‘Parece que la nacionalidad es un defecto’, dice escritora venezolana

‘Parece que la nacionalidad es un defecto’, dice escritora venezolana

Diálogo con Vaitière Rojas, autora que ganó el Concurso de Novela Universidad Central.

Vaitière Rojas, ganadora del concurso de novela de la Universidad Central

Vaitière Rojas, ganadora del concurso de novela de la Universidad Central.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

Por: Sebastián Ramírez
16 de noviembre 2019 , 10:17 p.m.

Vatière Rojas llegó a Colombia porque su bebé de dos años enfermó y en Venezuela no se conseguían pediatras ni medicinas que pudieran curarla. Junto con su esposo, cruzó la frontera y llegó a Bogotá. Aunque es comunicadora social de la Universidad de los Andes de Venezuela, le costó encontrar un puesto de trabajo.

Se inscribió en el curso de Escrituras Creativas de Idartes y, después de terminarlo, comenzó a escribir una novela en la que mezcla los dramas propios con los de otros venezolanos. Le dio por nombre Algo habla con mi voz, la presentó al Concurso de Novela Universidad Central 2019 y ganó.

El jurado dijo de la obra que era “interesante ver cómo el desarraigo puede desembocar en el miedo a la locura”.

Vaitière relata que su esposo le dijo una vez que se cortaría el cabello si derrocaban a Maduro o si ella se ganaba un concurso literario, lo que pasara primero. Ella ya le había dicho que no había conseguido el premio de la Universidad Central porque quería sorprenderlo. Pero una noche, mientras comían, se lo contó.

–Te va a tocar cortarte el cabello –le dijo ella.

–Uy, toche, ¿tumbaron a Maduro? –respondió él.

–No, Maduro sigue, pero yo me gané el premio.

Vaitière dice que haber conseguido ese reconocimiento la abruma un poco. Sostiene que la novela que escribió es sencilla. Y cuando se le pregunta por su rol de escritora, se autodenomina una “analfabeta ilustrada” o una “pequeña diletante”.

¿Cómo se ve Bogotá a través de los ojos de un migrante venezolano?

Bogotá da mucho miedo, y mi personaje principal lo siente. Le dan miedo sus distancias grandes, su altitud, su frío. Ella dice que se pierde y que en Venezuela las calles eran más accesibles. Por eso vive encerrada, no le gusta salir a Bogotá ni coger TransMilenio porque dice que le da pena que le noten el acento. Muchas veces finge disfonía, para que la gente no sepa que es venezolana.

¿Es cierto que escribió parte de la novela en un celular?

Sí, porque no tenía computador. Cuando llegamos con mi esposo y mi hija a Bogotá, nos robaron la laptop, que era con lo que yo escribía. De hecho, yo tampoco tenía celular, usaba el de mi esposo. La novela prácticamente fue escrita en un móvil. Así empecé a hacer esas cartas al amigo imaginario de la narradora.

¿Por qué no usó, por ejemplo, lápiz y papel?

Cuando yo era pequeña usaba mucho los diarios. Pero mi mamá los cogía, los leía sin permiso y, a veces, no me los devolvía. Ella tenía miedo, como cualquier madre protectora. Desde esa época le cogí como fobia a escribir en papel. Sentía vulnerabilidad.

El amigo imaginario de su narradora es el escritor Franz Kafka, ¿por qué lo escogió a él?

Porque la primera obra que yo leí de Kafka fue El castillo, y me impresionó mucho. Recuerdo la llegada de K, el personaje principal, al pueblo. Se pregunta dónde está constantemente, y de la nada le dicen que es el agrimensor, que tiene que cumplir con su trabajo. K se tuvo que enfrentar a un proceso burocrático y a una serie de circunstancias que lo definen, que no comprende y que no escogió. Yo creo que el migrante pasa por eso.

¿Cómo trata el tema de la nacionalidad?

A veces parece que la nacionalidad es un defecto. El personaje principal dice que le da rabia que la reduzcan a un sello de pasaporte vencido o a un dialecto. A ella le parece que solo logra salvarse de la locura gracias a la escritura y a la cercanía con los libros. En la literatura ella encuentra una tierra sin fronteras. No hay nacionalidades.

¿Qué imagen intensa destaca de la novela?

La última vez que la narradora vio a su familia. La protagonista cuenta que ese día fue a la casa de su abuela y que todos sus familiares olían a jabón azul, que es el que utilizan para lavar la ropa. Pero lo usaban para bañarse porque no había posibilidad de comprar un jabón de tocador. Ella dice que se les notaba la grasa en el pelo, que todos estaban flacos y que recuerda que la abuela siempre ofrecía cafecito, pan, chocolate, pero ese día permaneció callada (llora). Dice que esa fue la primera vez que la abuela no les ofreció comida.

¿Por qué decidió presentarse al premio?

Porque quería que alguien leyera los testimonios de los venezolanos, que vean que no todos somos vándalos y que hay historias humanas detrás de una nacionalidad. Hay un proceso histórico.

Me acuerdo que el día que iba a enviar la novela por correspondencia, me escapé del colegio. Y ya cuando estaba lista para mandarla me di cuenta de que me faltaban dos mil pesos (risas). Tuve que devolverme al colegio a decirle a la rectora ‘présteme porque no tengo’. Casi que no participo por dos mil pesos.

SEBASTIÁN RAMÍREZ
Escuela de Periodismo Multimedia – EL TIEMPO

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