'Uno no sabe cuál es el precio de la guerra hasta que pone un muerto'

'Uno no sabe cuál es el precio de la guerra hasta que pone un muerto'

La hermana del cadete Andrés Felipe Carvajal, fallecido en el atentado del Eln, recuerda su vida.

Familia del cadete Andrés Felipe Carvajal

La familia del cadete Andrés Felipe Carvajal bajo su fotografía, que es justo la que está en el centro.

Foto:

Archivo particular

Por: Sebastián Ramírez
16 de enero 2020 , 08:14 p.m.

Cuando a Daniela Carvajal se le pregunta por su hermano, Andrés Felipe Carvajal, el penúltimo cadete fallecido tras el atentado del 17 de enero de 2019, siempre tiene a la mano un recuerdo en el que se está riendo con él.

De niño, dice Daniela Carvajal, su hermano era muy pícaro. Para unas vacaciones los dos se fueron con una prima a visitar la finca de su abuela paterna en la vereda Imparal, entre Coper y Buenavista (Boyacá).

Una tarde, Andrés Felipe Carvajal se quedó mirando un árbol. Les dijo a su hermana y a su prima que por qué no construían una casa ahí arriba. “Súbanse y yo las alcanzo”, les propuso. Era un palo alto, así que las dos niñas se demoraron para trepar. Cuando estuvieron en la copa, Andrés Felipe les preguntó, riéndose: “¿y ahora cómo se van a bajar?”. Daniela Carvajal dice que las dejó ahí arriba un buen rato, hasta que empezaron a llorar y tuvo que llamar a su abuelita para que viniera a bajarlas.

En el colegio era tan travieso como aplicado. Le gustaba hacerles zancadilla a los niños, apostar jugando garbinche (que en otras partes del país se conoce como piquis o canicas), pero también tenía buenas notas y le encantaba leer. Esa costumbre no se le quitó en toda la vida. Tenía un interés especial por la literatura de ciencia política y poder. Se devoraba libros de Maquiavelo y de Marx. También sabía mucho de armas.

La primera vez que se presentó a la Policía no pasó, por lo que decidió prestar el servicio militar. Después de tener la libreta hizo el intento de ingresar a la Policía de Bogotá. Lo logró. Se vino para la ciudad a vivir con su mamá y a adaptarse a otra vida, distinta a como era todo en Coper, el municipio de 10.000 habitantes y clima caliente donde se crió.

Daniela Carvajal se emociona cuando cuenta cómo era su hermano de adulto. Dice que era responsable, ordenado y disciplinado. Que encajaba bien en la vida de un miembro de la fuerza pública. Que le gustaba estar siempre bien peinado, usar cremas, oler rico. Medía 1,80, era guapo y fuerte, según cuenta.

Miramos todas las cosas de él empacadas en una maleta, como si no fueran nada. (...) Yo me preguntaba, ¿dónde quedan los sueños de las personas? ¿En una maleta?

“La última vez que lo vi en la Escuela de Cadetes fue el día que lo ascendieron”, dice su hermana, que no viajaba con frecuencia a Bogotá. “Él me dio un recorrido, me mostró la cafetería, me contó cómo se llamaba cada sitio y me presentó a sus amigos”. Recuerda que fue una ceremonia solemne y que, cuando terminó, los familiares de los nuevos cadetes invadieron la cancha para saludarlos, lo cual estaba prohibido. “El comandante ya nos está haciendo caras”, le dijo Andrés Felipe Carvajal a su hermana, que ahora relata la historia como un chiste: “Me dijo ‘hermana, nos van a poner a voltear más tarde’”.

La próxima vez que Daniela Carvajal visitó la Escuela fue para recoger las pertenencias de su hermano, una semana después de que había ocurrido el atentado. Fue a la cita acompañada de su papá. “Miramos todas las cosas de él empacadas en una maleta, como si no fueran nada. Tenía el cepillo de dientes, el portátil, los cuadernos de apuntes, un libro de derecho policivo y otro del código penal. Yo me preguntaba, ¿dónde quedan los sueños de las personas? ¿En una maleta?”.

