¿Valió la pena? / Voy y vuelvo / Opinión

¿Valió la pena? / Voy y vuelvo / Opinión

Tanta controversia, tanta inquina, tanta indirecta por el parque Japón.

Parque el Japón antes y después

Así se ve hoy el parque Japón terminado con la cancha sintética, los juegos para niños y el gimnasio.

Foto:

IDRD

Por: Ernesto Cortés Fierro
16 de noviembre 2019 , 10:17 p.m.

Y se entregó el parque Japón, allá, en un terreno de apenas 5.800 metros cuadrados, donde se ubica la vivienda más cara de Bogotá y donde sus residentes consiguieron que hasta el Procurador General se metiera en una típica controversia entre vecinos y autoridades, como si se tratara del problema más urgente de la nación.

Sí, se entregó el parque, quedó hermoso, mejoró la estética del barrio, ganó la Alcaldía y los vecinos terminarán usándolo. Pero no podemos dejar el tema ahí. De ninguna manera. La concepción y ejecución de la obra estuvieron rodeadas de una polémica que sacó a relucir lo más rancio de nuestra sociedad bogotana: la intolerancia y el oportunismo.

El alcalde lo llamó clasismo puro, yo prefiero el término que niega el derecho a que otros puedan disfrutar de un espacio público que es eso: de todos.

El primer llamado de atención es a la insensatez con que se abordó el tema desde el comienzo. Tan pronto se habló de un parque que sería intervenido para mejorar su mobiliario y agregar juegos para niños y una cancha sintética, la alarma cundió entre los residentes del sector y la especulación –o más bien la desinformación– se apoderó de los medios. Los primeros se imaginaron el apocalipsis: tala indiscriminada de árboles, venteros ambulantes y, lo peor, que ‘gentuza’ de otras partes vinieran a afear el entorno. De todo esto hay evidencia.

Parque Japón de Chapinero

Durante la obra los vecinos colgaron pancartas sobre la polisombra del cerramiento del parque.

Foto:

Archivo. EL TIEMPO

El IDRD gastó largas jornadas explicando el proyecto, y al no encontrar eco dentro de la comunidad, optó, al mejor estilo peñalosista, por imponer la obra. Los vecinos, también poderosos, recurrieron a cuanto recurso tuvieron a la mano para impedir el trazado del proyecto. Y ahí es cuando aparece el Procurador preocupado por un parque de barrio. Increíble.

Pero hay más: esos mismos vecinos encontraron un aliado inesperado: fuerzas con tintes políticos extremos o ‘politiqueros’ oportunistas que, en aras de hacer oposición, terminaron respaldando a los residentes de estrato seis, con quienes pocas cosas podrían unirlos. Nadie sabe para quién trabaja.

Un tema que bien pudo zanjarse en el salón comunal o, incluso, en un club privado de los que tanto alardearon algunos voceros de la comunidad, terminó tomándose el debate en la ciudad con trascendencia nacional. En tiempo récord, los jueces instauraron medidas cautelares para que no se talaran algunos árboles y connotados columnistas salieron también en defensa de los supuestos afectados.

Todo este episodio deja traslucir una conducta que va más allá de los epítetos que se cruzaron los bandos enfrentados. La más evidente de ellas es la incapacidad que nos asiste como ciudadanos a reconocer al otro, a entender sus argumentos, flexibilizar posiciones y hallar un punto de encuentro.

En segundo lugar, la confirmación de que Bogotá no logra superar esa caricatura que nos propone como una ciudad de estratos y no de comunidades; de fronteras invisibles y dueña de un carácter arribista e hirsuto. En tiempos en que esas mismas fronteras se rompen y la comunicación está a un clic, bien para compartir o para debatir, aún existen capas de la sociedad que siguen aferradas al viejo modelo de “allá ellos y acá nosotros”, incluso a la hora de compartir algo tan noble e inofensivo como el parque de nuestro barrio. Y en eso el alcalde Peñalosa tiene razón, lo que sucede es que su forma tosca de decir las cosas y asumir posiciones no ayuda.

Y el oportunismo político no escapa. Los enemigos del gobierno se agazapan en cualquier espacio desde donde puedan disparar sus dosis de odio y resentimiento. Más lamentable aun es que en discusiones como la del parque Japón sobresalen y perviven las falacias antes que la claridad. ¿O no era una falacia decir que tumbarían todos los arboles del sector? ¿O que las canchas daban cáncer?

El pobre parque no tuvo respiro: mal si se remodelaba, mal si se dejaba igual y mal si se entregaba. Tanta controversia, tanta inquina, tanta indirecta para saber que la conclusión es una sola: el parque se hizo, los árboles se mantuvieron, los vecinos ya lo disfrutan y Peñalosa se va. ¿Valió la pena amargarse tanto por tan poco?

¿Es mi impresión o... motos, taxistas y hasta carros oficiales fuera de servicio no respetan el límite de 50 kms de velocidad?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
En Twitter: @ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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