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Bogotá

Jeisson, el 'profe' asesinado que daba alegría con el baile del pollo

El educador físico Jeisson Alejandro Cárdenas se desempeñaba como instructor en el IDRD.

El educador físico Jeisson Alejandro Cárdenas se desempeñaba como instructor en el IDRD.

Foto:Cortesía: IDRD

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Al instructor Jeisson A. Cárdenas lo mataron por robarle la bicicleta. Seres queridos lo recuerdan.

Felipe Motoa
Los asistentes a la Carrera por los Héroes, celebrada el pasado domingo, extrañaron a Jeisson Alejandro Cárdenas Pinzón. Su rutina de calentamiento previo a las competencias, conocida como el baile del pollo, era conocida entre los atletas que ya no podrán reírse más al ritmo de su coreografía.
“Una alita a la izquierda, una alita a la derecha”, eran algunas de las instrucciones que profería a través del micrófono, para activar a los deportistas, y que generaban carcajadas entre quienes lo seguían. El anterior 18 de marzo, en una carrera nocturna, motivó por última vez a miles de corredores. Antes, había hecho lo propio en la Media Maratón de Bogotá.
A sus 31 años, tres impactos de bala silenciaron su alegría. El pasado tres de mayo avanzaba en su bicicleta por la localidad de Tunjuelito, con dirección a su casa en el barrio Porvenir (Bosa), cuando unos presuntos ladrones lo interceptaron y por robarle el caballito de acero le dispararon. Del parque Los Almendros había salido a las 8:21 de la noche, tras dictar lecciones a otros jóvenes, instructores en ciernes.

A sus 31 años, tres impactos de bala silenciaron su alegría

Se desempeñaba como profesor de educación física en el programa Recreovía, del Instituto Distrital de Recreación y Deporte- IDRD. Le gustaba el trabajo social y en los últimos meses de su vida se enfocó en fortalecerse en clases de pilates. Su formación fue un proceso de ascenso.
En el 2012 apenas contaba con el título de técnico en Actividad Física, del Sena. Así se presentó como aspirante al IDRD y tras cuatro meses de aprendizaje y pruebas accedió al cargo de instructor júnior. Entonces se propuso escalar: entró a estudiar licenciatura en Educación Física en la Universidad Pedagógica Nacional.
Era el profe estrella en los calentamientos de las carreras atléticas”, recuerda Adriana Herrera, gestora de talento humano en la Recreovía. “Además, tenía un interés grande por el trabajo social, él mismo pidió que lo ubicaran en Tunjuelito”.
Junto a Luz Mary Rojas, compañera del IDRD y con quien compartió una relación sentimental desde que estudiaban en el Sena, desarrolló su propia metodología para inyectar energía en sus clases y guías.
El humor, los refranes y los dichos populares hacían parte de su estilo: “Mi abuelita dice que hay que hacer todo, siempre, hasta el final. Entonces si se me sale uno solo de la clase, yo también me voy”, advertía el instructor, confiado en que su carisma era capaz de mantener a todos los asistentes conectados hasta el final.

El humor, los refranes y los dichos populares hacían parte de su estilo

A pesar de su entusiasmo, no todo era color de rosa. Como les pasa a los deportistas de alto rendimiento, en el 2017 una lesión amenazó con deprimirlo. Se le vio triste por varias semanas. Sin embargo, con paciencia superó el tiempo que estuvo parado, hasta recuperarse y volver con más vitalidad.
En ese proceso fue clave su familia, con la que se mantenía conectado. Había vivido con su madre, Esperanza Pinzón, en Soacha; y también se mantenía pendiente de su abuela, Ana Rosa Gutiérrez. Además, sus dos hermanos menores, Julián y Cristian, lo tenían como un referente al que admiraban, pues les daba ejemplo. Y Luz Mary, claro, con quien vivió ocho años y luego de cortar su relación de pareja siguió cerca.
Alejandro escuchaba música clásica, leía sobre temas de consciencia social y entre sus ideales se contaba el interés de mejorar a las personas a través del ejercicio. De ahí que le encantara subirse a la tarima y luego charlar con la gente.
“La mentira le enojaba mucho. Teníamos pensado iniciar la maestría en Educación y Desarrollo Social, él era un soñador”, expresa Luz Mary. También le gustaba ir a cine con frecuencia.

Tragedia

Su mamá, Esperanza, fue quien recibió la llamada en su celular: pasadas las nueve de la noche del fatídico jueves le informaron, sin detalles, que Alejandro había sufrido un accidente. Una ambulancia se lo había llevado a un centro asistencial.
En seguida, Luz Mary y Adriana, también enteradas, comenzaron a llamar de forma insistente a los CAI de la zona por donde había circulado el instructor: estación Kennedy, Roma y finalmente en el CAI de Bellavista, luego de intentar unas 20 llamadas, les respondieron. Lo habían remitido al hospital de Kennedy, grave.

La mentira le enojaba mucho. Teníamos pensado iniciar la maestría en Educación y Desarrollo Social, él era un soñador

No alcanzó el tiempo para despedidas. Tan pronto llegaron y pidieron razón, el personal médico les notificó del fallecimiento. Antes de entregarles el cuerpo, cuya vida se esfumó a las 10:30 de la noche, les dieron el morral con sus pertenencias y el teléfono celular. Más tarde, el Instituto de Medicina Legal haría el examen forense y confirmaría la muerte por impactos de bala.
Tras el deceso, la Policía Metropolitana informó que se habría tratado de un asesinato en medio de un hurto. Pero desde entonces las autoridades no entregaron más detalles ni han capturado a los responsables del homicidio. El lunes pasado, mientras tanto, sus despojos mortales fueron enterrados en Jardines del Paraíso, al occidente de Bogotá.
Alejandro, cuyas carcajadas, carisma y cuerpo esbelto extrañan sus seres queridos y compañeros de trabajo, continuaba en ascenso. El límite es el cielo, aseguraba. Al día de su partida ya ocupaba el cargo de instructor máster. Y quería seguir escalando.
Felipe Motoa Franco
En Twitter: @felipemotoa
BOGOTÁ
Felipe Motoa
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