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La humillante historia de Edy / Voy y Vuelvo
Celadora denuncia que la obligaron trabajar 24/7 durante un mes en Rosale

La mujer fue forzada a quedarse en el sofá de un sótano y el estrés le ocasionó parálisis.

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La historia de Edy es un retroceso de nuestra sociedad.

Por estos días, en los que la solidaridad emerge como uno de esos grandes galeones rescatados del fondo del mar a raíz de la pandemia del covid-19, el caso de Edy Fonseca se nos presenta como una bofetada para decirnos que no hay tal, que no es así, que el ser humano sigue destilando viejos y caducos esquemas de superioridad, soberbia, clasismo y violencia.

Todas estas condiciones se resumen en la historia de Edy Fonseca, que, para no hacerla larga (ha sido tendencia en los medios todos estos días), se trata de una humilde mujer que prestaba sus servicios como portera en un edificio del elegante barrio Rosales de Bogotá, en el que fue obligada a permanecer casi un mes bajo encierro con la excusa de la cuarentena obligatoria.

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A juzgar por las declaraciones de ella –pues aún no se conocen ni las del presidente del consejo del edificio ni las de su administradora–, había llegado hace un mes a reemplazar a un compañero y no se le permitió salir más. Por el contrario, se le pidió llevar colchón y ropa porque debía atender la portería del edificio día y noche. Así fueron pasando las horas y las semanas. Ella abría y cerraba la puerta aunque fuera de madrugada y estuviera en sus horas de descanso. Entraban residentes, domiciliarios... y ella, ahí, siempre presta a cuidar no solo el edificio, sino el empleo con el que alimenta a su familia, que seguía preguntándose por qué no regresaba a casa.

¿Y cuál fue la reacción de quienes la obligaron a permanecer en un semisótano y a comer con 15.000 pesos al día? Nos metió en problemas. Ya no vuelva más

La rutina siguió imparable, hasta que, según su relato, no pudo más. La salud se le complicó a tal grado que uno de los residentes del lugar debió llamar una ambulancia para que la atendieran cuando la vio casi desvanecida en la portería. ¿Y cuál fue la reacción de quienes la obligaron a permanecer en un semisótano y a comer con 15.000 pesos al día? “Nos metió en problemas. Ya no vuelva más”, asegura ella que le dijeron.

La historia de Edy es un retroceso de nuestra sociedad. Un retorno a tiempos oscuros de racismo y esclavitud. Una vergüenza para nosotros mismos, que nos hacemos llamar civilizados. ¿En qué cabeza puede caber que a una mujer la obliguen a permanecer en semejantes condiciones? ¿Es eso posible? ¿Es permitido? Claro que no. ¡Pero lo es! Es tan real como que ya hay abogados que creen que aquí pueden configurarse delitos por esclavitud, explotación laboral, secuestro o trata de personas, como lo insinuó la propia alcaldesa Claudia López. Alguna explicación tienen que dar la administración o el famoso presidente del consejo de administración, el mismo que, según Edy, la regañó por recibirle un plato de arroz a otro de los residentes. Sí, la regañó a ella, no al que le dio la comida un día que seguramente la creyó pálida del hambre.

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Sería bueno que los responsables pusieran la cara y dieran las explicaciones del caso, pues hasta el momento solo existe la versión de ella. Entre tanto, ha circulado un video en el que algunos residentes del edificio reconocen que faltó humanidad en este episodio.

Más allá de este bochornoso asunto, cabe hacer una reflexión en torno al servicio doméstico y otros que por lo general son pordebajeados y se prestan en ciertos lugares de la ciudad. Seguramente habrá historias parecidas a esta, en las que mujeres y hombres son vejados por propietarios y administradores que se creen dueños de las personas y con derecho a pisotear su dignidad; que creen que la necesidad de un trabajo bien vale la pena unas cuantas violaciones de la condición humana. Insisto: habla muy mal de nuestra sociedad que este tipo de hechos se estén presentando. Y duele mucho más que suceda en momentos en que el mundo intenta reaprender la lección del valor de la vida y de la integridad del otro, sin importar sus circunstancias ni su condición social.

No en vano, la pandemia y el confinamiento han demostrado que, como lo señala el sociólogo israelí Evan Illouz, hoy es más importante la persona que trabaja en un supermercado que un actor de cine. Y, para el caso que nos ocupa, hoy es más importante una portera o un vigilante que quien habita el edificio; de lo contrario, no habrían hecho lo que hicieron: decirle a una humilde portera que “el edificio queda en sus manos”, aunque después se hubieran comportado como se comportaron.

¿Es mi impresión o... todavía hay muchos ciudadanos que creen que el coronavirus no es con ellos? Sigamos en casa.

ERNESTO CORTÉS
EDITOR JEFE DE EL TIEMPO

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