Estos son los valientes que ponen el pecho en las protestas de Bogotá

Estos son los valientes que ponen el pecho en las protestas de Bogotá

El 95 % de las marchas ocurridas en la pandemia se resolvieron con diálogo, gracias a los gestores.

Gestores de convivencia

Los gestores siempre están dispuestos a ayudar a los heridos en las protestas.

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CÉSAR MELGAREJO

Por: Carol Malaver
17 de octubre 2020 , 11:12 p. m.

Gases lacrimógenos, golpes, ofensas, groserías y hasta heridas son parte del día a día de un gestor de diálogo social de la Secretaría de Gobierno o de un gestor de convivencia de la Secretaría de Seguridad. Ambos tienen un solo propósito: mediar para que la protesta social sea respetada, se lleve a cabo en paz y se garanticen los derechos de todos los actores. 

Pero fácil fácil no es. Algunos han arriesgado hasta su vida, y a pesar de eso, el 95 % de protestas, concentraciones y marchas ocurridas durante la pandemia en Bogotá se han resuelto a través de diálogo.

Que lo diga uno de ellos, Dilan Camilo Chaparro, quien tiene solo 22 años y es de Bogotá. Está a punto de terminar Mercadeo y Publicidad, pero lo apasiona trabajar por la gente. Él es gestor de diálogo social.  “Todos hemos sido capacitados en derechos de la ciudadanía, las problemáticas urbanas, oralidad y muchas más temáticas”. Todo eso los prepara para ser buenos interlocutores, sobre todo cuando se toman las vías de hecho.

Este año ha sido duro. Dilan recuerda muchas protestas de la gente debido al hambre en épocas de pandemia. “Varias personas se tomaron la avenida Boyacá. Empezaron a quemar llantas y a forcejear con la policía. Al final, lo más bonito es que los miembros del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) terminaron entregando mercados con nosotros”.

Y es que en la calle nada es solo blanco o negro. Y de eso sí que se dan cuenta estos gestores. Cuando bloquean TransMilenio tienen que llenarse de temple para negociar con los manifestantes. “Un día me trataron muy mal, me decían que era un vendido, pero lo bueno es que al final logré que se retiraran de la vía porque había niños y ancianos y hubiera podido pasar una tragedia”.

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Los gestores, tanto de la Secretaría de Gobierno (chaqueta blanca) como de la de Seguridad (chaqueta roja), enfrentan todo tipo de riesgos.

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El funcionario contó que muchas veces logran darles voz a quienes no se sienten respaldados. “Pasó cuando los comerciantes cercanos al hospital de San José protestaron tras la reactivación económica. Un sector no se sentía representado en las mesas de diálogo, y nosotros gestionamos un cupo para ellos, eso es bonito”.

Ellos saben que deben tener una mente imparcial porque conocen las penurias por las que pasa la gente, el hambre, la tristeza, los problemas económicos. “Tratamos de no caer en la agresividad”, dijo Dilan. No intervienen en procedimientos policiales porque eso es un delito, pero sí están pendientes de que no se cometa ninguna arbitrariedad.

Y así como rechazan los errores de la autoridad, también lo hacen con los de la ciudadanía. A él lo han golpeado, ofendido y llenado de pintura. “Ya tengo la chaqueta de todos los colores”. Una vez, cuenta, un hombre vio pasar una marcha feminista en la carrera 7.ª a la altura de la calle 19 y quiso apoyarla.

“Él no les dijo nada, solo las apoyó, pero a veces son muy extremistas y no permiten que los hombres digan nada. Una de ellas quería echarle aerosol en los ojos, y a mí me tocó poner el brazo y defender al señor. Hicimos un cordón para que no le pegaran tan fuerte al ciudadano”. Otra vez, en una marcha LGBTI lo culparon de estar tirándoles hielos y arremetieron en su contra, sin comprobar que el ataque había provenido desde la ventana de un edificio.

Dilan sabe que hay errores de parte y parte. A veces, los organizadores de las marchas convocan multitudes y no tienen ni idea de si es marcha o plantón, y ahí empieza el desorden. La planeación no se cumple a cabalidad.

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Ellos saben que deben tener una mente imparcial porque conocen las penurias por las que pasa la gente, el hambre, la tristeza, los problemas económicos.

