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Perdedores | Voy y Vuelvo
Paro nacional en Bogotá

Se registran disturbios y desmanes en la Avenida Cali, Bogotá.

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César Malgarejo / EL TIEMPO

Voy  y vuelvo

Perdedores | Voy y Vuelvo

Con todo y los desmanes ocurridos en Bogotá, es alentador que por ahora no hayan víctimas fatales.

Ha sido una batalla de perdedores. Como todas las batallas que desde años inmemoriales se libran en el país. Razones para protestar hay muchas y muchos son los llamados a protagonizarlas. Pero en esa escalada de inconformismo perdimos las dimensiones y se impuso la sinrazón. La muerte de una bebé en una ambulancia que no pudo llegar a su destino, o el intento de incinerar a diez policías o la brutalidad y exceso de agentes del Estado contra la vida de jóvenes solo dejan perdedores en el balance final de sumas y restas.

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Con todo y los desmanes ocurridos en Bogotá, es alentador que por ahora las cosas no hayan arrojado víctimas fatales. El esfuerzo de la Alcaldía, fruto del malabarismo de la alcaldesa para adoptar un tono que mantenga a raya a los manifestantes y con una actitud prudente a la policía, ha evitado otra horrible noche como la de septiembre pasado. En contraste, las acciones vandálicas, auspiciadas por vaya uno a saber qué intereses, han puesto la cuota amarga que ha dejado diezmado el transporte público, destruidos más de una decena de CAI y comercios desmantelados.

En contraste, cabe resaltar otras formas de protesta y reclamo muy diferentes: los conciertos de la Filarmónica, la actitud de rectores y estudiantes universitarios, los valientes ciudadanos que rodearon un CAI para que no fuera vandalizado, los que se interpusieron para no ver policías apedreados, los jóvenes con sus comparsas, su música y la contundencia de sus mensajes. Hasta los vecinos que salieron con sus cacerolas o hicieron velatones para reclamar, recordar y orar por el cese de tanta violencia.

Por lo mismo, no deja de sorprender la extraña facilidad con que decenas de personas se citan para armar el caos en las noches. Se sabe que lo hacen por redes sociales, que organizan ataques de forma coordinada y precisa, que tienen blancos seleccionados y que actúan de forma tal que resulta imposible atender tantos frentes a la vez. Contra estos sujetos no puede haber contemplaciones, son los responsables de las millonarias pérdidas, de la quiebra de negocios y de la imposibilidad de que las personas más humildes puedan llegar a sus lugares de trabajo.

El costo para la ciudad es incalculable: 10.000 millones solo en TransMilenio y otros 10.000 millones para el sector empresarial, según reporte de la Cámara de Comercio. A todo eso se suman las cuarentenas que obligaron a cientos de negocios a trabajar a media marcha, lo que incide negativamente en la recuperación económica.

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Es un círculo vicioso: bloquear y vandalizar como forma de protesta contribuye a generar más pobreza, porque evita que los campesinos sean compensados por los productos que no puedan vender o hace que el tendero no pueda ofrecerlos o que miles de personas no puedan trabajar o que las empresas no puedan generar empleo. Cuando se deja a la gente sin acceso al transporte público, como ha ocurrido con TransMilenio, el más golpeado es el que más lo necesita: el que no tiene carro ni moto, es decir, las personas más vulnerables.

Quisiera creer que algo se gana con todo esto que nos ha ocurrido. Y tal vez sí: gana la conciencia ciudadana, gana el hecho de llamar la atención sobre los graves problemas que nos aquejan, sobre la necesidad apremiante de encontrar salidas ante el creciente desempleo, de facilitar el acceso a la educación superior de los jóvenes, de aliviar la situación de millones de hogares que se quedaron sin ingresos, de saldar la deuda con las mujeres y las minorías que no se cansan de reclamar. Pero la violencia no lo hará posible, jamás lo ha hecho; por el contrario, lo único que consigue es convertir la protesta en blanco de los enemigos de la misma, en excusa para estigmatizar al rival y para que se imponga el discurso totalitarista sobre la sensatez.

Siempre será más sano para una democracia que exista la protesta social. Y lo será mucho más si los gobiernos las atienden porque eso ayudará a construir un mejor país y una sociedad consciente de sus derechos. Y qué bueno ver a los muchachos debatiendo estos temas en sus asambleas estudiantiles, de todo esto no puede sino salir algo bueno.

Dicho lo anterior, hay que cuidar esa protesta, no solo de los excesos de la autoridad sino del exceso de violencia y vandalismo, aquel que no permite el paso de alimentos, medicinas, insumos o, como ha sido evidente, el que deja a las personas sin sus citas para la vacuna del covid.

He tratado de ver el vaso medio lleno. Pero como decía al comienzo de esta columna, a la hora de las sumas y restas el balance es desolador. Los organismos multilaterales nos condenan, los parlamentos de otras latitudes nos exigen y hasta las estrellas del cine y la música que ni siquiera sospechan dónde queda este hermoso país nos envían mensajes pidiendo que todo se calme.

Entre los perdedores está el Gobierno, que se vuelve blanco de todos los dardos, tanto internos como externos, ante la falta de cálculo político para implementar reformas sin medir la temperatura en las calles. Pierden los promotores del paro, que no calcularon –jamás lo hacen– las consecuencias de unas protestas que suelen salírseles de las manos y por las que nunca responden. Pierden las ciudades y sus ciudadanos y pierden las autoridades llamadas a resguardar el orden, las mismas que ya acumulan medio centenar de investigaciones por posibles excesos contra manifestantes.

¿Es mi impresión o... en lugar de tumbar estatuas de foráneos deberían hacerse más para exaltar a nuestros propios héroes?

ERNESTO CORTÉS
EDITOR JEFE DE EL TIEMPO

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