Que sean trillizos, curioso, ¡pero que los 3 trabajen en lo mismo...!

Que sean trillizos, curioso, ¡pero que los 3 trabajen en lo mismo...!

Conozca la historia de Daniel, Sergio y David, entrenadores de fitness que viven en Ciudad Bolívar.

Los trillizos Cuéllar

Los trillizos Cuéllar (Daniel, Sergio y David).

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Julián Ríos Monroy

Por: Julián Ríos Monroy
19 de noviembre 2019 , 04:51 p.m.

Cuando a Nubia Peñuela le confirmaron que no estaba esperando uno ni dos, sino tres bebés, se agarró la cabeza a dos manos, por los nervios. Según el Dane, uno de cada 3.185 partos en Colombia es triple.

Ya tenía tres hijos con los que había remontado las buenas y las malas de la crianza, vivía “en un ranchito” y hasta empezó a temer que su esposo, Amín, la abandonaría.

Pasados 22 años, Daniel, Sergio y David, los trillizos, se ríen escuchando la insólita historia. Están sentados en el comedor de su casa en el barrio Jerusalén Canteras, de Ciudad Bolívar. En la pared cuelga una foto en la que no parecen ellos.

Cachetones, regordetes y ataviados con ropa idéntica, nadie diría que se transformarían en ese trío de cuerpos atléticos y facciones marcadas.

Todo lo relacionado con ellos es un poco inusitado. Pero que los tres hayan optado por la misma profesión sí que es una verdadera rareza.

“Eran bien gorditos desde que estaban en el vientre”, recuerda Nubia.

No exagera. Cuando solo tenían seis meses de gestación —de los cuales ella pasó cuatro hospitalizada—, los médicos le dijeron que ya estaban listos. El día del nacimiento de los trillizos Cuéllar Peñuela fue un lunes, el 21 de julio de 1997.

Balón por mancuernas
Los trillizos Cuéllar

Los hermanos Cuéllar hacen ejercicios funcionales en su barrio.

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Julián Ríos Monroy

Guillermo Arenas habla rápido. Ya cumplió 62 años, pero exhibe la energía suficiente para dirigir el entrenamiento de 80 niños y jóvenes en Stuttgart, su escuela de fútbol en Ciudad Bolívar. Don Guille, como lo llaman, conoció a los trillizos en 2005 y fue uno de los primeros en descubrir su talento en la cancha. Tenían 8 años.

Mi gimnasio era un pasamanos. Ahí los ponía a ejercitar los brazos, les explicaba la técnica de las flexiones de pecho. De eso, algo cogieron para sus rutinas de ahora”, presume Guillermo, quien recuerda que en los partidos dejaba el arco en manos de David, la defensa era resguardada por Daniel y los goles estaban a cargo de Sergio, que tanto don Guille como sus padres califican como el más propositivo y visionario de los tres.

Desde la parte alta de Jerusalén Canteras, como desde muchos sectores elevados de Ciudad Bolívar, Bogotá se deja ver como un mar de ladrillo que pareciera no tener fin.
Más allá de lo que abarca la vista, más allá del fragor del tránsito de las 200 cuadras que atraviesan cada mañana, están las tres sedes del gimnasio donde trabajan Daniel, Sergio y David como entrenadores, en el norte de Bogotá, a unos 25 kilómetros de su casa.

A los 14 años, cuando se pasaron de Bayern Munich —¡así se llamaba la escuela de don Guille!— a Academia Bogotana, viajaban entre dos y tres horas en bus para asistir a sus entrenamientos. Academia era un club de alto rendimiento donde entrenaban en una cancha cerca a la calle 220, en la vía a Tunja. Carlos Sánchez, el dueño, fue quien les patrocinó el sueño de llegar a la liga profesional.

Hasta allá llegaron luego de una frustrada convocatoria del Santa Fe: la inscripción les valía 15.000 pesos a cada uno y la suma desbordó las posibilidades del bolsillo de Nubia y Amín.

Entrenar allá era otro mundo. “Pasamos del ambiente del sur al ambiente del norte. Había niños con los mejores guayos, que creían que podían pasar por encima de todos. Pero nosotros nunca perdimos nuestra humildad. En el barrio no mirábamos a nadie por encima del hombro por estar allá”, recuerda Sergio.

Ahora van en motos y les toma un tercio del tiempo. Se acompañan hasta un punto en el norte y, luego, cada uno toma rumbo a su sede.

Antes recibían entrenamiento, hoy son ellos quienes lo imparten. En otra disciplina.
No tan pronto se dieron cuenta de lo difícil que es llegar al fútbol profesional “sin plata ni influencias”.

“Al ver que ya éramos mayores de edad y no seguíamos progresando en el tema de competencia futbolística, nos dedicamos al estudio. Nos metimos al Sena a hacer un tecnólogo en Entrenamiento Deportivo, y luego continuamos la carrera en la universidad. Ahí fue cuando nos enrolamos con el fitness”, cuenta Daniel, el más centrado de los tres.

La decisión la tomaron pensando en convertirse en profesores de fútbol.
Al menos así lo hicieron Sergio y Daniel, pero el pago de la matrícula los obligaba a buscar trabajo. Fue entonces cuando un gimnasio les abrió sus puertas a ellos dos para ser entrenadores físicos. Cambiaron el balón por las mancuernas, los guayos por las barras y las canilleras por las máquinas de dorsales y las prensas.

David prefirió estudiar para ser tecnólogo en Mantenimiento Electrónico.

