‘Investigué a mi hijo y descubrí que era un jíbaro’

‘Investigué a mi hijo y descubrí que era un jíbaro’

Madre desesperada autorizó una intervención a su hijo tras darse cuenta de que era un expendedor.

‘Investigué a mi hijo y descubrí que era un jíbaro’

Marcela, la madre de Kevin, decidió contar su experiencia para que otras mamás sepan detectar a tiempo los cambios en sus hijos.

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Carlos Ortega

Por: Bogotá
28 de agosto 2019 , 07:51 a.m.

*Marcela hace parte de una familia promedio, como ella lo explica: trabajadora, honesta y de las que suben peldaños con ayuda de créditos con los bancos porque, dice, eso de pedirles prestado a los conocidos no es lo suyo. 

Hoy tiene 49 años y no trabaja, aunque por mucho tiempo fue técnica administrativa y financiera mientras que su esposo, como ingeniero de sistemas, montó un negocio en el barrio. “Tengo un hijo y una hija. Nuestros amores”.

Pero esta es la historia de su hijo, *Kevin, un niño común y corriente, cuidado por su abuela materna y para nada rebelde, más bien llorón. “Nunca tuvo problemas en el colegio. No peleas, no pandillas, no quejas”, contó su madre.

Tan es así que ella solo recuerda un episodio de rebeldía. “Cuando tenía 12 años, nos dijo que iba a dejar de estudiar y que se iba a volver campesino. Decía que ellos ganaban mucha plata. Me puse furiosa, lo castigué y le dije que se fuera de la casa. Lloró, pero al día siguiente se fue a estudiar y no pasó nada más. Es que nunca nos ha faltado nada; lo poco que tenemos lo hemos logrado con mucho esfuerzo”.

Kevin cursó sus estudios de primaria y bachillerato entre colegios públicos y privados. “Se graduó cuando tenía 17 años. Nunca fue el mejor, pero tampoco perdió ningún año”.

Tuvo tres amigos a quienes su familia conocía, y ellos entraban a su casa con permiso de sus padres. “Yo prefería tenerlos en la casa y no en la calle. Eran muchachos buenos, que nunca se metieron en problemas y fueron saliendo del país. Por eso, luego, él me pidió lo mismo: irse a Inglaterra a estudiar”.

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Nunca tuvo problemas en el colegio. No peleas, no pandillas, no quejas

Marcela pidió créditos en los bancos y así, con mucho esfuerzo, le ayudó a su hijo a cumplir su sueño. “Estudió inglés, consiguió trabajo y tenía una vida social activa. Iba a conciertos, salía a comer y a pasear”. Ella cuenta que frecuentaba amigos con una buena posición económica y pues eso reventó el bolsillo de sus padres; entonces, no quedó otra opción que pedirle que consiguiera un trabajo para subsanar sus gastos en el país europeo.

Estando allá, su hijo le confió a Marcela que en un concierto le habían ofrecido droga, pero que, aunque la había probado, no le había gustado. “Como tuvo la confianza de contarme, yo me sentí tranquila, le hablé mucho y pues tuve que aceptar que sus amigos eran niños bien para los que drogarse era algo normal”. Cuando Kevin regresó al país lo hizo con un mejor inglés, plata en el bolsillo producto de dos trabajos y hasta le llevó mariachis y flores a su madre.

‘Investigué a mi hijo y descubrí que era un jíbaro’

Marcela decidió contratar a unos investigadores para atar los cabos.

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Carlos Ortega

Pero en Bogotá, cuenta Marcela, comenzó la batalla. El joven llegó con la idea de trabajar mientras reunía algo de dinero para estudiar la carrera que más le llamaba la atención: psicología. “Al comienzo estuve de acuerdo. Le dije que yo le recibía su sueldo mensual para ahorrarlo y que él tuviera por lo menos lo de dos semestres de universidad, pues aquí en la casa tenía comida, servicios, lo necesario para vivir”.

Y así fue. Kevin consiguió trabajo en un call center y cumplió su promesa de ahorrar su sueldo. El problema es que pasaron años sin que tomara la decisión de comenzar una carrera profesional. “Un día me puse brava, le dije que ya se estaba volviendo viejo. Él solo me decía: 'tranquila, ma', tranquila' ”.

