Las tres marchas de Bogotá / Voy y vuelvo

Las tres marchas de Bogotá / Voy y vuelvo

No fue una, como se dijo. Ni dos. Fueron tres protestas con distinta intensidad en Bogotá.

Cacerolazo 7

Manifestantes han protestado 'al ritmo' de las cucharas, las tapas, los cubiertos y las ollas.

Foto:

Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Por: Ernesto Cortés Fierro
23 de noviembre 2019 , 09:49 p.m.

La primera que hay que destacar es la que promovieron centrales obreras, estudiantes y organizaciones sociales con exigencias claras: reformas laborales, cumplimiento de acuerdos, implementación de políticas de paz, empleo, etc. Fueron multitudinarias, festivas, llenas de color.

El alcance de su presencia quedó registrado en esas imágenes que mostraban corredores viales como la 7.ª o la plaza de Bolívar, con miles y miles de personas marchando en paz, haciéndose sentir y elevando el valor de la protesta en democracia. Solamente en la plaza llegaron a concurrir unas 30.000.

No cabe duda de que esta expresión ciudadana fue mayoritaria y que se repitió en otros lugares del país. No querían tumbar al gobierno, ese no era el objetivo; no querían la violencia como forma de reclamar y no pretendían pasar por encima de la institucionalidad. Solo apelaban a sus voces para que el Ejecutivo entendiera que hay un inconformismo en la forma como se están tomando las decisiones.

La otra marcha fue la que promovieron delincuentes disfrazados de manifestantes. Y no improvisaron. Para el nivel de destrucción que ocasionaron en estaciones y portales de TransMilenio, el saqueo de comercios, la toma de establecimientos públicos y la agresión tanto a particulares como a miembros de la Fuerza Pública, quedó en evidencia que había un plan premeditado cuyo principal objetivo era generar caos, paralizar el sistema de transporte masivo –el mismo que toman a diario 2,4 millones de personas, entre ellas miles de mujeres y estudiantes–; incendiar la ciudad e invisibilizar las protestas que se llevaban a cabo con tranquilidad.

¿A quién le conviene aquello de ‘incendiar la ciudad’? Quienes están detrás de esto pretenden meter al resto de la ciudadanía en la lógica de que si no es con violencia no se consiguen reivindicaciones.

Insisto: ¿a quién le conviene esto? Sí, hubo desmanes y las imágenes de incendios en una calle de Suba o los hampones rompiendo estaciones, dañando el mobiliario público se ven dramáticas en fotos y videos.

Por fortuna fueron puntuales, porque el grueso de la ciudadanía no cayó en tales provocaciones, que es en últimas lo que buscan los populistas y extremistas. Y es a estos extremistas a quienes más les conviene que las manifestaciones se prolonguen por días, hasta ver cumplido el cometido de una ciudad hecha cenizas. Para la muestra, los mismos desmanes y los mismos vándalos reaparecieron el viernes, no para arengar, para destruir.

La tercera marcha fue la más emblemática de todas, y por ende, a la que más hay que pararle bolas –como dijo el director de 'Portafolio', Francisco Miranda–: la de los cacerolazos. Porque fue espontánea, se propagó por la ciudad hasta la medianoche y volvió a sacar a decenas de personas a la calle, muchas de las cuales no habían participado de la marcha previa.

Ese es el verdadero descontento, porque involucró a distintas capas de la sociedad que, si bien no tienen un motivo claro para quejarse, sí perciben que el rumbo de las cosas es incierto. El eco de sus cacerolas recogía de alguna manera lo que habían dicho quienes pacíficamente marcharon en el transcurso del día.

Los cacerolazos no son solo ruido, es un llamado de atención que por voluntario, pacífico y congregador resulta contundente.
Tan efectivo que hasta los políticos quisieron apropiarse de él. ¡Tan vivos!

Patricia es una mujer humilde pero trabajadora que vela por su hijo y sus dos nietos. Uno de ellos tenía cita médica el día viernes para una cirugía. Conseguir la bendita cita fue toda una odisea, pero al final de cuentas se la habían programado ¡después de un año de espera! Ese año se cumplía justamente ese viernes pasado.

Cuando su hijo y su nieto iban temprano en el carro a la tan anhelada cirugía, vándalos que habían vuelto a destruir lo que no alcanzaron a hacer la noche anterior rompieron los vidrios del vehículo.

El pánico se apoderó de todos. Resignados, volvieron a casa y la cirugía se perdió. Con lágrimas y apesadumbrada, Patricia me preguntó: ¿Por qué todo tiene que ser así? ¿Yo qué culpa tengo? Ninguna, Patricia, usted no tiene ninguna culpa. Fue todo lo que pude responderle.

¿Es mi impresión o… algo va de los puños de una joven a un miembro de la Policía al patadón en el rostro que este le devolvió?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
En Twitter: @ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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