La artista que se inventó a 'la peatona' en los semáforos

La artista que se inventó a 'la peatona' en los semáforos

La uruguaya Luz Darriba promovió el tema en España, fue replicado en Europa, y ahora en Bogotá. 

Luz Darriba

Luz Darriba estudió en Buenos Aires y se radicó en España desde 1990.

Foto:

Cortesía, archivo particular

Por: Camilo Andrés Castillo
08 de mayo 2019 , 09:23 p.m.

La semana pasada, la Secretaría de Movilidad anunció que el icono de 500 semáforos para permitir el cruce de personas cambiaría por ‘la peatona’, con lo que Bogotá se convirtió en la primera ciudad en adoptarla.

Su origen se remonta al Día de la Mujer del año 2006, en Lugo (España), cuando las luces que regulaban el tráfico peatonal fueron modificadas por Luz Darriba y su hermana Micaela. En entrevista, la artista uruguaya habló sobre el origen de esta propuesta y del efecto que ha tenido.

¿De dónde surgió la idea?

Partió de reflexionar en torno a las señales, a las representaciones y a la iconografía que se observa en el ámbito urbano, porque no contempla a ningún otro género que no sea el masculino. En Lugo, encontramos semáforos que decían, a través de una voz en off: ‘Peatón, puede cruzar’. La palabra peatón es masculina, no incluye en el universal al resto de los seres humanos, ni a las mujeres. La idea surgió días antes del 8 de marzo de 2006.

¿Con qué propósito?

Las mujeres, y otros colectivos que no se identifican con el universal masculino, habitamos también las calles, las transitamos. Si las señales fueron creadas por hombres y para hombres, nosotras estamos excluidas del sistema. Con el espacio urbano se presenta la misma cuestión. Cuando nosotras cruzamos la calle, somos ‘peatonas’, no ‘peatones’.

¿Qué dificultades tuvo?

En 2006, había en España un gobierno progresista con grandes avances en igualdad, y el entusiasmo rodeó a esta acción, de poco coste económico y mucho alcance social. El propio presidente Zapatero llamó al alcalde de la ciudad para felicitarlo. En cambio, en 2017, fui convidada a realizar nuevas representaciones con motivo del Día del Orgullo Gay, por varios colectivos de la ciudad, debido a la historia creciente de adhesión a estos semáforos en el mundo, y el resultado fue otro. Tenía el aval de las autoridades municipales y los movimientos sociales, sin embargo, la policía nos impidió realizar el trabajo.

¿Ha tenido el efecto que esperaban?

Recibió enorme aceptación desde el feminismo y de quienes trabajaban por la igualdad, y rechazo de quienes siempre cultivan y legitiman una mirada machista y patriarcal. Desde una parte reducida del feminismo también recibo críticas, en el sentido de que lo simbólico y el discurso ‘no eran importantes’. Incluso llegaron a decir que no se les podía quitar el dinero a las mujeres maltratadas para hacer algo del orden simbólico y/o cultural.

La lucha por la transformación de un orden social injusto y por igualdad de oportunidades no puede ignorar que esa transformación también es cultural, y por tanto del orden simbólico.  Algún grupo criticó el proyecto alegando que las mujeres podemos llevar pantalones. Claro que sí, y los varones usar falda. Pero nuestro trabajo buscaba desnaturalizar una iconografía y para ello había que desmontar, sí o sí, la historia del sexismo o del androcentrismo en las representaciones simbólicas.

¿Ha participado en la instalación en otros países de Europa?

No, por ahora. Nuestra función ha consistido en arrojar una piedra a un océano y, curiosamente, esa piedra está saltando de país en país, de ciudad en ciudad. En muchos lugares reconocen el origen de estos semáforos, no en todos, pero hay tanta información al respecto en las redes que nos sentimos felices de que nadie osaría adjudicárselos.

Estoy convencida de que todo aquello que normalice lo que la sociedad considera raro e improcedente sirve

¿Tuvieron alguna influencia en Bogotá?

En 2010, luego de la instalación en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires, se pusieron en contacto conmigo compañeras que los querían llevar a Bogotá. Incluso, me entrevistaron en la radio. Luego, el proyecto no cuajó. Seguramente tenían que pasar estos años y convertirse Latinoamérica en adalid de las reivindicaciones de las mujeres.

¿Cómo ha sido la acogida en Argentina?

Tuvo una acogida extraordinaria. Lo realizamos en 2009 con el apoyo del Gobierno de la Ciudad, la Xunta de Galicia, la Asociación Española de Cooperación Internacional y The Feminist Art Project, de New Jersey. Intervinimos más de 200 semáforos de calles céntricas principales. En esos iconos agregué otras representaciones de lo femenino, de modo que aparecían en los semáforos mujeres embarazadas, con discapacidad, estudiantes, obreras, de los pueblos originarios, Madres de Plaza de Mayo con sus pañuelos y una enorme lista de iconos.

¿Se puede expandir más?

Creo que sí. Nadie hubiese imaginado esta incidencia tan global y tan larga en el tiempo. Se juntan varias cosas y el deseo es gratis. Un logro muy grande de una acción pequeña, creada por dos mujeres con un presupuesto de apenas 500 euros.

¿Cambiar los iconos de Bogotá por unos que reflejen diversidad sexual podría influir positivamente en este aspecto?

Puede parecer una simpleza en relación a un tema tan complicado como ese. Sin embargo, estoy convencida de que todo aquello que normalice lo que la sociedad considera raro e improcedente sirve. Sirve porque está señalando, y para eso nada mejor que un semáforo, la importancia de vernos como iguales en derechos, por muy diferentes que seamos en cualquier otro aspecto.

CAMILO ANDRÉS CASTILLO
REDACCIÓN BOGOTÁ@camiloandres894

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