Ya tenía unos 25 años cuando, para apaciguar la cantaleta de su madre, Kevin le dijo que quería estudiar inglés para reforzar lo aprendido en el exterior, además con la excusa de que la empresa para la que trabajaba se lo estaba exigiendo. “Entonces se metió a estudiar idiomas en un instituto, y lo de la carrera volvió a quedar estancado”.

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Otras actitudes comenzaron a inquietar a Marcela. Su hijo salía sin decir a dónde, llegaba tipo 11 de la noche, siempre cansado, con pocos deseos de hablar y de comer y directo a dormir a su cuarto con un simple buenas noches.

“Eso sí, nunca fue grosero conmigo, pero me extrañaba que me diera todo el sueldo sin chistar. Yo le decía que dejara para los buses; él respondía que en la empresa le daban bonificaciones”.

Su mamá le preguntó que qué le pasaba, si tenía novia, si estaba tomando de más. “Pero él me decía que no. Que trabajaba mucho y que, simplemente, estaba cansado. Yo ya estaba intranquila”.

‘Investigué a mi hijo y descubrí que era un jíbaro’

Cada vez que su hijo salía a la calle, Marcela se angustiaba pensando en los malos pasos en los que andaba.

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Carlos Ortega

Un día Marcela planeó decirle a su hijo que se despidiera de beso, con cariño hacia su mamá. “Venga, hijito, deme un abrazo, consiéntame como cuando era pequeñito, ¿es que ya no me quiere? Lo hice para poder olerlo y efectivamente percibí algo raro y tenía los ojos rojos. Le pregunté que si estaba fumando, pero él lo negó”.

Así, con esa incertidumbre, Marcela se propuso descubrir lo que le estaba pasando a su hijo, así tuviera que seguirle los pasos. “Un día lo vi reunirse con un grupo de muchachos. Lo primero sospechoso es que no eran los mismos de siempre, los que yo conocía”. Cuando regresó a su casa le dijo a su madre que estaba con su amigo ‘el negro’, pero claramente estaba mintiendo.

Lo siguiente que hizo Marcela fue corroborar si su hijo iba a trabajar a la empresa. “Oh sorpresa. Yo llegué en un taxi y él nunca arribó a trabajar. Me regresé para la casa y, nuevamente, salí a esperarlo a la salida. Tampoco. No tuve otra opción que contarle a mi esposo que algo raro pasaba. Le dije que no se fuera a alborotar, que había que actuar con cautela”. Y esa noche:

Venga, hijito, deme un abrazo, consiéntame como cuando era pequeñito, es que ya no me quiere. Lo hice para poder olerlo y efectivamente percibí algo raro y tenía los ojos rojos

-Hola, hijo, ¿cómo le fue en el trabajo?
-Bien, bien ma.
-¿Qué tal?
-Bien, bien.
-Ah, bueno, ¿mucho trabajo?
-¡Uy, sí, ma! Hoy nos tocó duro.

Marcela sentía una tristeza indescriptible cada vez que se daba cuenta de que su hijo le mentía. Ahora, ella tenía que investigar si tampoco asistía al instituto de enseñanza del inglés, como se lo había asegurado.

Yo me fui para allá y sí, yo lo vi que entró. Esperé dos horas en la cafetería, lo vi entrar con mucha gente, pero nada más. Luego me fui para la casa a esperarlo y llegó muy callado, solo diciendo que tenía hambre”.

Marcela dice que todas las noches lloraba, pero que tenía que disimular para no despertar sospechas. Su hijo se había convertido en un joven huraño que había dejado atrás las demostraciones de afecto.

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Decidida a saberlo todo, Marcela buscó ayuda en internet y, por cosas del azar, terminó encontrando los servicios Asesores IP,  que ofrecían unos investigadores privados. “Yo no sabía que en Colombia existían los detectives. Llamé, me contestó un señor, y yo no sabía ni cómo hablarle. ¿Usted solo sigue parejas o novios? ¿Cómo es eso? Y él me dijo: ‘lo que usted necesite’. Le dije, al grano, necesito que usted siga a mi hijo, es un muchacho y tengo sospechas de que está metiendo marihuana. Él me contestó: ‘tranquila, citémonos y hablamos del tema’ ”.

Tres días después se encontraron. Marcela les entregó unas cuantas fotos, alguna información y los detectives se comprometieron a regresar con pruebas en la mano. Eso sucedió tan solo tres días después.

