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María Victoria, el rostro de la pobreza femenina
María Victoria Vega, mujer que vende leche y quesos en Bogotá

La historia de María Victoria Vega, de 57 años, es el reflejo de la pobreza femenina en Bogotá. Tras pasar por varios oficios, ahora vende leche y quesos en su barrio.

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Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

María Victoria, el rostro de la pobreza femenina

Vende leche y quesos callejeando su barrio, y debe mantener a sus cuatro nietos. Esta es su historia

María Victoria Vega tiene 57 años, una edad que muchas mujeres esperan con ansiedad para pensionarse. Un sueño imposible para ella, pese a que ha trabajado toda su vida. Y muy duro. Ella nunca cotizó para pensión ni salud. Siempre ha estado dedicada a sacar adelante a su familia. Desde joven respondió por sus hijos, luego por sus padres y, ahora, por sus nietos.

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Desde pequeña ayudaba a sus papás en una finca en Yacopí (Cundinamarca), en la que debía cocinar para los trabajadores. Ella se levantaba a las 3:00 de la madrugada a moler el maíz para hacer las arepas. Luego, después de cumplir la mayoría de edad, viajó a Bogotá y laboró como interna en casas de familia, hasta que consiguió un compañero.

Pero resultó que el hombre le pegaba cada vez que se emborrachaba. Era el pan de cada día. Así fue durante mucho tiempo. Alguna vez, incluso, se llevó a dos de sus hijos, que luego abandonó en Bajo Jordán (Santander). El hombre terminó arrollado por una volqueta cuando se desplazaba en su bicicleta, hace 25 años.

Luego del trágico fallecimiento de su esposo, a quien había dejado por un tiempo por la mala vida que le daba, la pobreza parece haberse ensañado con esta mujer cabeza de familia que hoy sobrevive con menos de la mitad de un salario mínimo y, según cuenta, de las oraciones. “A pesar de todo, mi Dios nunca me ha desamparado”, dice.

Siempre he luchado y a esta edad sigo y seguiré luchando

Siendo aún joven, María Victoria tuvo sobre sus hombros la carga de toda la familia. Cuando enviudó, quedó con un niño y dos niñas, y poco después debió recibir a sus padres, quienes por amenazas de la guerrilla, abandonaron la finca donde vivían.

Ella, entonces, los acogió y empezó a lidiar con sus enfermedades. Su padre quedó cuadripléjico y durante cinco años dependió de una silla de ruedas, y su madre falleció luego de una trombosis que la dejó más de un año paralizada. Finalmente, la muerte se los llevó hace más de una década. Primero, a él, y poco después, a ella.

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Los oficios que ha realizado esta yacopicense apenas le han dado para sostenerse: ella, a sus hijos y, ahora, a cuatro de sus nietos. Lavó ropas que iba a recoger a pie desde Casa Blanca, en Kennedy, al Cundinamarca, en límites entre Puente Aranda y Teusaquillo.

María Victoria  ha tenido que buscar la forma para sobrevivir y mantener a su familia.

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Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

En su afán por conseguir lo del diario, vendió tintos y empanadas en la madrugada en Corabastos, donde también ayudaba a cargar y descargar camiones –eso le dejó una lesión en una pierna– y aseaba las famas de carne al mediodía. En la tarde, barría locales en la plaza de Las Flores.

En esos oficios le pagaban algunos pesos o con algo de mercado o huesos de res. Todo eso lo utilizaba para volver a surtir su caja de icopor y sus termos.

Pero de nuevo la tragedia volvió a su hogar. A su hija mayor le diagnosticaron leucemia y falleció algún tiempo después. Y a los tres meses exactos, el esposo de ella se ahogó en el río Magdalena. Fue a botar las cenizas de su amada y también se encontró con la muerte. Quedaron cuatro niños huérfanos.

Una cadena de dolor

Sin más opción, María Victoria y la otra hija —que también es madre soltera de dos niños, un hombre y una mujer— asumieron la custodia de los pequeños. Y la familia se creció de nuevo. Su único hijo varón, quien vive en Funza, no tiene como ayudarle. Él es ayudante de construcción.

Así las cosas, las dos mujeres se dedicaron a pintar casas. Aunque es un trabajo que deja más plata, es poco constante. Entonces, su hija empezó a emplearse en casas de familia. Y María Victoria se dedicó a la venta de leche, quesos y bocadillos. En ese nuevo oficio lleva cuatro años. “Todo es fiado”, dice, lamentando su situación.

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En las noches me arrodillo y pido bendiciones para todas las personas que me han ayudado

Día de por medio, esta abuela madruga a recoger la leche en zona rural de Soacha. Allí le entregan fiados 30 o 40 litros, que vende caminando con un galón al hombro en el barrio Arborizadora Alta. “¿Llegó la leche! ¡Llegó la leche!”, se la pasa gritando toda la mañana.

