La mujer de TransMilenio / Voy y vuelvo

La mujer de TransMilenio / Voy y vuelvo

Una valiente usuaria desenmascaró y se enfrentó a una banda de delincuentes.

Este es un pantallazo del video del momento en el que encaran a uno de los presuntos delincuentes .

Este es un pantallazo del video del momento en el que encaran a uno de los presuntos delincuentes

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Ernesto Cortés Fierro
20 de julio 2019 , 05:00 p.m.

Yo le haría levantar un monumento a la mujer que esta semana se enfrentó a una banda de ladrones de celulares en TransMilenio. El video se volvió viral y era tan angustiante la escena como el deseo de solidarizarnos con ella para que no le fuera a pasar nada.

Yo no sé de dónde sacó arrojo esta mujer. A mí me costaría trabajo adoptar una actitud similar. El hecho es que la acción reflejaba varias cosas: valor, indignación y cansancio. A las claras se veía que aquella persona que grababa y señalaba a los ladrones sin titubear, sin darles respiro y a plena luz del día, estaba cansada de ver que cosas así suceden todos los días.

Seguramente ella misma ya ha sido violentada por sujetos como estos y decidió no permanecer callada. En un arranque de valor reconstruyó la escena del crimen: “Yo vi que este tipo le sacó el celular y se lo pasó a ella… y ese que está parado ahí también, ese le hizo señas… Ladrón… ladrona”, exclamaba una y otra vez, como si quisiera sacarse la cólera que produce la impotencia de ser robado, maltratado, humillado por los ladrones sin poder hacer nada.

Por instantes creí que nuestra heroína iba a terminar golpeada o que algo peor podría sucederle, pero su determinación era tal que hasta los mismos sujetos se vieron sorprendidos. “Yo vi todo…”, repetía. “Esta vieja le pasó el celular a esta rata…”, insistía mientras no dejaba de grabar. Escalofriante.

Yo le haría levantar un monumento a la mujer que esta semana se enfrentó a una banda de ladrones de celulares en TransMilenio

Lo mejor de todo es que, a medida que pasaban los segundos, apareció otro pasajero indignado que enfrentó a los maleantes, voces de respaldo alcanzaron a oírse en el fondo y, entonces, ella ya no estuvo sola. O eso quiero creer. Tímidamente la solidaridad fue ganando espacio. Poco después apareció la Policía y se hizo cargo de la situación, por fortuna.

Las redes se desbordaron en loas a la mujer que dio semejante ejemplo de coraje. A muchos nos daría miedo tener esas agallas, pues hoy no se sabe si por ayudar a alguien uno termina siendo víctima de los delincuentes –sobre todo cuando se ven atrapados y desenmascarados, como en este caso–.

Hay historias lamentables de gente que quiso poner al descubierto algún delito y fue golpeada, herida o asesinada, como sucedió con el joven que terminó apuñalado por un colado, en una estación del centro de la ciudad.

La mala noticia es que, a pesar de que esta mujer valiente acompañó a la víctima a poner el denuncio hasta que les dio la media noche, al día siguiente los cuatro hampones quedaron libres. Así son nuestras leyes y nuestra justicia. Dios quiera que ella no se los cruce por el camino porque otro podría ser el desenlace, digo yo.

Pese a la amargura que produce saber que nuestro garantismo legal salvó de la cárcel a esta banda, yo prefiero seguir resaltando las lecciones que dejó el episodio. La primera es la resurrección de una práctica que se creía perdida: el valor civil, poner de manifiesto que el otro, aun sin conocerlo, me importa. La segunda es la solidaridad, que yo creía extraviada.

Lo que esta señora nos demuestra es que esa actitud pervive en miles de ciudadanos que a diario se la juegan por alguien, quizás en otras circunstancias, pero que para el caso permitió que la víctima del hurto no se sintiera sola. Y una más: esa expresión final, casi de súplica, cuando ella le pide que no se quede callada:

“No dejes de poner el denuncio, por favor no permitamos que esto siga pasando”, le insiste.

Suena fácil decirlo: enfréntese a los ladrones y listo. Pero si fuera una conducta generalizada, si adoptáramos la misma actitud que adopta la suricata cuando ve el peligro, esto es, actuar en manada, probablemente lograríamos persuadir a los delincuentes.

Hay que hacerle un reconocimiento público a esta mujer. Lo mismo que al policía que perdió la vida el pasado miércoles en la madrugada en cumplimiento de su deber. No podemos olvidarlos ni dejarlos solos. Pueda que la justicia, en su real saber y entender, deje libres a los criminales, lo que no podemos permitir nosotros, como ciudadanos, es que el hampa nos gane.

¿Es mi impresión o… los vecinos del parque Japón, estrato seis, encontraron en la izquierda a los mejores aliados para oponerse al parque Japón? Nadie sabe para quién trabaja.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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