Esta es la historia del ‘general’ más querido en el centro de Bogotá

Esta es la historia del ‘general’ más querido en el centro de Bogotá

Con 91 años cuenta cómo se hizo famoso y las penurias que ha pasado como habitante de la calle.

Esta es la historia del ‘general’ más querido en el centro de BogotáEsta es la historia del ‘general’ más querido en el centro de Bogotá
General Sandúa

Carlos Ortega

Por: Carol Malaver
19 de diciembre 2018 , 03:50 p.m.

Con su sombrero de general, sus arrugadas manos llenas de anillos y su bastón de mando indígena, el llamado ‘General Sandúa’ aguardaba el paso de las horas sentando, esperando a que un rayo de sol le permitiera dar unos pasos más hacia el jardín. Días antes había llegado al centro de protección El Bosque Popular, agobiado por la inevitable aparición de los dolores de la vejez.

La delgada tela blanca que está por ocultar el brillo de sus ojos azules y que a primera vista permite presumir un delicado estado de salud pasa a un segundo plano cuando de su diminuto cuerpo sale una voz llena de todo menos de debilidad. “Me llamo Aníbal Muñoz Valencia y nací en el municipio de Pácora, Caldas”.

Pereciera tener claros recuerdos de su niñez. No vivió con sus padres sino con una tía llamada Julia Valencia, que se enamoró de él en cuanto lo vio nacer. “Se embobó conmigo porque no tenía hijos. Mi mamá no le puso problema a eso”. Le tenía tanto cariño a su cuidadora que cuando su madre biológica lo venía a visitar estallaba en llanto pensando que se lo iban a llevar.

General Sandúa

Este hombre siempre se muestra con una sonrisa y con comentarios chistosos con los que termina por ganarse el cariño de la gente.

Foto:

Carlos Ortega

La vieja quinta en donde trascurrieron sus primeros años le trae buenos recuerdos, como cuando su tía regalaba leche y huevos. “Otras veces vendía tres por cinco pesos”, dijo mientras veía la finca desde el pueblo pintado en su memoria.

Fueron pocos los años de escuela. Pronto, la situación económica de su familia los hizo migrar a Montería, Córdoba, un lugar en donde Aníbal no se sintió identificado. Así comenzó su vida de andariego, el camino que lo llevaría a convertirse en un habitante de la calle.

Dice que mientras estuvo joven sobrevivió trabajando como mesero. Solía viajar a las ferias en Cali y Medellín y de vez en cuando escaparse a Bogotá. El encanto de las urbes terminó por enamorarlo del pavimento. “Trabajé en el Intercontinental de Medellín, en los mejores de Manizales, mejor dicho, en los hoteles más importantes”.

Hace 30 años llegó a Bogotá para quedarse, cuando un amigo lo invitó a trabajar como mesero en Fontibón. Allí estuvo hasta que el dueño cayó en la quiebra y lo perdió todo. “Ese fue el primer día que dormí en la calle”. Pasando los 60 años le tocó hacer de todo, desde vender chorizos hasta trabajar como vigilante de un edificio en donde fue expulsado por la edad. “Cuando llegué al sexto piso, en vez de ir para adelante comencé a irme para atrás. Me tocó comenzar a ir a refugios”.

En el gobierno de Ernesto Samper Pizano logró obtener una especie de subsidio que dice haber perdido por las artimañas de una funcionaria. “Es que había unos viejos a los que le tocaba la letra A y otros, la B. Unos ganaban 150.000 y otros, 75.000”.

Cuando llegué al sexto piso, en vez de ir para adelante comencé a irme para atrás. Me tocó comenzar a ir a refugios

En una ocasión le pidieron actualizar su lugar de residencia y fue en ese momento en que le hicieron firmar un papel, supuestamente para surtir el trámite. “Lo que me hicieron firmar hizo que perdiera la mitad de mi subsidio”. Aníbal organizó entonces su primera protesta con la intención de que todos sus coterráneos lo siguieran en su queja, pero se quedó solo en la causa; nadie se arriesgó a perder la totalidad de su subsidio. “Por eso, yo le estoy debiendo a mucha gente. Incluso, a dos o tres amigos que ya murieron. Eso me atormenta”.

