La laguna del cacique de Guatavita, un viaje a lo sagrado

La laguna del cacique de Guatavita, un viaje a lo sagrado

Un lugar mágico, ancestral y biodiverso que atrae a viajeros de todo el mundo.

Guatavita

La entrada vale 12.000 pesos para los nacionales, 17.000 para extranjeros. Niños y adultos mayores no pagan.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Santiago Restrepo
23 de marzo 2018 , 09:12 p.m.

Cientos de personas rodean la laguna. Pero solo cuando no se escucha más que el sonido del viento y los pájaros, el cacique sale de la tienda. El sol radiante golpea su cuerpo dorado y proyecta rayos del mismo color en todas direcciones. Es una visión gloriosa: el cacique dorado hecho sol al pie de la laguna esmeralda, recipiente de consagración regalo de los dioses. Quienes rodean al cacique se apartan y caminan despacio hacia la balsa. Esta leyenda acompañará nuestro recorrido hacia la laguna del cacique Guatavita.

Esas montañas que acompañan la carretera durante kilómetros son las mismas que arropan a Bogotá en su costado oriental. Y, sí, tienen magia. La misma que encontraron los españoles al fundar Bogotá a sus pies.

En Sesquilé, a 37 kilómetros del puente de La Caro, comienza el ascenso a la laguna sagrada de los muiscas.

Después de recorrer quince kilómetros y medio desde el pueblo, primero bordeando el embalse de Tominé y luego tomando una estrecha carretera, se llega a la zona de ingreso a la laguna. El lugar está bien organizado para recibir el flujo de turistas, que de todos modos tiene un límite de setecientos diarios, para no sobrecargar el ecosistema.

Además de un par de familias colombianas, a mi grupo lo sigue un racimo de visitantes chinos. La entrada vale 12.000 pesos para los nacionales, 17.000 para los extranjeros. Niños y adultos mayores no pagan.

Pronto se inicia un recorrido por un camino de ladrillo rodeado de bosque, ya un agradable paseo, hasta llegar a la reproducción de una maloka muisca. Allí, el guía de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, Luis Carlos Toro, da una charla de quince minutos sobre la cultura de ese pueblo aborigen. En adelante continuamos a pie el camino hacia la laguna.

La entrada vale 12.000 pesos para los nacionales, 17.000 para los extranjeros. Niños y adultos mayores no pagan

Probablemente ese mismo camino lo hayan recorrido los primeros que intentaron sacar las enormes cantidades de oro que los indígenas arrojaron durante generaciones a la laguna, en forma de ofrendas. Pues en 1545, enterado de las historias que se contaban, Lázaro Fonte y Hernán Pérez de Quesada intentaron vaciar la laguna con una cadena humana que pasaba baldes y baldes. Fracasaron. En tres meses no bajaron más de tres metros el nivel del agua.

Después de varios minutos se llega a la base exterior de las paredes de la laguna. Sí, esta es una extraordinaria particularidad geológica. Parece como si la parte superior de una enorme copa de ochocientos metros de diámetro hubiera surgido de la tierra, sus bordes externos e internos plenos de vegetación. Esa extraña formación de la laguna se produjo, dice el guía, por el vaciado de un enorme depósito de sal, la misma que se asentó en ese enorme mar que ocupaba la Sabana hace millones de años.

Para entrar en la copa, donde está la laguna, hay que subir sus bordes externos. Son 140 escalones y numerosas rampas de un sendero empedrado, que nos lleva desde los dos mil novecientos sesenta metros sobre el nivel del mar hasta los tres mil.

Al llegar a la cima se accede al primero de tres miradores. Desde allí se aprecia la laguna en todo su esplendor: un espejo circular de agua color esmeralda, de setecientos metros de diámetro en su parte más ancha, rodeado por la vegetación de las paredes del cuenco. Con esa visión es fácil entender por qué el pueblo muisca consideró sagrado este lugar maravilloso, una laguna verde resplandeciente enclavada en las montañas, rodeada de vegetación, un teatro natural donde miles acudirían a contemplar desde las laderas el ritual de El Dorado, el cacique cubierto de polvo de oro que buscaba la bendición de los dioses.

Otra maravilla geográfica de la laguna es su conexión subterránea con los páramos, desde donde le llega agua constante. Fue justamente ese flujo permanente de agua lo que echó a pique el siguiente gran intento de extraer el oro arrojado por los indígenas a la laguna. En efecto, una enorme cicatriz en el costado aún recuerda que en 1580 Antonio de Sepúlveda le hizo un tajo a la montaña para extraer el agua. Logró bajar el nivel veinte metros, pero el muro colapsó, mató a varios hombres, dejó apenas algunos hallazgos de oro y la enorme cicatriz que aún hoy se ve.

Actualmente, la laguna está protegida por la CAR para preservar el rico ecosistema que la rodea, así como para evitar nuevos intentos depredadores de extraer el oro que alberga en sus profundidades. No se podrá repetir el último esfuerzo que se hizo por secar la laguna, esta vez por parte de una compañía inglesa, que mediante un túnel hasta el centro sacó el agua, pero dejó un enorme lodazal que con el sol se transformó en cemento, imposibilitando la extracción de cantidades significativas de oro. La compañía terminó por quebrar.

Ir a Guatavita es un viaje a las leyendas y a los rituales sagrados de nuestros ancestros.

Justo antes de salir, en el tercer y último mirador, se aprecia mejor el corte que se le hizo al borde de la laguna. Más de cuatrocientos años después, debería repararse. Que el agua llegue hasta el tope. Si inundamos un pueblo cercano (Guatavita, la vieja) para construir un embalse (Tominé) y obtener energía, ¿por qué no restaurar esta maravillosa formación para apreciar aún más de cerca lo sagrado que los muiscas encontraron en este lugar?

Ha sido una caminata agradable, llena de historia, naturaleza, paisajes sorprendentes, la laguna con su geología peculiar e historia fabulosa. Queda medio día para explorar los alrededores, para ir a Guatavita (la nueva), para visitar la Catedral de Sal de Zipaquirá, como hará el grupo de chinos, o simplemente para recorrer la Sabana, las montañas, y maravillarse ante el paisaje.

Ir a Guatavita es un viaje a las leyendas y a los rituales sagrados de nuestros ancestros. Es respirar aire puro y alimentar el espíritu y la vista con paisajes grandiosos. Un lugar para respetar y conocer con solemnidad.

Tenga en cuenta

Horario: martes a domingo de 9 a. m. a 4 p. m.
Valor del ingreso: 12.000 nacional, 17.000 extranjero, niños menores de 5 años y adultos de más de 65 años no pagan ingreso.
Se permiten máximo 700 visitantes al día, así que llegue temprano.
Vaya bien abrigado. La temperatura promedio en la laguna es diez grados. Puede bajar más dado que se encuentra a 3.100 metros de altura.
Lleve zapatos cómodos y seguros para la caminata por terreno desigual.
Puede llover, lleve impermeable o sombrilla.
Cómo llegar: desde Bogotá, tome la autopista Norte, el puente de La Caro y la vía Briceño-Tunja. Desvíe en la entrada a Sesquilé. Desde allí, a siete kilómetros encuentra el desvío a la laguna del cacique Guatavita y en otros siete kilómetros llega al parqueadero de visitantes. También puede llegar por La Calera o por Sopó.

SANTIAGO RESTREPO 
Especial para EL TIEMPO*
*Esta crónica se escribió en desarrollo del curso de periodismo de viajes que dicta la Escuela de Periodismo Multimedia de EL TIEMPO.

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