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La Concordia, una plaza con 86 años de historia
Plaza de la Concordia, La Candelaria

Plaza de la Concordia, en La Candelaria.

Foto:

Cortesía de Ricardo Rondón.

La Concordia, una plaza con 86 años de historia

Plaza de la Concordia, en La Candelaria.

Hace cinco años se estaba cayendo a pedazos. Hoy es un concurrido corredor turístico y cultural. 

En el principio fue la tierra húmeda, y los frutos sobre esta: las ruanas, los sombreros y los pañolones; las mulas de carga y la neblina, el lacerante viento helado que soplaba de los cerros, como en los paisajes sabaneros de Antonio Barrera. “Mi padre contaba que de la montaña bajaba una quebrada que pasaba por el frente del mercado, se desviaba por la Calle del Embudo, y continuaba su curso por predios de lo que años después fue el Palacio de San Carlos. Pero eso fue mucho antes de que se construyera la plaza”.

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Así narra la historia doña Martha La-Rotta, una de las hijas de don José Liborio La-Rotta, referente fundacional de la plaza de mercado de La Concordia, de Bogotá, con ochenta y seis años de historia, otrora declarada bien patrimonial y cultural, igual que las plazas de Las Cruces y La Perseverancia.

Familiares y contemporáneos lo recuerdan como uno de los comerciantes más comprometidos y aventajados de este consorcio de abastecimiento, cuya construcción empezó en 1933 y fue abierto al público en 1935.

En 1939 aún existía el almacén La Garantía, dispensario de víveres y abarrotes. Se conservan intactas las dos básculas marca Toledo –donde se siguen pesando y empacando granos–, que se salvaron de los incendios y saqueos del nefasto 9 de abril de 1948.

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Plaza de la Concordia, La Candelaria

Plaza de la Concordia, La Candelaria.

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Cortesía de Ricardo Rondón.

Plaza de la Concordia, La Candelaria

Plaza de la Concordia, La Candelaria

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Cortesía de Ricardo Rondón.

Plaza de la Concordia, La Candelaria

Plaza de la Concordia, La Candelaria

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Cortesía de Ricardo Rondón.

En su etapa inicial, la plaza disponía de enormes mesones de cemento y ladrillo, pintados de verde y naranja, que semejaban mesas de billar, donde se exhibían productos agrícolas, el líchigo, que llamaban, y alrededor de la enorme bodega, graneros, fruterías, nichos de hierbas medicinales y de comestibles ligeros, y las primeras ventas de comida con estufas de carbón, cocinol y gasolina. En el centro, se erigía la imagen del Divino Niño, que permaneció incólume y venerada hasta antes de la restauración de la plaza, en 2016.

En la planta baja, donde en la actualidad está la galería Santa Fe (que por muchos años estuvo en el Planetario Distrital), funcionaban las carnicerías, las fritanguerías y los expendios de trago y cerveza.

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La plaza era un respaldo para el campesino y el comerciante. Mucho antes de existir Corabastos, los productos de la tierra llegaban en animales de carga.

“La plaza respaldaba al campesino y al comerciante. Mucho antes de existir Corabastos, los productos de la tierra llegaban en animales de carga y en chécheres de acarreo. Había granos, harinas, chocolates y aceites, entre otros insumos. Nuestro padre se proveía en las bodegas de la plaza España. Vendía al por mayor y al detal”, dijo doña Martha.

La jornada, en La Garantía, se iniciaba con las noticias que emitía un radio Philips sintonizado en Radio Santa Fe, emisora preferida de don José Liborio padre, que complacía a la audiencia con lo más representativo de la música colombiana, y recordados espacios de humor político y opinión como El pereque y Orientación tribuna de la patria.

Herencia viva

En su evolución mercantil, la plaza de La Concordia también fue escenario de célebres amoríos, como el de don José Liborio La-Rotta y doña Gabriela Callejas, unidos en matrimonio y padres de cinco hijos. Cuando el padre, por vejez, cumplió su ciclo laboral, lo reemplazó su hijo José Liborio, que hoy, a sus 70 años, sigue regentando el negocio, y lo ha diversificado con productos de consumo doméstico y alimento para mascotas.

De profesión contador, don José Liborio hijo fue administrador de la plaza por dieciséis años sin cobrar sueldo, luego del retiro de la Empresa Distrital de Servicios Públicos (Edis), que figuraba como administradora. Tiempo después, esa labor le fue encargada al Instituto para la Economía Social (Ipes).

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Plaza de la Concordia, La Candelaria

Plaza de la Concordia, La Candelaria.

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Cortesía de Ricardo Rondón.

Plaza de la Concordia, La Candelaria

Plaza de la Concordia, La Candelaria

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Cortesía de Ricardo Rondón.

Plaza de la Concordia, La Candelaria

Plaza de la Concordia, La Candelaria

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Cortesía de Ricardo Rondón.

Herederos y clientela de toda la vida de La Garantía añoran productos como la avena Quaker de tarro, las latas de aceite Purísimo y La Sevillana, la manteca La Blanca, los ‘panes’ de jabón Azul K y de Elefante La Llave, el jabón de tierra, el chocolate Andino, el azúcar Manuelita (patrocinadora del Minuto de Dios), los tarros de leche Nido, Klim y Nestum, entre una larga lista de antigüedades. Las velas de sebo todavía se despachan.