Pero esa primera protesta lo convirtió en el hombre que hoy hace parte de la historia de Bogotá: El ‘General Sandúa’, un apodo que se forjó desde el día en que decidió ponerse un vestido rojo y azul y una gorra de plato.

El hombre comenzó a ser reconocido por nacionales y extranjeros porque solía pararse en una calle cualquiera del centro de Bogotá a marchar o a bailar, casi siempre después de entonar algo que sonaba entre poesía y discurso político. Poco a poco se ganó el cariño, incluso el de las hermanas de Calcuta, lugar en donde nunca le faltó un plato de comida.

General Sandúa

La administración del alcalde Enrique Peñalosa le dio albergue y cuidado en el Centro de Portección  El Bosque de la carrera 69 n.º 47-87.

Foto:

Carlos Ortega

Claro, hubo un día cumbre en el que el general se apoderó aún más de su nuevo rol. Fue durante un desfile organizado por Fanny Mikey en el que varios artistas salieron con sus vestimentas a invitar a la gente al teatro. “Ese día, yo me metí entre los actores y me la pasé pavoneándome con una bandera de Colombia”.

Ese día también, los organizadores lo intentaron sacar a la fuerza hasta que un participante le dijo: “viejito, usted es lo mejor de esta fiesta, no les pare bolas a esos hijueputas”. Entonces el general siguió ostentando su bandera mientras lo aplaudían como nunca y se tomaban fotos con él.

En un desfile organizado por Fanny Mikey  yo me metí entre los actores y me la pasé pavoneándome con una bandera de Colombia

Otra causa hizo famoso al ‘general’: su apoyo incondicional a Gustavo Petro. Lo quiso desde que le contaron que le gustaba ayudar a los pobres y que iba a crear unos hogares en donde los abuelos podían vivir con sus parejas. Sin pruebas pero con fe decidió hacerle propaganda desde que estuvo como contrincante a la presidencia con Juan Manuel Santos. “¡Petro presidente!, ¡Petro sí!, menos Juan Manuel mentira!” A partir de ese momento, el general Sandúa se dedicó a hablar mal de cualquiera que fuera en contra de su político favorito. “El padrecito que me ayuda sabe y le decía a la gente que no me hablaran mal de él. Cuando en la Alcaldía lo querían sacar, yo desfilé por la carrera 7.ª”. Gritaba: “¡Ignorantes! ¿Por qué queréis sacar al doctor Petro? ¿Porque se mete a las oficinas a sacar los ladrones de corbata y corbatín? ¡Viva el doctor Petro!”.

Por todo eso, un mural, más una participación en la novela de Diomedes Díaz, este abuelo llegó a ser reconocido, incluso, en el extranjero. “A mí me conocen hasta en Alemania”, dice recordando a los turistas que le pedían sacarse una foto con él.

Esos son los recuerdos de sus horas de gloria; otros, los de sus pesares. Cuenta, por ejemplo, que no siempre durmió en la calle. Solía pernoctar en pagadiarios hasta que se cansó de ellos por antihigiénicos y porque muchas veces le robaron. “Les cogí antipatía. La estadía en esos cuchitriles me valió más de lo que tenía puesto, así fuera solo mugre. A mí me daban ganas de vomitar. Por eso me fui a dormir a las afueras de Citytv, en el centro. Además, ahí me ahorraba la comida y la dormida”.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que “un par de viejas lambonas”, dice, pusieran la queja para sacarlo de allí y lo terminaran llevando a otro albergue. “Pero allá también me fue mal. Lo que más me indignó fue un día que me dijeron que yo olía a popó y me querían coger a la brava para bañarme. Me tocó llamar al padre para que me sacara de allá”.

Les cogí antipatía. La estadía en esos cuchitriles me valió más de lo que tenía puesto, así fuera solo mugre. A mí me daban ganas de vomitar

Los albergues no eran para ‘el general’. Lo saca de quicio que le quiten sus pertenencias y se las refundan. “Mire, mija, lo que uno lleva a esos lugares no vuelve a aparecer ¡nunca! Si le quitan un pantalón, al otro día le traen uno más ancho o uno más feo. Le cambian a uno la ropa”.