Y los quesos y bocadillos se los mandan de su tierra. Pero debe ir a recogerlos a la calle 13 con 68. Los exhibe en una pequeña vitrina que le dejan poner en el andén del primer piso de la casa donde vive, al lado de un café internet, una fama de carnes y un puesto de líchigo (hortalizas y tubérculos).

Ella se hace unos 400.000 pesos —o algo más, al mes— que debe rendir entre la comida para ella y sus nietos —de 16, 14, 13 y 7 años— que no pasa de un agua café con pan en la mañana y una sopa o arroz con huevo y plátano al almuerzo y a la cena. “No es que se coma muy fino, pero se come”, advierte, como dándose consuelo y tal vez pensando que muchos se acuestan con un solo ‘golpe’ en el estómago.

(Le contamos: en Bogotá, se está en situación de pobreza monetaria cuando el dinero por cada integrante es inferior a los $ 455.030)

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María Victoria hace unos 400.000 pesos mensuales, con los que debe mantener a sus nietos, de 16, 14, 13 y 7 años.

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Ella y una de sus hijas, quien es madre soltera de dos niños, asumieron la custodia de los pequeños, luego de una serie de sucesos trágicos.

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En una pequeña vitrina que le dejan poner en el andén del primer piso de la casa donde vive, la mujer de 57 años exhibe sus productos.

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El dinero que produce, además, le debe alcanzar para pagar las dos piezas donde vive. Hace poco, la alcaldía local le dio bonos para tres mercados.

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María Victoria aún no ha logrado que la incluyan en algún programa de asistencia social para adultos mayores. “Serían 120.000 pesitos que me servirían para los servicios o para el arriendo”.

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La plata, además, la debe hacer alcanzar para pagar las dos piezas donde vive, que le cuestan 400.000 pesos mensuales; y para los 210.000 pesos que, en promedio, cancela por el agua, el aseo, la luz y el gas. El internet se lo cortaron, por lo que sus nietos deben ir hasta la casa de su hija a hacer las tareas. Ellos están estudiando de manera virtual en el colegio público Los Libertadores, en Tunjuelito.

Siempre está abriendo un hueco para tapar otro, pero que por más que se esfuerce, confiesa, termina colgada y endeudada. El arriendo, por ejemplo, lo paga en cuotas. Algunas veces abona 200.000 pesos y el resto lo va pagando en la medida que va recogiendo plata con la venta de quesos.

“Nadie sabe con la sed que una vive”, dice María Victoria, quien agradece que Eduardo, el dueño de la casa, ha tenido paciencia y sabe de su condición. El hombre es una de las personas que de vez en cuando la ayudan con mercado. Sin embargo, todo tiene un límite y ella lo sabe, y eso la angustia mucho más. “Yo le digo que no me alcanza la plata. Que si le cumplo con el arriendo, no le puedo cumplir con los servicios. Téngame paciencia”.

Toda la vida he luchado por un techo y no lo he logrado. Eso sería la gloria

Después de tantos años de esfuerzo, recientemente recibió un alivio. La alcaldía local le dio bonos para tres mercados —el último hace un mes— pero no sabe si volverá a recibir otro. “Aún no me han llamado”, asegura. Pero, en todo caso, eso le permitió ponerse al día con todas sus angustias. Además, la está atendiendo una psicóloga que la ayuda a sobrellevar su drama: su eterna pobreza.

“En las noches me arrodillo y pido bendiciones para todas las personas que me han ayudado”, afirma entre sollozos María Victoria, quien se muestra incrédula en que, a su edad, pueda tener una casa para ella y su hija y sus nietos. La pensión es algo que hace rato descartó y por eso sabe que deberá trabajar hasta avanzada edad.

“Toda la vida he luchado por un techo y no lo he logrado. Eso sería la gloria”, afirma la mujer, quien a pesar de su condición y de su edad —57 años— no ha logrado que la incluyan en algún programa de asistencia social para adultos mayores. Eso le daría un alivio adicional. “Serían 120.000 pesitos que me servirían para los servicios o para el arriendo”, advierte.

“Cualquier pesito que llegue es una bendición”, agrega María Victoria, quien además sufre porque sus nietos necesitan ropa o solo se visten con lo que algunas personas les regalan. Precisamente, una vecina le ofreció zapatos de segunda para el mayor. Y hace unos días le regalaron unas sandalias para la más pequeña.

(Ingrese aquí al especial Pobreza: el azote que crece con la pandemia

“Mi historia no ha sido fácil. Siempre he luchado y a esta edad sigo y seguiré luchando”, añade María Victoria con resignación. Una mujer que ha sufrido los rigores de la pobreza y cuya historia es el espejo de miles de mujeres colombianas que tienen sobre sus hombros la responsabilidad de sacar adelante a sus familias.

GUILLERMO REINOSO RODRÍGUEZ
Editor de Bogotá
En Twitter: @guirei24
Escríbanos a guirei@eltiempo.com

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