Lucha contra ventas en TM se perdió y los usuarios no ayudan

Lucha contra ventas en TM se perdió y los usuarios no ayudan

El transporte público como lugar para que vendedores informales laboren se volvió común.

Vendedores en TransMilenio

El Código de Policía prohíbe y sanciona ventas y consumo de alimentos en TransMilenio.

Foto:

Rodrigo Sepúlveda / Archivo EL TIEMPO

Por: Yolanda Gómez y Felipe Motoa Franco
20 de enero 2019 , 04:38 p.m.

Señores, lamento la interrupción. Los saludo, buenas tardes. Me presento, soy David. Vengo con mi esposa, y aunque no estoy acostumbrado a trabajar así, no tengo más opción porque tengo una hija y debo responder por ella”, comienza su retahíla el vendedor de turno.

Algunos pasajeros le han devuelto el saludo, otros miran hacia la ventana, unos más continúan sumergidos en sus audífonos.

“Al que me pueda ayudar comprándome un caramelo, se lo agradezco. No tiene un costo específico, sino lo que usted me quiera dar”, advierte, antes de iniciar su desfile a través del bus articulado de TransMilenio.

Con una mano sostiene una cajita cargada de dulces y con la otra se agarra del tubo, o la extiende para recibir las monedas que van tintineando una tras otra en su palma. No importa que el pasillo aparezca repleto de gente, él serpentea entre los demás hasta cubrir todo el espacio.

La escena ocurre en la troncal Suba mientras el bus avanza de la estación Puentelargo a la de Rionegro. Cada tanto aparece un nuevo oferente de golosinas y demás productos al menudeo. Pero minutos después, cuando la ruta llega a la troncal Caracas, el ingreso de gente, en su mayoría hombres que se ganan la vida con las ventas ambulantes, se convierte en inundación.

Algunos relatan tragedias, otros posan de cómicos y unos más tan solo ofrecen lo que llevan. Cada cual, en su propio estilo y perorata, participa en una suerte de carrera de relevos, vagón a vagón, bus a bus, parada tras parada, interminable para quien los ve y los oye. La banda sonora es redundante en frases y palabras como ‘caramelo’, ‘galletas’, ‘Venezuela’, ‘falta de oportunidades’, ‘no tengo empleo’, ‘profesional sin trabajo’, ‘necesidad’, ‘alternativa’, ‘mi familia’, ‘mi hijo’, ‘mi niña’, ‘mi esposa’, ‘crisis’, ‘necesito el dinero para la pieza’, ‘hambre’ y un largo, largo etcétera.

Según el Instituto para la Economía Social (Ipes), en 86 jornadas de caracterización realizadas entre el 2017 y el 2018, identificaron a 2.669 vendedores informales en TransMilenio (TM). Al abordarlos, 1.591 estaban dentro de las estaciones y portales, y 1.078, en los alrededores del sistema: puentes peatonales y entradas. Estos datos no incluyen a los migrantes venezolanos, precisó la entidad, quienes han encontrado en esta actividad una forma de subsistencia.

Lo anterior también revela que una significativa porción de quienes van y vienen de sur a norte vendiendo, de oriente a occidente y viceversa, aún no ha sido caracterizada. Kilómetro a kilómetro, el inconfundible acento de los migrantes del país vecino llega a los oídos de quienes viajan en el sistema masivo.

Aunque el Manual de Convivencia de TM, lo mismo que el Código de Policía, prohíben y sancionan la venta y el consumo de mercancías dentro de esta infraestructura (vea recuadro), es evidente que miles se pasan la ley por la faja, como apunta el refrán. En hora y media que duró el recorrido para observar la situación (troncales Calle 26, Suba y Caracas) quedó claro que casi siempre quien ofrece algún producto o reclama caridad se lleva al menos una moneda o vende algo (lea nota anexa sobre análisis de la situación).

En TransMilenio tampoco hay autorización para comer. Pero esto le importa poco, o nada, a una parte de los usuarios. Por ejemplo, mientras el articulado avanzaba hacia el portal El Dorado, un sujeto entra con su canasta de productos. Una joven le compra un paquete de papas, platanitos y chicharrones fritos. Luego, sin empacho, lo destapa y deja salir ese olor que solo es grato para quien come, en cambio, para el resto, no hace más que enturbiar el ambiente.

A pesar de las miradas de reproche a la comensal, ninguno de los pasajeros se anima a chistar o exigir respeto por la norma. Es como si la intolerancia, otro de los flagelos sociales de Bogotá, hubiera enmudecido a quienes no comulgan con los comportamientos fuera de regla; pero es que hablar –no faltará quien lo diga– a veces puede ser la invitación a recibir del otro un madrazo, un insulto que sale desde las entrañas e incluso una agresión física, como ya se ha registrado en otras ocasiones.

“Cual / si todo / se fincara en la riqueza / en menjurjes bursátiles / y en un mayor volumen de la panza”, escribió León de Greiff en su conocido poema ‘Villa de La Candelaria’, que en esta ocasión cae como anillo al dedo para describir el panorama cotidiano de las ventas en TM.

¿TransMilenio puede acabar el comercio ambulante?

Para los expertos, hay tres factores que influyen en el fenómeno del comercio informal y desbordado en estaciones, portales y buses de TransMilenio (TM): los desempleados, que en Bogotá son 450.000; el flujo masivo de potenciales compradores en el sistema, que a diario mueve 2,5 millones de personas, y la falta de control de las autoridades.

Henry Murraín, experto en cultura ciudadana, descarta de plano que el control policial que echan de menos los ciudadanos pueda solucionar el problema. “Es absolutamente irreal, por la dimensión y la cantidad de gente”, advierte.

Y las cifras lo respaldan. Al día, hay unos 20.000 despachos de servicios (buses) a los que se pueden subir para vender, y lo hacen sin que la policía o los guías de TM se lo impidan, a pesar de que está prohibido en el manual del sistema y en el Código de Policía. Además, hay 139 estaciones y nueve portales.

Entre enero y diciembre del 2018, TransMilenio tuvo un reporte de 10.234 comparendos impuestos en las estaciones más críticas, pero esas multas no le hicieron mella a la problemática.

Murraín advierte que mensajes como ‘a los vendedores ambulantes di ‘no, gracias’’’, con los que TM quiere hacer pedagogía, no funcionan porque muchos optan por solidarizarse y comprar, a pesar de que eso perpetúa la informalidad. En su concepto, a la alcaldía le falta una política agresiva que promueva formalidad en áreas como ciencia y tecnología, que son fortalezas del Distrito. La informalidad del empleo en Bogotá es del 42 %.

La solución está más fuera de TM; la Policía también tiene que controlar el tema de colados y robos”, explica Darío Hidalgo. “No estamos condenados al fenómeno, hay ejemplos (Nueva York) de recuperación de confianza, seguridad y limpieza de sistemas de transporte. Se requieren esfuerzos económicos, acción efectiva de la justicia y bastante de cultura ciudadana”, agrega Édgar E. Sandoval.

YOLANDA GÓMEZ Y FELIPE MOTOA FRANCO
EL TIEMPO
En Twitter: @FELIPEMOTOA
En Twitter: @YOLANDA GOMEZT

Descarga la app El Tiempo

Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias.

Conócela acá
Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.