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Archivo particular

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Los gestores de convivencia de Seguridad también hacen lo suyo. Carolina Amaya es una mujer de 41 años y madre de dos hijos. Cuenta que desde los 17 años entró a trabajar en una empresa de logística y que ahí aprendió a ser fuerza de paz. “En esa época había una marcada tendencia roquera, entonces aprendí a manejar culturas urbanas y todo tipo de conflictividad social”.

Así llegó a trabajar en el Distrito como gestora de convivencia, armada tan solo de su chaqueta roja y el don de la palabra. Ha vivido las marchas del 1.º de mayo, fecha en la que siempre pasa algo.

Pero hace poco, en los desmanes tras la muerte del estudiante de derecho Javier Ordóñez, vivió una de las jornadas más difíciles de su vida cuando acompañó una marcha que partió del parque de los Hippies, en Chapinero, que terminó en la plaza de Bolívar.

Como si se prendiera un fósforo, así se desataron los disturbios en el centro. “Nos dividimos por equipos. Yo estaba con dos compañeros y quedamos en medio de la protesta, entre las piedras de los manifestantes y los gases del Esmad”.

Buscaron cómo protegerse contra una pared. “Mi amigo sufría de rinitis, y de un momento a otro lo vi ahogado, morado. Me tocó alzar la mano para decirle a la policía que parara, con tan mala suerte que la lata de un gas cayó en mi tobillo y tuve una lesión, esguince de primer grado”. Una semana de incapacidad.

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Los gestores de convivencia están armados tan solo de su chaqueta roja y el don de la palabra.

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Pero no todo es malo, el trabajo social trae experiencias muy positivas. Encontrar una solución a través del diálogo es satisfactorio. “Cuando tú subes a los barrios más pobres de Ciudad Bolívar y ves tanta desigualdad y necesidades es muy revelador. Un día encontramos a una anciana sola con cinco nietos. A su hija la habían matado. Hicimos una vaca y le compramos un colchón y otras cosas. Eso nos motiva a seguir”.

Tras años de experiencia, Carolina Amaya no juzga a nadie, pero está convencida de que la violencia solo genera más violencia. “No importa si eres de la policía o un ciudadano”. Y es que hasta la vida ponen en juego estos funcionarios.

Carolina Orozco, gestora de diálogo social, es una abogada de 25 años que ha tenido que sortear situaciones que nunca imaginó. Ella llegó al trabajo por “talento, no palanca”, y, además de apoyos jurídicos, se le ha medido a salir a la calle a conciliar en las movilizaciones. Buscar soluciones es su prioridad, y reconoce que ha sido todo un reto. “La protesta que más me marcó fue la que se desarrolló el día domingo después de la semana compleja del 9 y el 10 de septiembre”.

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Estas personas salen a la calle a conciliar en las movilizaciones. Buscar soluciones es su prioridad, y reconocen que ha sido todo un reto.

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Ese 13 estaba en el parque de los Hippies en el CAI San Diego. “Estábamos protegiendo a unas señoras que defendían a los policías de su zona, y un manifestante me dio un golpe en la cabeza con un objeto”. Sangró mucho y tuvo que ser auxiliada. Luego todo fue un caos.

Tuvo que ser trasladada a una clínica, y al final nunca se enteró de quién fue el agresor. “He tenido que ver violencias de parte y parte, y siempre llego a la misma conclusión: la educación lo es todo. He conocido gente muy humilde que da de lo que no tiene para ayudar a los demás. Un día, un señor sacó de su mercancía que no había podido vender por la pandemia y nos dio a cada una de las 60 personas que estábamos ahí un paquete, nos vio cansados y con hambre, ese tipo de acciones marcan la diferencia”.

Para el secretario de Gobierno, Luis Ernesto Gómez, los gestores son jóvenes muy comprometidos con el derecho a la protesta y la garantía de los derechos humanos. “Con ellos tenemos una infinita gratitud porque han expuesto su vida, han sido golpeados en medio de las confrontaciones; siempre han usado el arma más poderosa que tenemos para resolver los conflictos: el diálogo”.

CAROL MALAVER
Subeditora Bogotá
carmal@eltiempo.com

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