A los 104 años, anciana busca a la hija que le quitaron en 1955

A los 104 años, anciana busca a la hija que le quitaron en 1955

Eudosia Amaya no quiere morir sin saber qué pasó con la bebé que le arrebataron.

Abuela

Eudosia Amaya, de 104 años, vive con su hija mayor, Florelba, en un apartamento en Soacha. Todos los días recuerda a la bebé que le quitaron hace 64 años.

Foto:

Óscar Murillo Mojica

Por: Óscar Murillo Mojica
17 de agosto 2019 , 01:44 p.m.

A Florelba Granados Amaya, de 67 años, le confesaron a sus 62 que Raúl Granados, el hombre al que siempre le dijo papá, y el que le puso apellido, no era su papá. Pero hizo como si nada, lo trató como siempre y dejó que él la tratara como su hija hasta que murió, hace ya un tiempo.

Eudosia Amaya, su madre, tiene 104 años y antes de cumplir el siglo de vida decidió no guardar más ese secreto -tan pesado para esa edad- y se confesó con sus siete hijos. Hoy, Florelba vive con ella en un apartamento del conjunto residencial Santamaría del Rincón de Soacha, Cundinamarca.

El verdadero papá de Florelba fue Alfonso Rey Pardo, un policía que trabajó en las décadas de los 40 y 50 en la estación de Chapinero, en la carrera 13 con calle 39, y que por los lamentos de Eudosia –“era un desgraciado”, repite con insistencia– se intuye que no fue un buen hombre, por lo menos con ella.

Pese a su edad, habla y escucha perfectamente. Tiene la memoria fresca, camina por su cuenta y, más allá de un dolor en esa rodilla derecha que le ha dado por molestar últimamente, goza de buena salud. Recuerda con tristeza las dificultades de su infancia y juventud campesina en Onzaga, Santander, al lado de sus padres, Martín Amaya y Gillermina Abril, y sus siete hermanos.

Narra que trabajaba raspando fique, cocinaba para los trabajadores de las fincas, se ampollaba las manos con el azadón. Todo eso solo por la comida; no recibía ni un centavo. A sus 30 años, en 1945, agotada del trabajo duro del campo que no le ponía un peso en el bolsillo, Eudosia decidió irse para Bogotá. Dejó a su familia y jamás regresó.

“Me vine para Bogotá. Me vine sola porque sabía que acá se trabajaba y se ganaba plata. Yo me vine por eso, pero no, me salió muy mal, muy mal”, desentierra su valentía treintañera mientras se acomoda en el sofá azul del estudio de la casa, el lugar elegido para recordar su vida. Florelba se asegura de que esté cómoda. “¿Le traigo agua, mami?”. “Sí, mija, gracias”.

Descansa sus pies que mueve lentos entre unas pantuflas de rayas. Está arropada con un suéter gris que tiene algunas flores blancas, como las uñas de sus manos que acaba de pintarse, como su cabello, blanquísimo y bien peinado, como las paredes laterales de su habitación estrecha.

“En esa época, unas amigas del pueblo me consiguieron trabajo en una casa de familia, pero yo no me amañé y me rebuscaba por ahí otras casas para trabajar por días, en unos lados me iba bien y en otros regular, y me pagaban 5 pesos el mes”, recuerda y toma un poco del agua que le trajo Florelba.

En esos días, cuenta, Bogotá era un pueblo que crecía sin afanes: no había mucha gente, no había muchos carros, “era así muy ordinario, digamos. No me pareció bien, pero seguí y seguí hasta que me llegó la mala suerte” –otro sorbo de agua–, “conocí al policía Alfonso Rey Pardo”.

“Me agarró, me engañó, me llevó no supe a dónde, me venció, me enamoré, y quedé en embarazo de esta hija que me está mirando”. Caen las primeras lágrimas de sus ojos que parecen bolas de cristal opacas, encerradas en unos lentes grandes y redondos. Florelba está atenta al relato que ha escuchado solo un par de veces.

dibujo abuela

Eudosia Amaya es de Onzaga, Norte de Santander, pero llegó a Bogotá en 1945.

Foto:

Ilustración, Natalia Felacias.

