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¡No más vandalismo! | Voy y Vuelvo
Humedal Tibabuyes

Imágenes del humedal Tibabuyes, un día después del desalojo del campamento.

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Héctor Fabio Zamora | EL TIEMPO

¡No más vandalismo! | Voy y Vuelvo

Imágenes del humedal Tibabuyes, un día después del desalojo del campamento.

Lo realmente peligroso es que este tipo de acciones terminan estigmatizando la protesta pacífica.

No, no y no. Bogotá no puede seguir a merced del vandalismo. ¿Hasta cuándo? La comunidad aledaña a los sitios de las protestas está cansada, harta de no poder salir de sus casas, del temor a ser agredidos, de percibir que no hay autoridad que vele por su integridad, de sentirse amenazada hasta para tomar un bus.

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Claro que hay una estrategia soterrada para que este estado de cosas permanezca; claro que hay un plan criminal para acabar con el transporte público, la piedra en el zapato de muchos porque saben que así afectan la ciudad, paralizan su productividad, reciben atención mediática, demuestran capacidad de destrucción. Y es fácil y económico: diez encapuchados pueden bloquear una vía, agredir a los pasajeros de un bus y prenderle fuego. ¿Y el pretexto? Muchos: la defensa del medio ambiente, reivindicar a los jóvenes, acabar con un gobierno “tirano”, para desaparecer el Esmad... Una retahíla interminable, amorfa, sin propósito claro.

Esto no lo organizan cuatro pelagatos. Hay una organización detrás. Hay dirigentes políticos que alientan este estado de cosas porque se nutren del caos, del desespero de la gente, de mantener la ciudad en estado permanente de zozobra para presentarse como los salvadores; porque toda la vida han estado interesados en “incendiar la ciudad”.

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Y se financian con recursos legales y también con rentas ilegales que pelechan en medio del caos. Lo confesó uno de los jóvenes que fueron reclutados para estos fines. Porque los jóvenes, lástima, son los más vulnerables, los más golpeados por la crisis, los más maleables a los falsos encantos de profetas que les venden una sociedad mejor, repleta de beneficios que jamás llegan –basta ver el vecindario–, pero eso sí: siempre y cuando cumplan con su parte: atacar todo lo que huela a institucionalidad. Y caen, seducidos por 30.000 o 70.000 pesos. ¿Quién les paga? ¿Quién tiene esa capacidad?

Sostener movimientos de este tipo solo pueden hacerlo los que tienen una de dos cosas: organización o plata. O ambas. Los tienen captados, encerrados en una burbuja para que no vean las oportunidades que se les brindan. ¿Qué falta más? Pues claro, no son suficientes los ofrecimientos para el tamaño de la tragedia que padecemos y que agravó la pandemia, hay que reconocerlo. Pero para que haya más, se necesita que la ciudad y el país puedan funcionar con tranquilidad; de lo contrario, iremos directo al abismo.

Preocupa que las autoridades se sorprendan con lo de los pagos a los vándalos. Todos lo sabíamos. La Personería lo ha constatado en las Américas, por ejemplo. Y sorprende que la misma Policía les pare bolas a noticias falsas como que fue el Esmad el que incendió el bus de esta semana. ¡Por favor! No hay que distraerse en eso, hay que ir al origen del fenómeno que está reclutando pelados y pagándoles para que acaben con la ciudad. ¡No más!

(Además: Insólito: la autopista Norte quedó bloqueada por un helicóptero atascado)

Lo peligroso de todo esto, lo realmente peligroso, es que este tipo de acciones terminan estigmatizando la protesta pacífica. La gente duda de ellas porque no saben si están infiltradas por estos individuos. Es injusto para quienes organizan jornadas multitudinarias para reclamar sus derechos. Hay que defender la protesta social a como dé lugar, y para eso hay que detectar dónde están los delincuentes que se aprovechan de ella, incluidos grupos de narcotraficantes y otras organizaciones criminales que pelechan con todo esto.

Como lo dijo esta semana el tuitero @pablomontiel314: “Yo soy proparo y marchante, pero el tiempo le dio la razón a @claudialopez: sí son vándalos y sí están pagos”.

Cada vez queda más claro que lo que pasa en Bogotá son las secuelas que dejó el paro nacional, esto es, la enrevesada convicción de que con la fórmula de los bloqueos, las acciones vandálicas, el caos, las llamadas zonas de resistencia y las amenazas a comunidades enteras se encontró la veta que algunos tanto andaban buscando: la de la desestabilización. ¿Y lo vamos a permitir?

ERNESTO CORTÉS
EDITOR JEFE DE EL TIEMPO
En Twitter: @ernestocortes28

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