¡Hasta cuándo la pelotera con los taxistas! / Voy y Vuelvo

¡Hasta cuándo la pelotera con los taxistas! / Voy y Vuelvo

Se equivocan en pretender ir en contra de algo que tarde o temprano se regulará.

Taxis bajan pasajeros

En el cruce de la Avenida del Ferrocarril y la calle San Juan, algunos taxistas bloquearon la movilidad y exigían a sus colegas unirse al paro el pasado miércoles.

Foto:

Cortesía ciudadana

Por: Ernesto Cortés Fierro
13 de julio 2019 , 07:57 p.m.

Esta semana, los taxistas volvieron a hacerse sentir. Los mismos con las mismas. Los mismos reclamos y el mismo resultado: nada. Intentemos mirar qué pasa con este galimatías y sus principales actores.

Los taxistas. Como sucede cada cierto tiempo, salieron a protestar por lo que ya se sabe: su inconformidad por la competencia desleal que representan las plataformas que prestan servicio de transporte de pasajeros. Y lo hicieron burdamente, como también suele suceder: agrediendo a pasajeros y taxistas que quisieron prestar el servicio; bloqueando vías, vandalizando carros y buses del sistema integrado. Culpan de su situación a Uber, Cabify y demás.

Desde el punto de vista de ellos tienen razón, porque son competencia desleal, ventajosa. Donde se equivocan es en pretender ir en contra de algo que tarde o temprano se regulará. En cambio, lo que ha hecho agua es el modelo del servicio de taxi: vehículos inseguros, una mafia creada alrededor de los cupos en una ciudad de 7 millones de habitantes y con solo 52.000 taxis autorizados, malas condiciones laborales, conductores con pocos modales, inseguridad, baja calidad del servicio y poco dispuestos a modernizar su actividad.

Las plataformas. Amparadas en la red de internet, irrumpieron en el país generando un nuevo fenómeno en la movilidad. La gente las acoge y no estoy muy seguro por qué. Dicen que son más seguras, con conductores amables, siempre están disponibles y porque se sabe de antemano cuánto cuesta un servicio.

Pero lo cierto es que también ha habido incidentes con ellos: los carros particulares no distan mucho en calidad frente a los taxis, y en las llamadas horas pico las tarifas se disparan abusivamente. En estas plataformas, los conductores no cuentan con mejores condiciones de seguridad social. La vaguedad de las leyes colombianas son el principal aliciente para su funcionamiento.

Pero a pesar de las sanciones, las inmovilizaciones y la amenaza de las autoridades de dejar a los conductores sin licencia por un cuarto de siglo, siguen campantes. Las plataformas han encontrado en la falta de normas, en la necesidad del usuario y en el desempleo el hábitat perfecto para que cada vez más particulares hagan parte de ellas. Ilegalmente, según el Gobierno.

Los usuarios. Hay que decirlo con claridad: en este debate a la gente lo que menos le importa es la ley. O las formas. O las condiciones. Lo que quiere es movilidad. Y todo lo que signifique llegar más rápido a su destino y más seguro vale. Si es ilegal, si contamina, si produce más trancón, no es problema.

En ese sentido somos egoístas con la ciudad. El usuario tiende a defender Uber porque goza de un halo de calidad y eficiencia y porque sus conductores son padres de familia, universitarios o profesionales sin empleo, los sienten como iguales y por ende les generan confianza. Un taxista puede reunir este perfil, pero la mala fama los ha catapultado a la ignominia. La oda a la modernidad deslumbra a quienes usan aplicaciones como Uber, Picap o Rappi sin considerar el reguero de consecuencias que están dejando por falta de reglas claras.

El Estado. Es el gran responsable de la actual situación. Tres proyectos de ley hay en el Congreso para regular estas plataformas y, sin embargo, permanecen quietos.

Mintransporte ya se declaró impotente frente al tema; Comunicaciones defiende la libertad de internet, es decir, tampoco puede hacer nada, y Hacienda está feliz cobrándoles impuestos. El nuestro es de los pocos países en donde una actividad declarada ilegal por el Estado le paga impuestos a ese mismo Estado.

En España y México fueron pragmáticos y por eso pueden convivir taxis y Uber: porque hay reglas. Punto. Acá no. Los políticos protegen a los taxistas porque les representan votos, y muchos alcaldes, porque no quieren que bloqueen las calles. ¿Por qué no le dejan semejante chicharrón a las autoridades locales?

Estamos perdiendo todos: taxistas, informales, usuarios y la misma ciudad, que ve cómo sus vías se congestionan más, se contamina más y en la se está más expuesto a los accidentes, fruto de una innovación mal entendida, mal asimilada y pésimamente aplicada.

¿Es mi impresión o… la ciclorruta de la 116 luce tan espectacular como terrible lucen las vías para el tráfico vehicular?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
EDITOR JEFE EL TIEMPO
En Twitter: @ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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