La realidad detrás de 800 emberas que sufren en Bogotá

La realidad detrás de 800 emberas que sufren en Bogotá

Es común verlos por las calles, expuestos a la inseguridad y a la contaminación.

La realidad detrás  de 800 emberas que sufren en la ciudad

Más de 60 personas del pueblo embera viven en 6 cuartos en una casa en la carrera 4.ª con calle 3.ª.

Foto:

Hector Fabio Zamora / EL TIEMPO

25 de julio 2018 , 08:27 a.m.

Mujeres morenas, de estatura mediana, sentadas en aceras, estaciones de TransMilenio y semáforos, con niños en brazos y rodeadas por collares artesanales o, en su defecto, con un vaso de plástico mendigando, es un panorama cotidiano en las calles de la ciudad. A tal punto que ya no generan atención sino indiferencia.

El pueblo embera es el de mayor presencia en la ciudad que se dedica a estas actividades. De acuerdo con el subdirector de la Dirección de Asuntos Étnicos de la Secretaría de Gobierno, Eddy Xavier Bermúdez, entre junio y agosto del año pasado se censaron 738 indígenas, que se conforman en 169 familias. Esta comunidad reside sobre todo en las localidades de Los Mártires, Santa Fe y La Candelaria.

Adicionalmente, en el alojamiento La Maloka se albergan unas 286 personas. La entidad estima que a la fecha esta cifra ha aumentado entre 950 y 1.000 indígenas.
Aunque el principal motivo de migración de esta comunidad está relacionado con el conflicto armado, muchos de ellos llegan por otras razones, convirtiéndose en blanco de la explotación.

Ricardo Martínez*, residente en Cedritos, uno de los sectores por donde transitan miembros de esta comunidad, ha sido testigo de la barbarie con la que los tratan. Cuenta que sus líderes hacen parte de una red delictiva de trata de personas. “Varios grupos étnicos son alojados en cambuches detrás de la estación ferroviaria de La Sabana, para luego ser distribuidos en lugares estratégicos para mendigar”.

Según la Secretaría de Gobierno, no se tienen reportados casos por trata de personas relacionados con mendicidad en la comunidad embera katío. Sin embargo, no es extraño que a pocas calles de donde mujeres y niños piden limosna esté un hombre, incluso de su propia comunidad, vigilante por si aparece alguna autoridad.

De acuerdo con Bermúdez, la población embera tiene un arraigo territorial muy grande que dificulta la atención a este pueblo, ya que sus gobernantes en Bogotá no autorizan la representación del resguardo en la ciudad. “Al impedir la creación de cabildos genera un conflicto en la prestación de servicios a este grupo étnico, una ruptura cultural y, a su vez, produce un aumento en la migración, que no necesariamente es por culpa de la violencia”, enfatizó.

Según el funcionario, la problemática más grande con la comunidad embera es el retorno. “Son una población transitoria en la capital, por lo que reciben una atención prioritaria, que tiene una vigencia de tres meses, es decir, el Distrito cumple con el proceso de alistamiento. La demora está en que las demás entidades aprueben el siguiente paso del proceso. Este año, a mediados de agosto, esperamos que el 93 por ciento regrese a su territorio. Ellos manifestaron de forma voluntaria el deseo de regresar”, puntualizó.

Cuando vence el tiempo de atención, se suspenden los beneficios de subsidios para vivienda y alimentación que otorga el Distrito. Sin embargo, la Alta Consejería para las Víctimas, la Paz y la Reconciliación (ACDVPR) ofrece programas productivos y becas para formación profesional.

Emberas en la ciudad  Refugios del centro

En su lengua maternal, el katío Elkin Tuitukai canta haciendo énfasis en su mensaje: “Nuestra comunidad es ancestral, antes el pueblo no sufría, antes el amor a la tierra nos unía”. Entre tanto, sus hermanos rasgan las cuerdas de sus guitarras al son de la melodía, que retumba en las paredes descoloridas de un cuarto de tres metros por dos.

Elkin aspira a que su grupo Chicóvida se presente en un estadio o un escenario público. “Nosotros llevamos lo ancestral. Tocamos temas bailables, tradicionales, algunos rolos y mestizados”, comenta sonriendo. Desde hace siete meses, los hermanos Tuitukai han invertido su tiempo libre en el arte.

“La música nos une y pone a bailar a las mujeres”, dice mirando al piso. Su instrumento es el vehículo que aún lo conecta con su pueblo, en el Chocó, ese que abandonó hace un año. Hoy, Elkin convive con 60 personas del pueblo embera katío: 35 adultos y 25 niños, distribuidos en seis cuartos arrendados de una casa antigua, en la carrera 4.ª con calle 3.ª, del barrio San Bernardo, en la localidad de Santa Fe.

Más de 273 kilómetros ha recorrido la familia Tuitukai desde el río La Playa del resguardo Tahami de Andágueda, Chocó, hasta el centro de Bogotá.

Este hogar de cinco hijos, cada uno con esposa y niños pequeños, tuvo que cambiar sus ‘tambos’ –chozas circulares de madera con techo de hojas de palma seca– por cuartos mohosos, en los que duermen más de cinco personas en colchonetas gastadas.

“La ciudad es diferente, no es como allá. Aquí se sufre”, agrega Elkin. Desde la entrada a la vivienda de los Tuitukai, un enjambre de moscas sobrevuela por el corredor principal que conecta con las habitaciones, que van de la 2 a la 5, y la 13 y 15 están amarradas con candados, con un movimiento fuerte las puertas se abren y muestran cuerdas con ropa suspendida a medio secar. Cada alcoba se ilumina con una bombilla de luz amarilla y débil; sus maletas llenas las tienen arrinconadas en una esquina, listas en caso de tener que salir de ese inquilinato de 12.000 pesos el día.

Los ingresos de Elkin cambian dependiendo de cuántos helados venda; hay días en los que tiene 30.000 pesos, pero en otros solo alcanza a recoger 10.000 pesos.

Su esposa se dedica a la mendicidad y la venta de collares artesanales. Ella y su hija se sientan en la calle 11 con carrera 7.ª y sus ganancias no superan los 8.000 pesos.
“Estamos alcanzados con el arriendo, pero este es el cuarto más barato de la zona”, explica Elkin. Su realidad no es muy distinta de la de sus cuatro hermanos, y a pesar de sus necesidades, no se separan.

Gerardo Tuitukai, el padre de Elkin, decidió salir de su tierra tras saber que un cuñado y un primo fueron reclutados por un grupo armado. “Me enteré de que los habían asesinado unos días después”, recuerda Gerardo.

* Nombre cambiado por petición de la fuente.

MARÍA FERNANDA ORJUELA ALBARRACÍN
EL TIEMPO ZONA
En Twitter: @mafelona
Bogotá

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