“Yo trabajé dos años con telecomunicaciones, pero veía lo que ellos hacían en el gimnasio y sentía que era lo mío también”, relata David. Abandonó su trabajo y comenzó a estudiar la misma carrera que sus hermanos.

Hace dos años, Daniel comenzó a trabajar en Stark, una cadena de gimnasios con nueve sedes en Bogotá. Hoy los tres laboran allí.

Un sueño frustrado
Los trillizos Cuéllar

Aunque abandonaron las canchas, siguen usando prendas de grandes equipos de fútbol.

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Julián Ríos Monroy

Los mitos sobre los trillizos abundan. Se dice que si estudian juntos, no desarrollan su propia personalidad, que tienen un lenguaje secreto, que comparten patrones cerebrales y de pensamiento... Los Cuéllar no tienen claro por qué los tres resultaron desempeñando la misma profesión.

“El fútbol fue como un sueño frustrado, pero ahora le ayudamos a la gente a mejorar su cultura deportiva, a tener hábitos saludables”, asegura Sergio.

Claudia Anaya, quien entrena en Stark y los conoce a los tres, ensaya unas definiciones de los Cuéllar Peñuela: “Tienen una actitud súper positiva, te motivan.
Sientes que te está guiando un amigo, un humano, no una roca. Sergio, que fue al que conocí primero, se concentra muchísimo en la técnica; Daniel puede ver que estás muriéndote con el ejercicio, pero te levanta, te motiva, y David es el extrovertido, el que te saca del momento mental, te hace reír y disfrutar el entrenamiento”.

Nubia Peñuela, la madre de este trío, concuerda con que David es el más expresivo y también el de un temperamento más tierno y consentidor.

Pese a que el gimnasio es su lugar de trabajo, los trillizos intentan incentivar los hábitos saludables, incluso en quienes no tienen acceso a ese espacio.

Por eso crearon Entrenadores Cuéllar, una empresa de preparación física personalizada con la que apenas están arrancando. Por ahora graban videos de rutinas funcionales usando el parque, las barras, los pasamanos y las bancas, como cuando entrenaron con don Guille, e invitan a sus seguidores a ejercitarse con lo que tienen a la mano.

No dejan de agradecer esos seis años entrenando en la escuela Bayer Múnich, en los que convertirse en jugadores profesionales se les volvió un sueño, pero también una forma de esquivar los riesgos que se vivían en su barrio cuando eran niños.

Para finales de los 90, el barrio Jerusalén Canteras estaba casi despoblado. La casa de Nubia y su esposo, Amín, era de bloque, sin pisos ni pañete, como las de todos sus vecinos, que comenzaban a poblar esa montaña en la que ya no hay ni un hueco donde construir.

Daniel, Sergio y David no solo vieron crecer el barrio, también se enfrentaron a una de las épocas más violentas de esa localidad. “Acá se veía mucha maña: vicios, pandillas, plata fácil, malos pasos. ¡Uno tenía al diablo en la calle!”, dice uno de los trillizos.
Pero sus padres siempre les pusieron freno. “Acá vivimos humildemente, pero siempre les enseñamos a hacer las cosas bien”, sentencia Nubia.

Y recuerda, sin rubor, el día que tuvo que salir a pedir dinero con sus trillizos de 6 meses en brazos, en el centro de Bogotá: “Mi esposo estaba sin trabajo, la situación era muy difícil y yo no iba a permitir que mis hijos pasaran hambre”.

Recogió 340.000 pesos, que en esa época equivalían a dos salarios mínimos. Incluso asegura que el presentador Alfonso Lizarazo y el humorista Chumillo le ayudaron. “Entre los tres se tomaban un tarro de leche al día, ¡un tarro! Yo quedé sorprendida de toda esa plata que me dieron, y salí a comprar leche, Nestum y cremas para harto tiempo”, recuerda.

Solo los salvó de haber caído en malos pasos, dicen, la formación en su casa, el control de su madre y el deporte. “Desde niños comenzamos entrenando fútbol. Era la escuelita del barrio, pero aprendimos mucho”, asegura uno de ellos.

No tenían para la mensualidad, pero don Guille y su socio vieron tanto entusiasmo en los trillizos que los recibieron sin pagar, con la condición de que el colegio era lo primero.

Nubia siempre se los recalcaba: “Una vez Sergio perdió cuatro materias, ellos estaban jugando la final de un torneo y yo le llevé el boletín al entrenador. Le pedí que no lo dejara jugar. Lloraba y lloraba, como si le hubieran dado una trilla, pero aprendió. Después de eso, todos marchaban finito”. Tan fino que el colegio y el entrenamiento eran sus únicas prioridades.

Pero eran constantes las llamadas de los profesores a Nubia quejándose por el comportamiento de los trillizos. “Muchos de los muchachos con los que nos criamos acá resultaron en la calle, en la cárcel o hasta perdidos en el cartucho, pero nosotros siempre estuvimos lejos de eso. Nuestra calle era el fútbol”, comenta Daniel.

Con apenas 22 años, dos de los tres ya se graduaron de la universidad y a uno le falta un año para terminar carrera. Todas las mañanas salen de su barrio hacia el norte, como en los años heroicos del entrenamiento futbolístico, pero siempre vuelven a esta montaña donde ha transcurrido la mayor parte de la breve historia “de los repetidos”, como la llama David.

JULIÁN RÍOS MONROY
@JulianRios_M
ESCUELA DE PERIODISMO MULTIMEDIA EL TIEMPO

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