Pese a que se la pasó refunfuñando y quejándose de su paso por los pagadiarios y algunos hospedajes religiosos, reconoce que no todos los días fueron de gloria en la calle. El frío y los aguaceros lo hicieron pasar noches de pesadilla. “Fue duro, me provocaba salir corriendo para Medellín”.

El ‘General Sandúa’ ha ido perdiendo prendas de su ajuar. Sombreros, botones, anillos, y hasta las cintas de su bastón de mando se han ido desapareciendo en los últimos años de su vida. “Tengo una gorra a la que le quiero poner un escudo de Colombia. Ojalá alguien me lo regale”.

Mire, mija, lo que uno lleva a esos lugares no vuelve a aparecer ¡nunca! Si le quitan un pantalón, al otro día le traen uno más ancho o uno más feo. Le cambian a uno la ropa

A propósito, ese bastón de mando tiene su historia. Se lo ganó el día en que la guardia indígena viajó hasta Bogotá a marchar para reclamarle al gobierno de turno el olvido del Estado. “Ellos venían a pedirle al Presidente semillitas para sembrar. Yo me metí a ayudarlos y a gritar: ¡Los señores indígenas llegaron aquí primero que los españoles!, ¡merecen admiración, respeto y ayuda!”

Así se ganó no solo unos cuantos tragos de “chichita” sino que los indígenas le regalaron un bastón de mando adornado de cintas de varios colores. Con ese carisma se ganaba el cariño de cuantos cruzaran unas palabras con él. Incluso, los Ángeles Azules de la administración de Enrique Peñalosa le celebraron los 91 años de vida en la plaza de Bolívar. Otros que nunca lo han abandonado son los estudiantes de las universidades. Ellos le toman fotos para practicar lo aprendido y al final siempre le dejan monedas o un billetico dentro de sus bolsillos.

General Sandúa

EL TIEMPO corroboró que el general Sandúa aún sigue durmiendo en el hogar del Distrito.

Foto:

Carlos Ortega

El ‘General Sandúa’, junto con la Loca Margarita, Pomponio o Goyeneche ya tiene una estrella en el pavimento de la memoria capitalina. También sus discursos, algunos de los cuales quedaron como testigos de lo que acontecía en la fría ciudad de Bogotá. Otra es la historia de sus penas de viejo, esas quedarán en el olvido, como la de otros miles.

Cansado de tanta preguntadera nos regaló unos versos más: “La plata no es que se acabe, contándola, no más contándola. A los hijos del Gobierno en las uñas se le va pegando, se les va pegando”. “Del Palacio de Nariño salió un Satanás pero ni muerto lo quiero ver, solo en los infiernos arder”. “Entre los ricos y los gobernantes, los últimos van a morir. No se irán derechito al cielo porque no todos en los infiernos van a caber”.

No le teme a la muerte, a sus 91 años dice que ya se siente cansado. Solo quiere asegurarse de que ese día lo acompañe el padrecito que tanto lo ayudó, que este le ponga un vestido de San Francisco y el crucifijo bendecido que le dio de regalo en el pecho y que lo recuerden con una frase célebre que escuchó alguna vez y que nunca se le borró del disco duro de su memoria: ‘Vale mucho más una persona que intenta algo aun cuando no lo consiga que la persona que no intenta nada’.

Vale mucho más una persona que intenta algo aun cuando no lo consiga que la persona que no intenta nada

Especial 'Abuelos'

*Las personas con 65 años y más representan el 6,7% de los habitantes de Bogotá. La ciudad tiene una tendencia hacia el envejecimiento. Este especial llamado ‘Abuelos’ da cuenta, a través de datos y varias historias, cómo se vive esta etapa de la vida en la capital. Una reflexión que sin duda, nos servirá a todos.

CAROL MALAVER
Subeditora sección Bogotá
Escríbanos a carmal@el tiempo.com
En Twitter: @CarolMalaver

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