El mecánico que se convirtió en la pesadilla de una mujer

El mecánico que se convirtió en la pesadilla de una mujer

Karoll Daza dice que ha recibido amenazas de la persona que contrató para reparar su vehículo.

Prado Veraniego

En este sector del barrio Prado Veraniego está el taller al que Karoll llevó a arreglar su camioneta.

Foto:

Abel Cárdenas

Por: Carol Malaver
05 de abril 2019 , 09:35 a.m.

Llevar a arreglar una camioneta familiar a un mecánico se convirtió en el fin de la tranquilidad de la abogada Karoll Johanna Carreño Daza, de 37 años. En agosto del 2017, poco tiempo después de enterarse que su esposo tenía leucemia, decidieron mandar a arreglar su automóvil, que venía presentando pérdida de fuerza. “Yo vivía en una casa en el barrio Prado Veraniego. Mi vecino me recomendó un profesional de confianza, a tan solo dos cuadras de distancia”, afirmó la mujer, quien nos dio su versión de los hechos en esta historia.

Así fue como, dice, conoció al señor Pedro Corredor López, un hombre que se presenta como ingeniero mecánico y quien desde el comienzo se comportó con mucha amabilidad. “Si usted va y habla con él, es todo un caballero, pero esa es una fachada”.

Recuerda cuando llevó el carro al taller y que ese día le dijeron que la Chevrolet Trooper 960 necesitaba una sincronización. “El mecánico nos cobró por eso 580.000 pesos”, contó Karoll. Pero a los dos días el diagnóstico cambió. A la pareja de esposos les dijeron que el automóvil tenía un daño grave en el motor. “Igual, confiamos. Le dijimos que hiciera lo pertinente”. En poco tiempo, dice ella, la cuenta ascendía a los 4’500.000 pesos y, según el profesional, podía aumentar un poco más. Lo bueno era que les entregarían su vehículo 15 días después.

Para ese momento, el esposo de Karoll vivía entre el hospital y su casa. “Él duró meses interno. Le hicieron unas quimioterapias muy fuertes. Solo le daban ocho días al mes para que descansara en la casa”. Esta mujer dice que para todas las vueltas médicas necesitaba su carro porque su esposo podía contraer una bacteria, pero este seguía en el taller.

Pese a esta difícil situación, la pareja se las arreglaba para abonarle al mecánico los dineros. “Le dimos primero 1’200.000, luego 2’500.000 y así fuimos completando 5’500.000 pesos. Yo tengo todas las facturas. Claro”. Lo grave fue que cada vez que Karoll pasaba por el taller lo único que veía era a su Chevrolet desvalijada. “Cuando le pedíamos una explicación nos decía que la faltaba un tornillo, o hablaba en términos técnicos que una persona normal no entiende”, añadió.

Cada vez que me veía pasar con ellos de la mano me insultaba a gritos, me decía que nos iba a matar

Dos meses después de haberse iniciado el arreglo, la pareja de esposos estaba desesperada. “Ya le habíamos dicho que nos entregara el vehículo como estuviera, pero este señor se negaba a hacerlo. Nos decía que hasta que estuviera reparado”. Y cuando pensaban que nada más podía pasar, Karoll dice que el mecánico los llamó y les dijo que también había daños eléctricos y en la instalación del gas. “Le dijimos: ¡no más arreglos! Entréguenos nuestro carro”.

Entonces, se armaron de valor, se dirigieron al CAI de Tierra Linda y les pidieron a los policías un acompañamiento para recuperar lo suyo. Cuando el mecánico se percató de la situación, dice la mujer en mención, estalló en furia y terminó por entregarles la camioneta desvalijada, de hecho, hasta el día siguiente les hicieron llegar una pieza que faltaba, cuenta. “Cuando la revisamos, el carro no estaba arreglado”. Lo grave es que habían firmado una carta en donde ellos prometían que no iban a emprender ninguna acción legal. “Lo hicimos presionados por la enfermedad de mi esposo”, dijo Karoll. Al otro día, la pareja llevó el vehículo a otro taller. “El nuevo mecánico nos dijo que el motor nunca había sido intervenido. Nos cobraron 3’500.000 pesos más”. En esta ocasión, la camioneta funcionó.

