Reflexiones de la Feria del Libro / Voy y vuelvo / Opinión

Reflexiones de la Feria del Libro / Voy y vuelvo / Opinión

Que el libro sea motivo de plan familiar hace que se soporte el caos infernal en las afueras.

Feria Internacional  del  Libro de Bogota

Son más de 1.700 eventos en el recinto ferial durante la FILBo que va hasta el lunes 6 de mayo.

Foto:

Héctor Fabio Zamora

Por: Ernesto Cortés Fierro - Editor Jefe EL TIEMPO @ernestocortes28 erncor@eltiempo.com
04 de mayo 2019 , 08:19 p.m.

No sé si es mi percepción, pero no había visto una Feria del Libro de Bogotá (Filbo) más atiborrada que esta. Tal vez no se aprecie el mismo fenómeno en los días hábiles de la semana, pero sábados, domingos y festivos han sido un verdadero maremágnum. Yo la visité.

Los pabellones con sus editoriales estaban repletos de familias enteras en busca de un libro. Semejante imagen me hizo pensar que no existe el tan cacareado fin de los textos de papel sino que por ellos hay una especie de amor y veneración que se reflejaban en los ojos de una niña que hacía fila junto a su madre para pagar los cuatro que llevaba entre las manos.

La oferta parecía infinita. Las estanterías simulaban un enorme acordeón de portadas y contraportadas con centenares y centenares de páginas que invitaban a leer de todo.

Se podían escoger desde ejemplares de ¿autoayuda? (Cómo conseguir el orgasmo en cinco minutos), hasta las razones que explican la crisis en Europa; ir de la candidez de Chopra al desdén de Vallejo; de la hermosura de Piedad Bonnet y su selección de poemas a la barbarie de las múltiples guerras de 1989, contadas de forma apabullante por María Elvira Samper.

El pabellón Colombia, sobrio y hermoso a la vez, nos traslada al pasado y nos hace querer más este país atravesado hoy por el odio que amenaza con perpetuarnos en el sinfín de la guerra; la misma que a lo largo de estos siglos nos ha costado tantos muertos con los que bien podríamos haber fundado ya otro país de almas en pena.

En este recinto tan propio y tan acongojante a la vez, se exhiben las razones que motivaron el grito de independencia y las que inspiraron a los indígenas que permanecieron leales a la Corona. Allí, en fragmentos de papel, nombres conocidos y poco conocidos dan cuenta del legado de las mujeres valientes, los hombres jugados por la libertad y los esclavos que conquistaron sus derechos.

La falta de suntuosidad, no obstante la conmemoración del Bicentenario y con el país como invitado de honor, contrasta con palabras que centurias después no pierden vigencia: libertad, igualdad, ciudadanía... Todas ellas rematadas por el discurso de Nariño en el Congreso Constituyente de 1821, cuando aseguró que la independencia no bastaba para alcanzar la felicidad. ¡Increíble sentir que el tiempo no pasa y que los anhelos siguen siendo los mismos!

En esta feria hay que abrirse paso entre la multitud, tener paciencia para acceder a los espacios editoriales más demandados y hacer fila hasta para comerse una oblea. Hay que saberse ubicar en el mapa para no perderse entre tanta oferta y tanta demanda. Algo de sosiego aparece cuando la orquesta filarmónica de las Fuerzas Militares irrumpe interpretando aires caribeños. La multitud se emociona, aplaude y pide más. Espectacular.

Y, mientras en el interior de la Filbo todo es gente, barullo, libros, ofertas, charlas, estatuas, filas y más filas, dinero plástico que va y viene y millones de palabras que salen de cada transeúnte que se suma a esta especie de enjambre de buscadores de oro en pleno centro de Bogotá, afuera el cuento es otro.

Es como si de repente, en cuestión de minutos, todo se achicara: las calles, los andenes, las entradas, los carros y hasta las enormes moles del Ágora y el hotel Hilton recién inaugurado.

Todo se vuelve estrecho e incómodo. Tráfico, contaminación, ambulantes por doquier, pitos, gritos, conductores desesperados, smog y mazorcas, niños en el suelo, parqueaderos insuficientes, invasión de calles, calor, desespero, resignación… Supongo que es el precio por pagar tras haber sido erigidos como la capital mundial del libro, por ser excelentes anfitriones, por haber consolidado una industria editorial y haberle dado realce al recinto de Corferias, que al lado del Ágora forman hoy el binomio de una ciudad que promete más futuro que pasado.

Pero algo habrá que hacer para que cada feria de estas dimensiones no se vuelva una pesadilla para el ciudadano que la convierte en plan, que saca de su bolsillo para contribuir con el éxito de esta y que merece mejor destino que perder horas valiosas en un trancón o en una fila.

Compadezco a los vecinos que deben soportar todo esto y entiendo que el escenario también propicie el rebusque de decenas de familias, pero es el desorden, la falta de control y la ausencia de normas mínimas lo que hace que una visita a la feria se convierta no en una pesadilla –tampoco vamos a tirarnos el espectáculo–, pero sí en una angustia permanente que no deja disfrutar al máximo eventos de esta talla.

Dicho esto, hay que dejar algo bien claro y que está por encima de cualquier otra consideración: que el libro sea motivo de plan familiar –como ir al parque, al paseo de olla o al centro comercial– hace que se soporte el caos infernal en las afueras. No deja de ser una bella paradoja.

¿Es mi impresión o… el pasado primero de mayo, las centrales obreras les enseñaron a los encapuchados cómo se hace una gran manifestación sin destruir la ciudad?

Ernesto Cortés Fierro
Editor Jefe EL TIEMPO
@ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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