Uber nos quedó grande / Voy y vuelvo

Uber nos quedó grande / Voy y vuelvo

Ni la empresa, ni el Gobierno ni el Congreso fueron capaces de sacar las normas que se necesitaban.

Uber se va de Colombia

Una demanda de Cotech (Taxis Libres) hizo que Uber tomara la decisión de no operar más en el país.

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César Melgarejo / EL TIEMPO

Por: Ernesto Cortés Fierro
18 de enero 2020 , 11:22 p.m.

La Superintendencia de Industria y Comercio anunció que la plataforma Uber debe dejar de prestar su servicio de taxi particular en el país. ¿La razón? No está autorizada, no tiene permiso, es ilegal y no ha cumplido con los requerimientos que se exigen para que ejerza dicha labor.

¿Más claro? No entiendo de dónde viene el alboroto por la medida, si desde el gobierno pasado, el de Santos, el servicio de Uber (ojo, no la plataforma) fue declarado ilegal. El entonces vicepresidente, Germán Vargas, dio a conocer una directiva que establecía cuáles eran los requisitos para que cualquier empresa pudiera prestar el servicio de taxi particular, tipo Uber.

Entre esas condiciones, lo más simple de todo era que debía constituirse en empresa y garantizar unos mínimos estándares de comodidad y seguridad para el usuario. Punto.

Me había negado a usar Uber porque coincido con el Gobierno en que mientras la plataforma y su servicio no se ajusten a nuestras normas no tiene por qué pasárselas por la faja. Con el cuento de que se trata de un emprendimiento digital se ha querido disfrazar modernidad con informalidad.

Es lo mismo que sucede con Rappi, que creen que con montar unos espacios reducidos para que los ‘rapitenderos’ puedan esperar allí sus pedidos ya tienen solucionado el megalío que se ha formado en el espacio público, en separadores y parques, plazoletas y demás. Señores, ¡el problema sigue! ¿Qué tienen de innovador servicios digitales que no velan por la seguridad y tranquilidad de clientes y colaboradores?

Entiendo que esa es la realidad y que seguramente ese será el futuro del empleo a destajo, pero eso no significa que las cosas tengan que seguir así. Por la misma vía parecieran ir las patinetas, que aunque fueron reglamentadas a tiempo, hoy hay denuncias de que algunas de esas empresas han empezado a violar las reglas de juego, como no salirse del perímetro autorizado ni invadir el espacio público.

A las plataformas de este tipo se les abona que han servido de salvavidas para miles de personas que no encuentran oportunidad laboral, para pensionados cuyos ingresos no alcanzan ni para pagar los servicios, para padres de familia que se quedaron sin empleo, para migrantes, para jóvenes que se rebuscan con estos trabajos lo del semestre y cosas por el estilo.

Pero el costo que se está pagando en términos de calidad de vida para la ciudad nos está pasando una dura cuenta de cobro: más carros en la vía, más contaminación, más inmovilidad, más agresión, más invasión de espacios peatonales, más estrés.

Mis hijos usan Uber, entre otras, porque han sido contagiados por la pésima imagen que siguen exhibiendo los taxis amarillos. Varias veces les he advertido que mientras sea un servicio declarado ilegal hay que respetar las normas. Pero es una pelea que he perdido. Tan derrotado estoy que en un descuido mis hijos me instalaron la aplicación.

Y sí, la usé una noche de lluvia en la que ningún taxi amarillo apareció. Me recogió un hombre ya mayor, padre de familia y desde hace cuatro años conductor de Uber. El carro, particular por supuesto, no lucía muy bien. Estaba ajado y se notaban los kilómetros y kilómetros que le habían metido producto de recoger y llevar pasajeros. La conversación fue amena y hasta agradecí que Uber hubiera aparecido

. ¿Debo respaldar a Uber por este gesto? No, agradezco el servicio, pero si hubiera sido legal, lo agradecería mucho más. Ahí sí como el chiste de la luz, que cuando se va uno, a manera de consuelo, dice: “Menos mal que fue en todo el barrio”.

Es lamentable que Uber anuncie su partida del país por lo anteriormente descrito. Pero más lamentable aún es que lo haga después de seis años en que ni la empresa, ni el Gobierno ni el Congreso fueron capaces de sacar las normas que se necesitaban.

Ejemplos de soluciones frente al tema sobran, pero acá primó, por un lado, la soberbia de una empresa que se creía intocable y la torpeza e ineficacia de un Estado que en los años recientes no ha sabido qué hacer con una plataforma digital, entre otras, porque, como dijo el profesor Wasserman esta semana en un trino, se trata de emprendimientos que requieren otro tipo de reglas para funcionar.

Y mientras esto pasa, han vuelto a circular los videos –nuevos y viejos– de los desmanes de los taxistas amarillos, que hoy se sienten ganadores. Pregunto yo: ¿ganadores de qué? Si Uber generó y sigue generando la solidaridad que genera, es precisamente por la incapacidad de los taxistas nuestros a modernizarse, a equipararse a Uber, a aceptar que el servicio que prestan deja mucho que desear y a evitar que sigan estigmatizando un trabajo que hoy solo deja a miles de usuarios como los únicos perdedores.

Es mi impresión o… si bien hay que aplaudir el nuevo protocolo para enfrentar las protestas, ¿haber acudido en la primera de ellas al Esmad no deja en el ambiente un mal sabor?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe
EL TIEMPO
Twitter: @ernestocortes28

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