Voy y vuelvo / Un viaje en TransMiCable

Voy y vuelvo / Un viaje en TransMiCable

Un recorrido por el nuevo sistema de transporte aéreo de Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá. 

TransMicable

El nuevo sistema cuenta con 163 cabinas y reduce el tiempo de los traslados de una hora a trece minutos.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

Por: Ernesto Cortes fierro
12 de enero 2019 , 09:40 p.m.

Desde la 116 con Suba hasta el portal Tunal, en el extremo sur de Bogotá, el recorrido en TransMilenio toma hora y media. Tiempo suficiente para confirmar que Bogotá no es una sino muchas ciudades, desparramadas en sus 1.700 kilómetros cuadrados.

Una ciudad que atrae por su magnitud, que asusta por sus zonas deprimidas y abandonadas, que se descara con sus burdeles y sus consumidores de droga a plena luz del día, y que se reinventa cada 24 horas.

En ese mismo recorrido, al menos diez ambulantes se subieron al TransMilenio: el cantante que sueña con ser famoso, el adulto invidente que canta para cuadrar lo del día, el muchacho que exhibe una fórmula médica para su hija recién nacida y gravemente enferma, el venezolano con sus ‘caramelos’ y hasta un reciclador que pide “a las buenas” para redondear la cuota de la jornada.

Es sábado, casi mediodía. En enero, la ciudad parece adormilada, quieta, pero en las calles de barrios como Tunjuelito o Santa Librada el hervor de personas es incesante.

El enorme bus rojo se zarandea sin pausa debido al estado de la troncal Caracas, una vía plagada de reparcheos ondulantes. El ruido del aparato es infernal dada su vetustez, a lo que hay que sumar el bullicio del aire acondicionado, el bullicio de la calle y la trova del moreno que quiere ser famoso. La gente aplaude y varios le extienden una moneda.

Llegué al portal Tunal y no resistí la emoción tras advertir las cabinas rojas y relucientes del TransMiCable que colgaban en el aire. El portal estaba impecable, la gente hacía la fila sin afán y sin avivatadas. Los operarios, perfectamente uniformados, desplegaban amabilidad y coordinación. Los vecinos que me tocaron a bordo de la cabina no daban crédito a lo que vivían. Todos venían para conocer el nuevo sistema inaugurado el penúltimo día del 2018.

No deja de sentirse cierto vértigo a 30 o 40 metros de altura. Pero las cabinas ni se inmutan a pesar del viento constante. Una mujer se aferra a su silla, temerosa; los demás simplemente se gozan el viaje y el paisaje. Un paisaje que deja ver la inmensidad del sur de Bogotá, hoy con más torres de edificios que hace una década. Con centros comerciales y barrios legalizados.

Pero también es evidente la pobreza extrema que se refleja en un sinfín de ranchos construidos al filo de la montaña. El tono gris y desolado que se evidencia desde los ventanales del cable solo los rompen el color de los grafitis que pintan los muchachos del barrio o los tonos vivaces de la ropa que las mujeres extienden en las terrazas o techos de las casas.

En la última estación, Mirador-Paraíso, cuatro turistas norteamericanos y una japonesa toman fotos. Uno más se aventura por el barrio para captar los grafitis. El resto somos curiosos venidos de otros barrios, atraídos por un sistema que deja ver sus bondades, como el hecho de que un grupo de mujeres haya habilitado un restaurante para atender a los recién llegados.

TransMiCable genera oportunidades de empleo y está abriendo el camino para que el turismo pueda ser la clave. Todos los que habitamos esta ciudad deberíamos conocerlo y admirarlo. ¿Lunares? Sí. Me cuentan que las filas largas a veces impiden que la gente pueda beneficiarse del pago de un solo pasaje para usar el cable y el TransMilenio. Que a veces lo que la gente se ahorra en tiempo, se pierde por la demora de los buses en el portal. También hace falta promover más el emprendimiento para que la gente ofrezca, de forma organizada, artesanías o cosas por el estilo y que los baños pudieran estar dentro de las estaciones y no fuera de ellas.

Al regreso, uno se va con la satisfacción de saber que cuando hay voluntad de hacer las cosas se puede; que no duele pagar impuestos si es para invertir en soluciones como el TransMiCable, y que después de recorrer por hora y media la ciudad hasta coronar sus montañas, nos queda la sensación de que Bogotá podrán ser muchas ciudades, pero su gente siempre será una sola: la que no se rinde.

¿Es mi impresión o... la marcha estudiantil que se avecina tiene más de tinte político que de reivindicación de causas loables, como las que inspiraron las primeras de ellas?

ERNESTO CORTES FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
En Twitter: @ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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