último siglo. Y sin un mínimo de solidaridad es difícil construir confianza. Por eso cada cosa que se dice, se hace o se intenta sacar adelante termina ignorada, cuestionada, anulada, vilipendiada y rechazada por el adversario. Y con una ciudadanía empoderada en redes sociales, esos discursos de insolidaridad y desconfianza se multiplican y terminamos todos arropados con el manto del odio y con el virus latente. Somos náufragos en un mar de vanidades.

¿Es mi impresión o... hace falta reforzar mucho más el mensaje de que la que llegó fue la vacuna y no el fin de la pandemia?

ERNESTO CORTÉS
EDITOR JEFE DE EL TIEMPO 
En Twitter: @ernestocortes28

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