Los encantos y curiosidades de la hacienda El Chicó

Los encantos y curiosidades de la hacienda El Chicó

El icónico inmueble guarda historias secretas y memorias de una Bogotá antigua.

Museo Chicó

La hacienda El Chicó fue construida en 1620 y tiene reunión de palmas de cera del Quindío más grande de la Sabana.

Foto:

Néstor Gómez

Por: Felipe Motoa Franco
21 de junio 2019 , 08:00 p.m.

¿Le gustaría, señor lector, hacer un viaje en el tiempo y atestiguar cómo era una hacienda española del siglo XVII? ¿Le gustaría, en ese mismo regreso al pasado, ver cómo eran las mejores casas fincas de la Bogotá colonial, además de gozar de un paisaje verde y florecido? Entonces, seguramente le va a sacar provecho a la hacienda museo El Chicó.

Ubicada en pleno corazón de Usaquén (entradas por las carreras 9.ª o 7.ª con calle 93), esta reliquia patrimonial abre sus puertas de martes a domingo, hasta las cinco de la tarde, y para su ingreso hay que pagar 7.000 pesos (público general) o 5.000 (niños, estudiantes y adultos mayores). Pero si no tiene dinero, no se preocupe, también puede disfrutar del parque El Chicó y todos sus espacios verdes, abiertos al público y gratis.

“La hacienda debe su nombre a la quebrada Chicú, que en lengua muisca significa ‘nuestro aliado’ ”, reseña Carlos Roberto Pombo, presidente de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, organización cívica que hoy es propietaria del inmueble y sus terrenos gracias a la donación que en la primera mitad del siglo XX hizo Mercedes Sierra de Pérez, hija del conocido terrateniente Pepe Sierra.

Otra pregunta para el lector: ¿sabe cuál era el lugar que Antonio Nariño usaba con mayor frecuencia para sus tertulias denominadas el Arcano filantrópico, en las cuales se conspiraba para librar estas tierras del yugo español y se tradujeron los derechos del hombre? Sí, señor, en esta casona cuya construcción data de 1620.

Los anteriores y más datos relevantes, aportados por la Smob, invitan a pasarse por este lugar histórico.

Museo Chicó

Antonio Nariño frecuentaba esta casona para hacer sus tertulias.

Foto:

Néstor Gómez

Colibríes y palmas

Es entendible que a algunos no les interese mucho el tema histórico, como que el virrey Solís (regente de la Nueva Granada entre 1753 y 1761) usaba este lugar como punto de descanso y acopio en su camino entre Bogotá y Tunja (en aquella época, Chapinero ni siquiera hacía parte del área urbana de Bogotá, ni mucho menos Usaquén, localidad en donde se emplaza la hacienda).

Entonces pueden optar por apreciar la reunión más grande de palmas de cera del Quindío que hay en Bogotá, en el parque El Chicó. Algunas de estas suman más de 100 años elevándose hacia el cielo.

Por si fuera poco, el visitante encontrará en estos mismos terrenos diez de los trece tipos de colibríes que hay en el Distrito, así como múltiples especies de pájaros típicos del altiplano.

La quebrada Chicú, además, sirve como afluente para las múltiples fuentes que se distribuyen por todo este espacio, decoradas con esculturas. Algunos se han aventurado a decir que el lugar permite evocar, guardando las proporciones, las maravillas que se encuentran en la Alhambra (España).

La hacienda debe su nombre a la quebrada Chicú, que en lengua muisca significa ‘nuestro aliado’

Parentesco con el castillo Marroquín

Pocos saben que la hacienda El Chicó tiene conexiones arquitectónicas con el castillo Marroquín, ubicado en el sector de La Caro, en Chía. Aunque la primera fue construida hacia 1620 y el segundo, en 1898, en dos estilos muy distintos (uno es español castellano-andaluz y el otro, una suma de tendencias), lo cierto es que ambos comparten algo similar: sus muros exteriores –que los separan de la calle– fueron diseñados por el arquitecto español Gastón Lelarge.

Este personaje, oh dato curioso, no había llegado a la capital de la república con intenciones de ejercer su profesión, sino como instructor de esgrima para gentes de la clase alta. Pero, precisamente, su relacionamiento y buenas migas con las élites bogotanas le permitieron acceder a encargos notables, como el diseño del castillo, ordenado por Lorenzo Marroquín Osorio, hijo del expresidente José Manuel Marroquín (1900 y 1904). Basta con observar los muros que forman la entrada sobre la carrera 7.ª con calle 93 para que se haga evidente su conexión con la otra estructura ubicada al norte.

Museo Chicó

En el Museo de Arte Decorativo El Chicó podrá encontrar toda clase de piezas antiguas.

Foto:

Néstor Gómez

Piezas memorables y documentos exclusivos

Dentro del Museo de Arte Decorativo El Chicó, el visitante podrá sorprenderse con varios elementos. La curaduría recomienda poner cuidado en lo siguiente:

  • Las cerámicas de Talavera de la Reina: traídas de España, diseñadas con influencia de los árabes, sobresalen en color y expresividad. Se sabe que son originales porque al tocarlas se percibe un cierto relieve (las réplicas son lisas del todo). Anímese a pasarles el dedo por encima.
  • Las columnas del patio inicial: tan pronto cruce el zaguán de acceso, se topará con un patio, una fuente y una serie de columnas; mírelas con detenimiento, pues fueron traídas del antiguo claustro de Santo Domingo, demolido en 1938 (se ubicada en la carrera 7.ª con calle 12).
  • ¿Le llama la atención lo extravagante? Si es así, pose los ojos sobre la vajilla de Bavaria, debidamente marcada, que reposa sobre el comedor: sus bordes tienen aplicaciones de oro.
  • Los estudiosos se deleitarán con la biblioteca enfocada en Bogotá, además de la planoteca de grandes proyectos urbanos como las calles 72, 26, carrera 15 y Unicentro. Incluso hay una colección de fotografías del siglo XIX. Para acceder a estas joyas se debe hacer la solicitud llamando al número 6231066 o en la página web www.museodelchico.com.

FELIPE MOTOA FRANCO
Twitter: @Felipemotoa
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