En las estanterías de La Garantía –como en otros graneros de antaño– ya no se vislumbran los cuadros de “Vendió al contado y vendió al fiado”, ni las imágenes fervorosas; tampoco la cruz de mayo y las pencas de sábila colgadas a un clavo con un cinta roja y una herradura; pero sí, en lo alto del mobiliario, un retrato a color de don José Liborio La-Rotta, alma tutelar de La Concordia, que el 18 de abril de 2018 partió de este mundo, a los noventa y cinco años.

Recordar que el antiguo almacén La Garantía fue locación, entre 2003 y 2004, de una de las telenovelas de mayor audiencia en la historia de la televisión: Pasión de gavilanes, basada en Las aguas mansas, del inolvidable escritor Julio Jiménez. Fue la tienda de Filemón Barragán (Sigifredo Vega) y Hortensia Garrido (Inés Prieto).

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Criados en guacales

Otra fundadora insigne de este conglomerado fue doña María de los Ángeles Segura, que en 1935 se instaló con cinco hijos, cuatro mujeres y un varón, a vender frutas y verduras. De eso da fe su nieta Andrea Martínez, que aprendió el tejemaneje de la sabia abuela y de doña Carmen, su señora madre, y hoy está al frente del negocio con su esposo y sus hijas, que ya son la cuarta generación.

Andrea sucedió a doña Carmen, de 72 años, que estuvo hasta antes de la pandemia. Hoy, en su moderno puesto, acondicionado acorde con los parámetros de higiene, organización y seguridad, dice darles gracias a Dios y al Ipes por la restauración, “porque esta plaza daba lástima, se estaba cayendo a pedazos, se despachaba en condiciones precarias, y se comentaba de un cierre definitivo”.

El Ipes y la administración de la plaza, en manos del doctor Juan Sebastián Reyes, han promovido 23 festivales gastronómicos.

Foto:

Cortesía de Ricardo Rondón.

La prueba mayor de resistencia para los antiguos comerciantes la vivieron entre 2016 y 2020, período en el que se adelantaron los trabajos de remodelación, y se vieron obligados a continuar la marcha en improvisados contenedores, ubicados abajo, sobre la calle 12C, en la parte exterior de la galería.

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“Pero Dios sabe cómo hace sus cosas –agrega doña Andrea Martínez– y aquí estamos otra vez para seguir en este batallar, que no tiene comparación con lo que les tocó sufrir a mi madre y a mi abuela, que criaron a sus hijos aquí entre guacales, y que con muchos esfuerzos les dieron estudio y los sacaron adelante. Yo seguí el mismo ejemplo con mis hijas, que trabajan y me ayudan, como lo hice cuando cursé por la noche Administración en la Uniminuto, y en el día aquí revolando en cuadro para surtir y atender a la clientela”.

Un sitio para disfrutar en familia

Desde su reapertura, en forma, en 2020, no obstante los atafagos y encierros derivados de la pandemia, la remodelada plaza de mercado de La Concordia se ha convertido en el gran atractivo de lugareños y turistas extranjeros, seducidos por su amplia y novedosa estructura, sus treinta y nueve locales muy bien distribuidos, y la confortable plazoleta con ocho restaurantes de comida criolla, donde se puede conseguir un corrientazo gourmet por $ 8.000, y platos a la carta entre $ 15.000 y $ 25.000.

A la fecha, el Ipes y la administración de la plaza, en manos del doctor Juan Sebastián Reyes, han promovido veintitrés festivales gastronómicos; el más reciente, el Fritanga-Fest, de gran acogida, y se extendió a varias plazas capitalinas. Recomendados en la plazoleta de comidas: el premiado ajiaco santafereño de Doña Jackie, y la frijolada y la bondiola de cerdo, de Recetas de la Abuela.

A la par del abastecimiento de productos del agro, víveres y abarrotes, la plaza de La Concordia es hoy un escenario de emprendimiento y de economía motivacional, donde prima el liderazgo y la mano de obra femenina en diferentes artes como el tejido, la artesanía, preparación y degustación de café y cacao orgánicos, entre otras habilidades.

Plaza de la Concordia, La Candelaria

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Cortesía de Ricardo Rondón.

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En su recorrido, los visitantes pueden disfrutar de la variedad de plantas y árboles ornamentales de don Isaías Arias, justo al frente de la bodeguita de frutos secos y harinas especiales como la de sagú, para la elaboración de galletas y coladas de doña Blanca Lucía Saray; las ensaladas de frutas y la original carta de jugos de Oh, Gloria, con nombres bien cachacos como el Chirriadísimo, el Ay Carachas, el Chatico o la Cuchibarbie. Y si de degustar bebidas espirituosas se trata, la barra La Chichería, atendida por la bartender Andrea Morales, con su coctel estrella de chicha endiablada, a base de maíz porva, aguardiente y ron.

Mejor dicho, apenas para refundir las llaves; pero si ese fuera el caso, ahí mismo despacha don Álvaro Rincón Becerra, el cerrajero mayor de la plaza de La Concordia, con cincuenta años de experiencia en ese recinto.

RICARDO RONDÓN CHAMORRO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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