Pasan por su mente esos meses durmiendo en cambuches de piso de tierra a donde la llevaba a vivir Alfonso, quién sabe en qué parte de Bogotá; los ruegos por una bolsa de leche para la niña que no le daba, el cansancio del embarazo, el parto asistido por unas señoras que le tenían lástima.

Solo tuvo la opción que seguir trabajando. A donde fuera, iba con su bebé. En unas casas no le ponían problema a que la llevara, en otras sí. Un año tendría Florelba cuando, de nuevo, quedó en embarazo. “Otra vez del mismo tipo, porque yo no tuve más amoríos”.

Quisiera verla, saber dónde está, pero esto ha sido tan difícil, porque no me acuerdo casi ni del día cuando nació

En ese momento, Eudosia trabajaba en el hogar de un ingeniero civil que la quería mucho, y al que le mintió diciéndole que iba a volver a su pueblo para tener a su segunda hija. Él le dio un abrazo y un “cuando regreses tienes tu trabajo asegurado”.

“Le dije al papá de ella que me buscara una pieza para ir a tener la bebé, y por allá me llevó a Las Ferias a un cuarto, una casa mal, pero gracias a Dios la patrona de ahí fue la que me ayudó para tener la niña. Ahí en esa casa yo cocinaba mi tris de almuerzo, de desayuno, porque yo no trabajaba”, agradece a esa mujer de quien no recuerda el nombre.

Su segunda hija la tuvo en el hospital San Juan de Dios. Corría el año de 1955 y Eudosia cargaba para todas partes con sus dos bebés, y con la ausencia de Alfonso. Siguió trabajando en casas de familia, un día llevaba a una y el otro, a la otra; la dueña de la casa de Las Ferias le ayudaba cuidándolas.

Reflexiona sobre esa etapa de su vida. Se encierra el rostro con sus manos, mira al piso, a Florelba. “Yo no pensaba en nada, yo creía que así era la vida, tan difícil, con tantas necesidades, y no pensaba en el futuro, era como tan ignorante, perdóneme ser grosera”, cuenta sin decir una grosería.

Señor

Raúl Granados, el padrastro de Florelba, caminando por una calle de Bogotá.

Foto:

Archivo particular

Iba así por la vida, con sus dos muchachitas, cuando encontró un trabajo estable. La casa de dos señoras en Chapinero, madre e hija, que tenían el mismo nombre que recuerda a la perfección: Dila de Bateman. Iba todos los días a ese lugar, donde la trataban muy bien.

Un día, la dueña del lugar donde vivía en Las Ferias le dijo a Eudosia que tenía que irse, y de nuevo tuvo que buscar al policía: “Necesito un lugar en dónde estar con las niñas”.

Por allá se las llevó a una casa vieja en la Perseverancia, le pagó un par de meses de arriendo al celador de unas obras y, como era habitual en él, desapareció. En ese sitio vivían dos hermanos que trabajaban en construcción y que, por alguna razón, cuidaban de ellas.

En la casa de la señora Dila y su hija todo parecía perfecto.
“Ellas me tenían lástima porque yo con las dos niñas..., pero eran muy formales conmigo, me querían mucho”. Sin embargo, las cosas se enrarecieron cuando una tarde, de repente, le hicieron una propuesta.

Eso me duele, no haberla cogido, no me armé de valor, haberla cogido y habérmela llevado, me puse fue a llorar; ay, Dios mío, yo qué hago, me fui para la casa muy triste por dejar a mi niña chiquita

El último adiós

“¿Quiere más agua?”, le pregunta Florelba a su mamá, cortando el relato y como preparándola para una situación tensa. Ambas se miran. “No, mijita, gracias”. Eudosia había guardado por muchos años otro secreto, uno incluso más grave que lo del padre de su hija.

“La señora Dila era muy amiga de una pareja que vivía ahí cerca, el señor era dueño de una empresa de cemento, y me dijo que ellos no podían tener bebés y que estaban buscando adoptar un niño o una niña. Que podía ser mi niña más pequeña”.

