La historia detrás del indígena que brilla en la estación Héroes

La historia detrás del indígena que brilla en la estación Héroes

Esta es la historia de sus días solitarios, sus logros, alegrías y tristezas.

AUTOPLAY
La historia del estatua humano que representa al indio doradoLa historia del estatua humano que representa al indio dorado
Oro

Abel Cárdenas

Por: CAROL MALAVER
11 de septiembre 2019 , 09:24 a.m.

El indio de oro camina entre los carros por la autopista Norte. Cuando hace frío o llueve, sus huesos se entumecen, y cuando hace calor, el aceite de cocina mezclado con ese polvo de mercurio que lo hace resplandecer hierve sobre su piel cansada. Pero él dice que así brilla más.

El hombre sonríe, le hace venia a los que bajan el vidrio de sus carros y lo saludan, o a los niños que se despiden de él con cariño, o a la señora que, de vez en cuando, le entrega una arepa o un jugo de caja. En este oficio, todo es ganancia.

El artista llora mucho, sobre todo cuando habla de su familia. Nació en Ibagué, Tolima, y dice que de niño vivió con sus padres y sus hermanos. “Yo a ellos los amo, les debo ser un hombre con valores, pobre pero con valores. Si llegábamos con un lápiz que no fuera de nosotros, nos ganábamos una tunda”.

Robar era un sacrilegio, así en su casa no hubiera qué comer. A los 11 años tenía que llegar a las seis de la mañana a la plaza de la 28 para ayudar a los clientes a cargar los enormes mercados. “Lo que me ganaba lo destinaba a los gastos y necesidades, así fueran veinte pesos. La familia se mantenía unida a pesar de la pobreza. Todos mis hermanos son unos verracos”.

Nunca fue un buen estudiante, las matemáticas y la historia no eran para él. Por eso, luego de terminar la primaria, terminó trabajando como mesero o parrillero en restaurantes hasta que cayó en una redada del Ejército. “Por ponerme de vivo a intentar volármeles me metieron en el calabozo y luego me mandaron para Santa Marta. Me faltaban como tres meses para cumplir los 18 años, fue un golpe duro para mi mamá”.

La historia detrás del indígena que brilla en la estación Héroes

Todos los días el indígena dorado gasta una bolsa de químico para cubrirse de dorado. Le cuesta 5.000 pesos.

Foto:

Abel Cárdenas

Allá conoció la Sierra Nevada, a los indígenas emblemáticos de la zona, recorrió el monte de día y de noche. Fueron 24 meses en la compañía Aragón que para él fueron motivo de orgullo.

Cuando regresó a la ciudad intentó ayudar a su padre, que solía trabajar con políticos, a programar reuniones y coordinar eventos, pero todas las promesas de trabajo futuro que le hicieron resultaron ser una farsa; también lo intentó de obrero, pero la construcción tampoco era para él.

Se casó, tuvo dos hijos, cometió errores que hoy lamenta y que terminaron por minar sus relaciones y terminó en Bogotá, porque dice que si en Ibagué no hay palanca, no hay trabajo. Eso fue en el 2005.

El indígena cuenta que aunque su vida no ha sido fácil, la vida en la capital es a otro precio. El frío, el frío es algo insoportable para un calentano, dice. Más en esos días en los que le tocó dormir en las aceras o parques aledaños al Museo del Oro.

Era duro porque, además, a mí me daba pena pedir limosna. El hambre que aguanté no fue cualquier cosa

De a pocos se hizo a pequeños contratos como mesero y a veces, solo a veces, resultaba en unas fincas lujosas trabajando para clientes de dudosa reputación. “Eso uno se daba cuenta porque tenían pura pinta de mafiosos. Pero yo trabajaba de mesero, nunca en nada malo”

Y cuando se acababan esas rachas, otra vez, ‘a apretar’, porque había que sobrevivir así fuera repartiendo un sancocho en tres para los tres golpes del día. Cientos de veces sacó de donde no tenía para tomarse fotos y pasar hojas de vida y pagar en agencias de empleo pirata que le sacaban de a 30.000 pesos con la promesa de conseguirle trabajo, hasta que se dio cuenta cómo esos currículos eran quemados. “Ese día me dio una piedra. Cuántos jóvenes dejando de comer para sacar fotocopias”.

La única distracción de Ciro era salir los fines de semana al Septimazo. “Allá me distraigo tanto, hay mimos, músicos, estatuas humanas, de todo”.
Incluso, recuerda el día en el que una de sus parejas, haciéndole reclamo por su incapacidad para conseguir trabajo, le dijo: “No se ría tanto que usted, sin ningún estudio, va a terminar de estatua humana”.