La revelación

“Siéntese y respire profundo, señora; tenemos varias cositas que contarle”. Marcela temblaba. Lo primero que le revelaron los detectives fue que su hijo no trabajaba en el call center. Luego, le mostraron fotos en las cuales Kevin aparecía frecuentando a un grupo específico de hombres que no hacían parte de su grupo de amigos.

Los hombres eran pausados al hablar. Lo tercero que le demostraron era que su hijo sí era consumidor, pero que no era un adicto; es decir, lo hacía de forma esporádica. “Ese fue un golpe durísimo. Pensé que de ahí a volverse adicto había un solo paso”.

Y cuando Marcela pensó que ya todo estaba al descubierto, uno de los detectives remató: ¿Está preparada para saber la parte más dura de la historia? Ella respondió balbuceando que sí. Luego vino otra pregunta: ¿Usted no le ha visto mucha plata a su hijo?

Entonces, en su cabeza se abrió un telón y ella entendió por qué su hijo le entregaba toda su quincena sin chistar. “¡Hablen! ¡Hablen!”, les dijo algo desesperada por la parsimonia de los investigadores.

-Su hijo es un distribuidor de droga.
-¿Mi hijo es un jíbaro? ¡No puede ser! Pero ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?

Marcela entró en shock, pues además los investigadores tenían pruebas, videos de su hijo entregando mercancía en pequeños paquetes en el centro y en algunos sectores de las localidades de Teusaquillo y Chapinero, así como del joven caminando al lado de un hombre extraño a quien le entrega el dinero. “Yo lloraba, temblaba, quería correr, gritar. Entré en crisis, en locura. Qué desilusión saber que mi hijo estaba acabando con la vida de jóvenes y sus familias. Nosotros nunca hemos sido gente con esas mañas”. La plata fácil transformó al joven. Lo alejó de sus seres queridos, del estudio, de sus sueños.

Marcela pensó en entregarlo a la policía, pero ella sabía que en una cárcel no habría resocialización y, en cambio, saldría peor y conocería a peores delincuentes.

Viendo a la mujer en crisis, los investigadores le hablaron de una posible solución que solo se podría dar si ella colaboraba. Se trataba de una especie de ‘intervención’ que concluiría con el tratamiento psicológico del joven en un centro especializado. “Mire, él se puede salvar, pero necesitamos que él hable para que usted se dé cuenta de que no es un montaje de nosotros”, le dijo el investigador.

Lo siguiente fue la forma como eso tendría que suceder y eso sí parecía sacado de una película. “Me dijeron que ellos iban a entrar a mi casa, a pegarle patadas a mi puerta, que le iban a gritar cosas y a presionar para que confesara dónde estaba la droga. Y que no me fuera a asustar si lo amenazaban con golpearlo”.

¿Y usted qué dijo?, le pregunté. Marcela respondió que sí, que con ella es todo o nada, porque no iba a permitir que su único hijo varón se convirtiera en un peor ser humano. “Cuando le conté todo a mi esposo, él se puso a llorar, rojo, casi le da un infarto. Al final me dijo que pidiéramos un préstamo y que procediéramos. No íbamos a aceptar a un delincuente”.

Yo lloraba, temblaba, quería correr, gritar. Entré en crisis, en locura. Qué desilusión saber que mi hijo estaba acabando con la vida de jóvenes y sus familias. Nunca hemos sido  gente con esas mañas

La intervención

Todo sucedió un miércoles. Marcela y su esposo se acostaron a descansar, como lo hacían todos los días. Luego llegó su hijo y, como siempre, entró a su habitación. A eso de la 1 de la mañana golpearon la puerta de forma estruendosa. “Lo recuerdo y me da taquicardia”, dijo Marcela mientras describe el episodio.

La pareja de esposos reaccionó, sabían quiénes eran, decían duro: ¿Pero quién será a estas horas? Abrieron la puerta y al instante dos hombres entraron como fieras gritando: ¿Dónde está Kevin? ¿Dónde está? ¡Díganos! ¡Díganos! Sabemos que acá vive, ¡no lo oculten!