Daniela Carvajal había tenido que salir de Chiquinquirá de afán en la noche del 17 de enero. Su papá, que vivía en Coper, Boyacá, había venido hasta donde estaba ella para ir juntos a averiguar cómo estaba el cadete. En un comienzo no sabían cuál era su estado de salud. Su nombre no salió en las listas preliminares que publicaron en los noticieros. Alguien le dijo: “tranquila, las malas noticias son las que primero se conocen”. Ella dice que piensa todo el tiempo en esa frase, tal vez porque no resultó cierta o porque la noticia de su hermano fue la última de todas.

Carvajal recuerda que tuvieron que llamar a un tío que había sido mayor de la Policía para que averiguara por él. Cuando supo que estaba herido los llamó de vuelta y les dijo que se fueran para Bogotá. Arrancaron en una camioneta Toyota Fortuner con su papá y su mamá, que, aunque no es la mamá de Andrés Felipe, también los acompañó. “Fue el viaje más largo de mi vida”, cuenta ahora y explica que, de todas maneras, la idea de que su hermano aún estuviera vivo les ayudaba a paliar el dolor. En el camino iban rezando. Hicieron un rosario. Como era jueves, les tocó leer los misterios luminosos.

Cuando llegaron al Hospital Tunal no les dejaron ver al cadete directamente. Su papá tuvo que mirarlo de lejos, por una pequeña ventana de la puerta que estaba en la entrada de la unidad de cuidados intensivos.

Andrés Felipe Carvajal tenía daños graves en los pulmones y el hígado. Durante esos días su estado fue crítico y cambiante. Había jornadas en las que los médicos decían que estaba mejor, pero hubo otras en las que le decían a la familia que estaba empeorando. Su hermana cuenta que conservaba la esperanza de que estuviera bien y que, cuando por fin le dejaron verlo, le hablaba porque sentía que podía escucharla.

Atentado en la Escuela del General Santander

Bandera izada a media asta en el Monumento a los Héroes Caídos en Acción de las Fuerzas Armadas, ubicado en la calle 26, en Bogotá.

Foto:

Abel Cárdenas. EL TIEMPO

“Duró con vida nueve días y una madrugada. Cuando me dieron la noticia de que había muerto, yo perdí el conocimiento, me desmayé”, cuenta, ya llorando, ya repasando el dolor que no se le ha quitado después de un año. A toda su familia le ha costado asimilar la muerte del cadete. Daniela Carvajal explica que hay familiares que cambiaron mucho, que algunos se han vuelto más sensibles o malgeniados.

Ella cree que una muerte así no se supera. Sus fotos de perfil en Whatsapp y en Facebook son el retrato de su hermano, en el que está con su uniforme de policía impecable, muy serio, mirando de frente.

La misa en conmemoración del primer año de la muerte de Andrés Felipe Carvajal se hará el próximo 27 de enero, junto a sus familiares y amigos en una iglesia de Chiquinquirá. A su hermana le gusta pensar que el pueblo lo recuerda como a un héroe, dice que eso la hace sentir orgullosa.

“Uno no sabe cuál es el precio de la guerra hasta que pone un muerto”, sentencia Daniela Carvajal, con la misma contundencia con la que habló frente a las cámaras el 27 de enero, el día que anunciaron que Andrés Felipe era, hasta el momento, el último cadete fallecido tras el atentado del Eln. “Yo solo pido paz”, dijo entonces Daniela Carvajal, aguantando las lágrimas.

SEBASTIÁN RAMÍREZ
PARA EL TIEMPO

Este artículo hace parte del especial 'Tributo a 22 héroes: Un año del ataque del terrorismo al corazón de la Policía', que informa sobre el estado actual de la investigación y cómo están las familias de las víctimas mortales del ataque en el aniversario de los hechos.

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