Su respuesta fue contundente: jamás haría algo así, prefería ir a pedir limosna con ellas antes de regalarla, meterse a la brava con sus bebés a un hospital, “allá mirarán qué hacen con nosotras, pero no, yo no regalo a mi hija”.

Ellas respetaron su decisión y todo siguió normal, por un tiempo. Una mañana, cuando llegaba a una de sus jornadas laborales, Dila y su hija le dijeron que había un trabajo bueno para ir a hacer, que dejara a la niña pequeña –tendría unos 10 u 11 meses–, y que volviera en la tarde a recogerla.

“Ay, Dios mío, cuando yo llegué por la tarde a recogerla la tenían en una canastica, pero bien vestida, como un ángel, y dijeron, ‘mire, se la vamos a llevar al señor dueño de la empresa de cementos’, pero no me dijeron dónde vivía, no me dijeron nada”. No hubo violencia, no hubo amenazas.

Quiso tomar más agua, pero ya no había. Llora. Se la ve confundida, arrepentida, enojada. “Tengo tan presente que la niña me miró así (abre los ojos), y ahí mismo la mandaron para esa casa. YO NO LA REGALÉ, YO NO LA REGALÉ, FUE CONTRA MI GUSTO (grita, se descompone). Pero como me dijeron que a ella le iba a ir bien, que la iban a tener como hija propia”.

Florelba interrumpe, como arrojándole un salvavidas a su mamá, y también llora. “Es que la ignorancia…”, trata de justificarla.

Pero ¿no hizo nada?, ¿simplemente dejó que se la quitaran?

“Eso me duele, no haberla cogido, no me armé de valor, haberla cogido y habérmela llevado, me puse fue a llorar; ay, Dios mío, yo qué hago, me fui para la casa muy triste por dejar a mi niña chiquita”.

Caminó, como si estuviera en otro mundo, dice. No entendía muy bien lo que había pasado y se fue hasta la casa del celador y de los dos muchachos que por alguna razón las cuidaban. “Era tan linda mi niña, era muy linda, los ojitos, es que los tengo presentes cuando me miró cuando llegué por ella”.

Hijas

En la foto, Florelba y dos de sus hermanas. En el círculo rojo, el espacio que debería ocupar la hija perdida.

Foto:

Archivo particular

Llegó sin su niña y la acusaron. ¿Usted por qué la regaló?, –¡que yo no la regalé, que fue contra mi gusto!–. Los hombros de uno de los jóvenes que vivían en ese sitio, Raúl Granados, fueron su esperanza.

Le quedaba Florelba, que tendría dos años, y ante la perpetua ausencia del policía, Raúl fue el papá de su hija, sin serlo, por más de 60 años, hasta que Eudosia se confesó. Con él tuvo cinco hijos más.

Ella siguió trabajando por un tiempo en la casa de las Bateman, el suficiente para enterarse de que la nena estaba bien,
creciendo, con todas las comodidades y que estaba aprendiendo a bailar ballet. Eso fue lo último que supo de su hija.

“Quisiera verla, saber dónde está, pero esto ha sido tan difícil, porque no me acuerdo casi ni del día que nació, sé que era un año menor que ella (señala a Florelba), que es del 54. No pude guardar nada, ni un papel, ni nada, y si lo hubiera guardado, como Raúl cogía y me esculcaba los papeles y lo que no le gustaba los botaba o los rompía, pues no supe más nada”.

La familia Granados se ha conmovido con este relato. Han buscado pistas para hallar a la hermana que hace falta. Han visitado hospitales, contactado historiadores, tratado de atar cabos, pero no ha sido posible. De hecho, Florelba recuerda vagamente la casa de las Bateman, a donde su mamá la llevó tantas veces, pero no sabe con precisión dónde quedaba.

“Queremos cerrar ese ciclo en su vida, ella dice que la recuerda todos los días y que le da dolor. Uno sabe que a estas alturas no tiene ningún sentido buscar vinculación con esa persona o algo. Pero así sea saber que murió, o lo que sea, pero por las condiciones no sabemos cómo hacer para encontrarla”, seca sus lágrimas Florelba.

ÓSCAR MURILLO MOJICA
REDACCIÓN BOGOTÁ
Twitter: @oscarmurillom

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