Marcela, a pesar de que sabía que todo era un montaje, dice que actuaron de forma tan real que ella y su esposo se pusieron a llorar. “Casi la embarro, estuve a punto de decirles que mejor dejaran así, pero algo pasó y me contuve. Seguimos con la actuación preguntándoles que quiénes eran, que qué había pasado, esconder a quién”.

Casi la embarro, estuve a punto de decirles que mejor dejaran así, pero algo pasó y me contuve. Seguimos con la actuación, preguntándoles que quiénes eran, que qué había pasado, esconder a quién

Luego, los supuestos intrusos entraron a la habitación de Kevin, lo revolcaron por completo. Luego tiraron al joven al piso mientras temblaba de miedo. “Yo en mi vida había estado tan asustada. Yo veo una pelea de borrachos en la calle y me angustio”.

-Hijo, ¿qué hiciste? ¿Qué hiciste?, le gritaba Marcela al joven y, además, era lo que los investigadores le habían pedido que dijera.

Marcela le dio una cachetada a su hijo, le preguntó en qué se había metido, y en ese momento los extraños gritaron: "su hijo es un traficante de droga y queremos saber en dónde tiene la mercancía, dónde tiene los millones". Pero mientras eso pasaba, le dieron un par de patadas y lo amenazaban con un revólver.

Kevin los miraba con terror, más aún cuando los intrusos les dijeron a sus padres que solo habría una forma para que se quedaran callados y no se llevaran al joven. “Los tipos nos dijeron que les diéramos 50 millones de pesos. Y pues nosotros seguíamos actuando: ¿¡Están locos!, nosotros de dónde, no tenemos plata' ”.

Su hijo es un traficante de droga y queremos saber en dónde tiene la mercancía, dónde tiene los millones

Cuando eso pasó, los hombres le pegaron dos cachazos a Kevin en la cabeza, suaves, y en ese momento se orinó. “Ahí yo me arrodillé, lloré, les dije que no se lo llevaran”, contó Marcela. En medio del llanto de sus padres, el joven gritó: “Mamá, perdóneme”. Kevin aceptó todo.

Luego, la pareja simuló meter un dinero dentro de una maleta mientras los detectives le gritaban: ¡zángano, narcotraficante!. ¿A usted no le da dolor con su mamá? ¡Mire a su mamá, dele pesar! “Eso lo trataban terrible, terrible”, contó Marcela.

Cuando los hombres tenían la valija entre sus manos miraron a Kevin a los ojos y le dijeron: “Si nosotros lo volvemos a ver en Chapinero, Teusaquillo o en el centro, usted y su familia se mueren. Si no se guarda en un centro de rehabilitación y deja de jugar al malo, volvemos por usted”. Kevin solo contestó: “¡Yo le juró que no! ¡Yo le juró que no!'. Mamá, papá, yo hago lo que ustedes me digan”.

Luego de semejante escena se sintió algo de calma, solo se escuchaba el llanto del joven y su familia, a pesar del montaje; el dolor de todos era real. “Mi hijo quedó totalmente convencido de que esos hombres se lo iban a llevar. Nunca sospechó. Hasta el día de hoy no sabe que todo fue un montaje”.

Si nosotros lo volvemos a ver vendiendo droga, se mueren. Si no se guarda en un centro de rehabilitación y deja de jugar al malo, volvemos por usted

Días después, Kevin ingresó a un tratamiento psicológico. La familia tuvo que cambiar de domicilio, desaparecer por un tiempo, cambiar a su hija de colegio, todo con tal de no sufrir las retaliaciones de las personas que habían metido a su hijo en el negocio ilícito en tan solo cuatro meses.

La pregunta es ¿por qué de esa forma? Marcela dice que aunque la manera que escogió para sacar a su hijo del limbo fue drástica, ella lo prefirió por encima de una cárcel, que en Colombia no es garantía de rehabilitación.

“Es mi hijo, a mí me dolió tenerlo, criarlo. Las personas fallan y se dejan llevar por el dinero, pero yo lo salvé y hoy es un muchacho de bien. Las mamás tenemos un compromiso social con nuestros hijos: evitar que se autodestruyan o que destruyan a los demás, con amor, ejemplo y disciplina”.

CAROL MALAVER
SUBEDITORA SECCIÓN BOGOTÁ DE EL TIEMPO
Escríbanos a carmal@eltiempo.com
*Nombres cambiados por solicitud de los protagonistas.

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