Todo estaba bien hasta que, dos meses después, se toparon con Pedro Corredor en una vía del barrio. “Nos dijo que le debíamos 5'500.000 y que nosotros lo habíamos robado y estafado”. Esa misma frase la repitió días después en un juzgado y en la Superintendencia de Comercio, debido a que Karoll le puso una demanda por abuso de confianza. El día de la conciliación ninguno quiso llegar a un acuerdo. “Yo tenía derecho a que me devolviera la plata que pagué por un arreglo que nunca se hizo”.

La Fiscalía archivó el caso por atipicidad de la conducta, pero envió la querella al CAI de Tierra Linda. Fue después de estas diligencias que Karoll dice que comenzaron las amenazas en su contra. “Mis hijos, de 5 y 10 años, estudian a tres cuadras de donde trabaja el señor. Entonces, cada vez que me veía pasar con ellos de la mano me insultaba a gritos, me decía que nos iba a matar”.

Ella cuenta que quedaba paralizada y aceleraba el paso para no exponer a sus hijos. Cuando se la encontraba sola por alguna cuadra le decía que iba a pagar todo con sangre, mientras que a su esposo le gritaba que era un pobre discapacitado. “Mi marido nunca le hizo nada. Es un hombre tranquilo. Tiene diabetes y es hipertenso. Todo esto lo afectó más”.

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Karoll Johanna Carreño Daza tiene 37 años y es abogada.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

No contento con llenar de pánico a la familia, este mecánico le grita palabras de grueso calibre a la tía del esposo de Karoll. “Ella es una señora chapada a la antigua y cada vez que sale se quiere esconder de todas las vulgaridades que le grita este señor”. Cuando Corredor los insulta, esta familia dice que le tiembla la cara. Es como si pasara de ser ese hombre amable que conocieron a un ser enloquecido.

El viernes pasado las amenazas tomaron fuerza. “Mi esposo iba a una terapia en el carro cuando se dio cuenta que el mecánico, que iba caminando, lo vio”. Dice Karoll que cuando lo alcanzó, lo escupió, le gritó amenazas y groserías y le pegó patadas al carro. “Mi esposo quedó agobiado”, agregó.

Fue en ese momento cuando esta mujer decidió poner una nueva denuncia a la Fiscalía por amenazas, pues estas aumentaron cuando un juez permitió que a Corredor se le embargara su carro como garantía de devolución del dinero por los servicios no prestados. Finalmente, ninguna de las dos demandas prosperó. Según Karoll, nunca le han brindado ayuda, tan solo unas recomendaciones de autoprotección. “¿A cuántas mujeres que han denunciado, como yo, no han asesinado? Yo no quiero ser una estadística más”, agregó.

Corredor, cuentan, ha tratado a esta pareja de estafadores, de extorsionistas y por eso les tocó salir del barrio, pero la preocupación sigue latente porque sus hijos estudian cerca del taller de su supuesto agresor. “Esto ha sido una pesadilla, por eso decidí denunciar este caso públicamente y poner mi cara, para dejar por sentado que si a mí o mi familia les pasa algo, había amenazas previas de este señor. He sido ignorada totalmente por la justicia”.

La contraparte

EL TIEMPO intentó por tres medios comunicarse con el señor Pedro Corredor López. En su teléfono personal, un hombre contestó y dijo que él ya no trabajaba en el taller, en el teléfono fijo del lugar donde trabaja tampoco dieron razón y a través de chat de WhatsApp, aunque aparecía su fotografía, tampoco se logró su versión ni que nos remitiera con su abogado. Este periódico también cuenta con las demandas formales del caso ante la Fiscalía, así como con los recibos de los negocios que la pareja mencionada en este artículo hicieron con el mecánico. También cuenta con un video en donde se nota la forma displicente como el denunciado trata a la víctima. Seguiremos dispuestos a escuchar la otra versión de lo acontecido.

Cuéntenos. ¿Usted ha vivido una situación similar? Escríbanos a carmal@eltiempo.com 

CAROL MALAVER
Twitter: @CarolMalaver
REDACCIÓN BOGOTÁ
EL TIEMPO

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