Pozzetto, restaurante marcado por la historia, busca sede

Pozzetto, restaurante marcado por la historia, busca sede

El establecimiento será trasladado. Demolerán la casa donde funciona. Allí ocurrió una masacre.

Restaurante Pozzeto

Hasta mayo de este año funcionará Pozzetto en la carrera 7.ª con calle 61.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

Por: Felipe Motoa Franco
10 de enero 2019 , 07:48 a.m.

El día que el italiano Gino Surace abrió el restaurante Pozzetto, en el número 61-24 de la carrera 7.ª, nunca se imaginó que allí ocurriría una masacre, en 1986, y que en el 2019 demolerían la casa para levantar un edificio de apartamentos.

La semana pasada, EL TIEMPO reveló que este icónico establecimiento, que desde 1973 ha atendido en pleno corazón de Chapinero, dejará de funcionar en su punto tradicional. “Es triste que se cambie de lugar, porque don Gino (fallecido) hizo construir la casa precisamente para usarla como restaurante. Es un patrimonio cultural de los bogotanos”, opina Alfonso Guaneme, mesero de 75 años que trabajó allí desde el primer día de funcionamiento hasta que se pensionó en el 2013.

Viene a cuento decir que Alfonso es uno de los sobrevivientes de la matanza del 4 de diciembre de 1986, ejecutada por Campo Elías Delgado, un veterano de la guerra de Vietnam que abrió fuego entre mesas y manteles, dejando 21 víctimas mortales; antes había matado a su madre y otras personas, para un total de 29 asesinados. No es claro si se suicidó o la policía le dio de baja en el lugar de los hechos.

Lo que sí es una certeza es que la historia de la casa y de Pozzetto nunca más se pudo desligar de aquella tragedia. “A inicios de esta semana, dos señoras se sentaron y pidieron un par de consomés. Pero lo que querían era saber dónde pasó todo, nos preguntaron cómo fue”, indica María Ibeth Sotero, actual regente del negocio.

Aunque ella dice que no le gusta hablar del tema ni recordar con detalles el relato de lo sucedido aquella noche de muerte, es habitual que comensales lleguen preguntando por lo ocurrido.

La vivienda, encargada por Surace al arquitecto Zacarías Galo (también de Italia), se levantó desde inicios de la década de 1970. Se diseñó con el propósito de acoger un restaurante, a diferencia de muchas casas que han sido adaptadas para ese fin.

En su fachada de ventanales con marcos de madera y hierro se aprecia el nombre del establecimiento. Tres faroles colgantes complementan la cara del lugar, que da espacio para un acceso en puerta de arco. Al cruzar esta, el visitante se topa con un pozo, sí, un pozo de piedra del que no sale agua, pero sirve como decoración. A la izquierda, una sala de espera y la cocina, donde además de platos se elabora pasta artesanal y fresca que se vende a los clientes. En frente, las escalinatas en mármol y con pasamanos, que conducen al segundo piso, área administrativa.

Lo primero a la derecha es la recepción, y enseguida, las mesas, más de 20; además el bar y los baños. Gobelinos, cuadros de paisajes italianos, lámparas, paredes blancas y algunas con papel de colgadura componen la estética del sitio.

Al tomar asiento es fácil notar que las mesas y sillas –en madera y con cojinería de colores verde o vino tinto– son las mismas de antaño. Aunque no son incómodas, acusan el paso de los años. Una dependienta confirma que no las han cambiado desde que abrieron hace 45 años.

Es triste que se cambie de lugar, porque don Gino (fallecido) hizo construir la casa precisamente para usarla como restaurante. Es un patrimonio cultural de los bogotanos

La pregunta que surge entonces, mientras se observa la carta de platos que entregan en un forro de cuero, es si el negocio se vino a pique tras la masacre. “En ocho días se limpió –de sangre y elementos destrozados por la lluvia de balas–, se arregló todo y se reabrió al público”, contará más tarde Alfonso Guaneme, quien era amigo del homicida y que, de hecho, antes de que el sicópata comenzara a disparar enloquecido contra los demás, le sirvió dos tragos de vodka, cortesía de la casa.

“Los clientes habituales se alejaron por un tiempo, pero después de dos meses el negocio retomó el rumbo y comenzaron a volver las personas de siempre, y otros”, concreta el pensionado.

Restaurante Pozzeto

Este es el famoso salón donde se ubican los comensales; ahí mismo ocurrió la masacre perpetrada por el sicópata Campo Elías Delgado.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

Sin saberlo, el cronista se sienta justo al lado de la mesa 20, la que ocupó Delgado mientras despachaba unos espaguetis a la boloñesa. Próxima al bar, e iluminada por una lampara cuyo cuerpo es un hombre semidesnudo que sostiene la bombilla, es el punto perfecto para observar a la mayor parte de la concurrencia.

La orden al camarero de turno –de pantalón y chaleco negro, con camisa de mangas blancas, igual facha que sus antecesores de 1973– es por una lasaña Pozzetto, cargada de jamón, pollo y champiñones. Durante la media hora que los cocineros preparan el manjar, se puede imaginar el local lleno, con las cerca de 40 personas que el día de la matanza departían allí.

Es miércoles 9 de enero y la ciudad aún se ve medio vacía. Parte de los bogotanos aún siguen de vacaciones y por eso el tráfico vehicular les da un respiro a quienes se han quedado en la urbe. Al mediodía, Pozzetto atiende siete mesas, unos 21 comensales, menos de lo habitual.

“Es un restaurante muy familiar y para gente que trabaja en oficinas del sector. Lo que más piden los clientes es osobuco, pasta a la carbonara y lasaña”, apunta María Ibeth. “Un papá venía con su hijo de 6 años, y ese niño ya es un hombre. Tenemos clientes de muchos años y por eso la idea es encontrar un nuevo local cercano y de fácil acceso, aunque no faltan quienes nos piden que nos vayamos al norte”, complementa. Hoy, 23 personas laboran allí.

En diciembre de 2018, los herederos de Gino Surace dejaron de ser propietarios de Pozzetto, pues le vendieron la casa a una constructora que espera levantar una torre de apartamentos. Una antigua trabajadora compró el restaurante y hasta mayo servirán comida en la tradicional ubicación, porque entonces vendrá la demolición.
Sirven el plato humeante. Pasa la una de la tarde y mientras el estómago se va llenando, los ojos ayudan a imaginar lo que hizo famoso a este lugar.

“Vestía de paño, elegante. Esa noche comentó que estaba celebrando algo personal; hablé con él hasta las 9:30 de la noche y me dijo que nos apreciaba a los trabajadores del restaurante. Los tendré muy en cuenta, agregó, y minutos después sacó el arma y empezó a matar gente como loco. A mí me pudo haber disparado de primero, pero no mató a ninguno de los que conocía en Pozzetto. Me escondí en el baño y después salí, así fue como pasó”, narra Alfonso.

FELIPE MOTOA FRANCO
Bogotá
En Twitter: @felipemotoa

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