Punto de honor / Voy y vuelvo

Punto de honor / Voy y vuelvo

El parque Japón se transformó en una medición de fuerzas.

parque El Japón.

El parque, que está cerca del Virrey, hoy es de recreación pasiva. Cambiaría a recreación

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Ernesto Cortés
26 de enero 2019 , 09:16 p.m.

El parque Japón, ubicado en el exclusivo sector de La Cabrera –calle 86A con carrera 11–, es feo, frío y triste. No existen senderos peatonales en buen estado, las bancas se caen a pedazos, el césped medianamente se cuida y tanto en el día como en la noche, asusta. Si acaso se ve pasar uno que otro ‘pie andante’. De resto, solo lo engalanan un centenar de árboles alineados en un rectángulo de cinco mil y pico de metros cuadrados.

Dos cosas sí tiene este escenario del que muy pocos tenían referencia hasta esta semana: un CAI con seis policías y un vecindario habitado por poderosas familias bogotanas. Y digo que estaba olvidado porque así luce hoy. Sin embargo, su repentina fama obedece a una batalla legal que libran la Alcaldía Mayor y los residentes del sector por la transformación que se le quiere hacer a este espacio.

Hace cerca de un año llegaron las primeras alertas. El alcalde Peñalosa, a través del IDRD, anunció que el del Japón –donado por la embajada de ese país en 1938– sería un parque nuevo, con luminarias, juegos infantiles, senderos, rampas de acceso, espacios recreativos y una cancha de fútbol cinco sintética.

Hubo inquietud entre los vecinos. Y no era para menos. La Cabrera es un privilegiado sector habitado desde hace varias décadas por familias de tradición. Ellas mismas, cuentan, sembraron los enormes árboles que hoy lucen frondosos, unos, y en regular estado, otros.

De las inquietudes iniciales por el proyecto de renovación se pasó a los reclamos; y de ahí, a las exigencias y, luego, a la confrontación. Múltiples reuniones se llevaron a cabo para convencer a los vecinos de lo que no quieren convencerse: de que el parque mejorará y permitirá que niños, jóvenes y adultos puedan disfrutarlo.

De inmediato, el grupo de afectados se imaginó un lugar repleto de gente venida de todas partes, partidos de fútbol hasta altas horas y obreros haciendo uso del mismo. No lo digo yo, lo dicen las actas de las reuniones. Y en eso hay quienes les dan la razón, la gente no quiere que le afecten su tranquilidad, no quieren un parque con atracciones y menos con una cancha. Que intervengan el parque, sí, pero para pasear, caminar y contemplar la naturaleza. Es decir, la versión actual pero mejorada.

En algún momento el tema se volvió punto de honor para el Alcalde, que entiende la igualdad social como el derecho a ejercer su poder para hacer un escenario a su manera, porque beneficia a todos, porque es su deber, porque no hay canchas a tres kilómetros, porque los niños lo necesitan y muchas familias también lo reclaman y lo aceptan. Y porque los ricos no pueden impedirlo con el solo argumento de que les quieren tumbar unos árboles, ha dicho.

Los vecinos no se quedaron quietos. Utilizaron todo su poder e influencias hasta conseguir que la misma Procuraduría General ordenara la suspensión de una tala de nueve árboles que comenzó el 17 de enero. Veinticuatro horas después, un juez dictó medidas cautelares para suspender la tala hasta tanto no se aclaren las dudas sobre el impacto ambiental. Así, un tema hiperlocal adquirió ribetes de escándalo nacional, pues puso a jueces y entes de control a dirimir un conflicto por un parque.

Triste que este hubiera sido el desenlace. El parque hay que intervenirlo, no cabe duda. Sí, hay tala, pero no de la magnitud que se expresa en otros sectores de la ciudad –seis árboles de 98, y tres que se trasladan–. Sí, se quiere hacer una cancha y seguramente los vecinos tienen razón en que eso podría afectarlos.

¿Para qué hacerla? ¿Habría otra opción? ¿Por qué no conservar el carácter contemplativo del escenario? Sí, los vecinos se han ido por la vía legal y han conseguido su objetivo. ¿Pero, qué pasa con el otro grupo de residentes que sí quieren el parque? ¿Para ellos no hay Procuraduría? ¿Ni jueces?

Esto es lo que sucede cuando los puntos de vista se convierten en puntos de honor. El parque Japón se transformó en una medición de fuerzas entre un alcalde que promulga la ley para todos y los escenarios para todos, y unos ciudadanos que utilizan su influencia mediática y legal en aras de ser escuchados y ser tenidos en cuenta.

Lastimosamente, lo que hubiera podido ser un ejemplo de convivencia y entendimiento entre autoridad y comunidad derivó en un innecesario debate clasista. “Hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos”, enseñaba Juan Donoso. Acá, como no se pudo por las buenas, tocó por las malas. El parque se hará, pero a costa de haber sacrificado un bien preciado: el de la generosidad.

¿Es mi impresión o… por cuenta de las redes sociales los periodistas nos hemos venido convirtiendo en protagonistas de las noticias antes que en los narradores de las mismas?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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