La historia detrás del indígena que brilla en la estación Héroes

Los días no son fáciles para este artista. Hay días en los que lo recogido no le alcanza para comer tres veces al día.

Foto:

Abel Cárdenas

Y así fue. Mamado de pasar hojas de vida, terminó por conocer a un hombre que se disfrazaba de estatua llanera y lo metió en el oficio. “Claro, al comienzo me sacaba plata por el vestuario y la pintura. Quien escogió el personaje del indio fui yo, porque en la ciudad nunca los había visto”.

La pena fue su principal barrera y cuando ya la había superado, se posó en el semáforo de la avenida Boyacá con calle 127 hasta que lo sacaron, porque en Bogotá hasta los semáforos tienen dueño.

Hasta ese lugar llegó una vez un grupo de productores a llevárselo para un cortometraje. “Me presentaron a varios actores y actrices de otros países. Llegaban a mi ‘paga diario’ en camionetas a las 4 de la mañana y me dejaban a las ocho de la noche. Los dueños dirían: ¿quién será este tipo, que lo recogen semejantes carrazos? (risas)”.

Y así, como llevado por el viento, vivió esa experiencia sin haber visto nunca el documental del que hizo parte. Luego, esa misma ráfaga, como todo en su vida, lo condujo al lugar en donde se anclaría: el semáforo de la Autonorte con calle 85.
¿A quién no le va a llamar la atención ver a un indio dorado con su dorso desnudo aguantándose el penetro de las madrugadas bogotanas?

Ciro vive en un ‘paga diario’, una diminuta habitación, eso sí, con baño privado. Sus pertenencias se pueden contar: un termo, un cepillo de dientes, su atuendo de indio y un par de pintas que rota. Sobre su mesa de noche hay lo que resta de una botella de agua y un Frutiño. No más.

Todos los días se levanta a las 4:30 de la mañana, se baña, se viste y parte hacia una estación de TransMilenio. Si le va bien, logra que el portero lo deje pasar por 1.000 pesos.

Al llegar a la zona, su desayuno es un tinto doble, no más, y así, con algo de calor en su cuerpo, se sienta sobre un separador y con una pantaloneta comienza la transformación.

Unta su cuerpo de una mezcla de polvo y aceite de cocina con el que logra que su piel brille como si fuera oro, mientras sus ojos se van hundiendo en un rojo intenso a causa de los químicos. La libra de polvo dorado cuesta 100.000. Por eso se hace a un sobre diario de 5.000 que conserva como si fuera oro. Ese le debe alcanzar para cubrir todo su cuerpo.

Y, convertido en indígena dorado, cierra sus ojos en un ejercicio de concentración y se repite varias veces: ‘no tengo frío, tengo que soportar’, ‘no tengo frío, tengo que soportar’. “Mis padres me dijeron que uno debe pedirle a Dios y tener concentración para aguantar”. Mientras otros como él fuman o toman licor, él solo le pide una mano al de arriba.

Es un drama cuando los rayos de sol queman su cuerpo porque a veces siente que se desmaya del sofoco, su piel se quema y le aparecen llagas, y cuando llueve, lo más doloroso es que su único traje de indio se moja y queda prácticamente inservible. “Me toca ponerlo a secar y no es cosa fácil. Al otro día no puedo trabajar porque el dolor en los huesos me mata”. Dice que si las fuerzas se lo permiten, se reanima con un canelazo o un buen caldo. Ciro sufre de la tensión y de ahogos permanentes. Un día lloró cuando le dijeron flojo. “Si supieran que uno a los 59 ya no consigue trabajo en este país”.

Pero no todo es dolor. El artista dorado brilla cuando doctores del Country lo saludan, las señoras le llevan mecato y los niños le chocan la mano.

Hay días buenos, malos y pésimos, cuando lo ganado solo alcanza para un combinado de 3.000 en el centro y un refresco, y otros en los que hay chance de comer algo mejor. “Ya viejo y cargando los errores que cometí, ahora vivo solo y tranquilo, en paz con Dios, no le debo ni le hago daño a nadie”.

Ciro quiere que lo vean como un artista, no como un limosnero; sueña con tener un mejor disfraz, aunque ama el que tiene porque es su única posesión, pero también con tener una casa propia, un pequeño negocio para ayudar a su mamá, porque dice que salir a la calle cada día duele más.

El Indígena Dorado termina su jornada, se despoja de su pintura, la gente lo saluda, ya lo conoce. Aparece Ciro, el ser humano que parte solitario hacia su pequeña habitación de hotel.

CAROL MALAVER
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