Conmovedor homenaje de la familia de la recreadora del IDRD asesinada

Conmovedor homenaje de la familia de la recreadora del IDRD asesinada

La historia detrás de Diana Gómez, cuyo presunto asesino fue capturado. Su familia la recuerda.

¿Quién era la recreadora del IDRD que asesinaron por robarle la bicicleta?Aquí contamos la historia de Diana Patricia Gómez Soa quien fue asesinada el pasado 20 de octubre por robarle la bicicleta. Familiares y amigos cuentan quién era.
Diana Patricia Gómez, de 36 años. Trabajaba en el IDRD.

Cortesía IDRD

Por: Ana María Montoya Zorro- Especial para EL TIEMPO
17 de octubre 2018 , 06:59 a.m.

El homicida desenfundó su arma y con un disparo en el pecho le arrebató la vida. Aunque corrieron para salvar a Diana Patricia Gómez Soa, era demasiado tarde. Mientras moría, el asesino huía de la escena en la bicicleta que le había acabado de robar. Ese jueves, 20 de septiembre, una cicla valió más que una vida.

36 años atrás, Luz Marina Soa llegaba al hospital Universitario San Juan de Dios a dar a luz a su primera hija, “mi tesoro más anhelado”, recuerda con nostalgia. Era la madrugada del 29 de abril de 1982, cuando Diana nació entre la felicidad de unos padres primerizos. “Era una niña viva, traviesa, nunca se quedaba quieta”, afirma su mamá con la voz quebrada.

Esa niña de cabello crespo y mejillas rosadas se ganó el amor de su familia y de sus vecinos. ‘La avispa’ y ‘el terremoto’, como le decían a la pequeña, jugaba por todas partes, siempre fue la alegría del barrio José Antonio Galán. Su madre recuerda las travesuras: “Cuando tenía seis años se perdió, todo el barrio la buscaba, yo desesperada llorando; al final la encontramos en un puente que acababan de construir, estaba impresionada viendo los carros desde arriba”, cuenta Luz Marina, entre lágrimas y risas.

“No tenemos plata, pero tenemos amor”, advierte la madre; sus paseos más felices fueron a la finca del abuelo en Mesitas del Colegio. John Alberto, hermano de Diana, la ve de niña corriendo entre cafetales, recogiendo granos y trepando árboles para cosechar naranjas: “Con ella disfrutábamos los momentos sencillos”.

A sus hermanos les quedaron los recuerdos de las fiestas decembrinas; su abuelo escuchaba la emisora Radio Recuerdos, y Diana jugaba al noticiero, los ponía a presentar canciones, a hablar con los oyentes y hasta a cantar. Cuando crecieron ella se convirtió en el alma de la fiesta.

Diana Patricia era aplicada y muy buena en matemáticas, aunque pasó de colegio en colegio por su disciplina, los profesores no se aguantaban ‘al terremoto’. Se graduó en el Colegio San José (Kennedy) y empezó una vida dedicada al servicio social. Hizo parte del grupo ACS (Acción y Concientización Social) de la Policía, la Cruz Roja, la Fuerza Civil, la Junta de Acción Comunal y fue líder de catequesis, ahí conoció al padre de sus dos hijos.

Cristián Antonio Tomalá Gómez nació en 1999, cuando ella tenía 16 años. Era el consentido y le espantaba “las malas mujeres”, comenta él. En medio de las lágrimas cuenta que el día anterior al asesinato de su mamá, la acompañó a realizar un trámite. Confiesa que el tiempo de espera fue largo, pero hoy quisiera que la fila hubiera sido eterna.

En el 2003 llegó ‘Dianita chiquita’, Angy Tomalá Gómez. Tiene los mismos crespos de su madre y le heredó la alegría. Angy acompañaba a Diana, la llevaba al trabajo y hasta a las reuniones con amigos; le enseñó a bailar, a hacer manualidades y a servir a los demás. “No importa lo que uno reciba, uno siempre tiene que dar”, le decía.

HIJOS DE DIANA

Angy Tomalá, Cristian Tomalá y Diana Gómez.

Foto:

Cortesía Familia Gómez Soa

Luz Marina, madre de Diana, enterró un pedazo de su corazón cuando mataron a su hija. Se llevaron su tesoro más preciado, ya no vive con alegría. A Diana le encantaba la pasta con atún y mayonesa, su mamá nunca entendió el porqué: añora poderla ver comiendo.

Diana Patricia estudió Deportes y Alto Rendimiento en el SENA, trabajaba desde hace dos años como recreadora del Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD). Había comprado su bicicleta seis meses atrás. En ella iba desde el barrio José Antonio Galán (Bosa) hasta su trabajo en San Cristóbal. En uno de esos recorridos fue atacada por el hombre que a sangre fría la mató.Todos los sueños se destruyeron ese jueves a las 12:40 del mediodía, dejando pendiente una de las citas más importantes de su vida...

Amor interrumpido

A Diana el amor la encontró jugando billar, uno de sus planes favoritos. Una tarde de amigos entre risas, tacos y tiza le dio el primer beso al hombre con quien compartiría un futuro de amor y sueños, Jocimar Bornacelly. Iba a ser su esposo. Acongojado y con la mirada perdida intenta detener las lágrimas.

Recuerda ese primer beso, que fue robado. Diana, con la astucia que la caracterizaba, se abalanzó y lo besó. Algunas citas después se volvieron novios.

Pasaron los meses y un día Diana citó a Jocimar en la estación Banderas de TransMilenio. Allí, sin previo aviso y haciendo honor a su expresividad, sacó dos anillos de su bolsillo y los puso en la mano de él. Sorprendido, Jocimar solo pudo decir “casémonos”.

Ese mismo día empezaron los planes. Antes de ser novios habían compartido jornadas limpiando parques, llevando comida a los habitantes de calle, donando ropa y recreando niños vulnerables. Eso los unió.

“Todo se quedó en planes, ese fue nuestro matrimonio”. Querían casarse por la iglesia y Diana soñaba con caminar hacia el altar con un vestido blanco.

Diana tenía planes para el 21 de septiembre, pero no lo logró. Ese viernes iría a ver su vestido en compañía de su madrina. Además, escogerían el pastel de bodas, las velas, los colores y la decoración. Nunca llegó. En cambio, ese viernes el cuerpo de Diana fue velado en la funeraria Jardines del Apogeo.

A Jocimar todo le parece mentira. El idilio de amor se apagó con el ruido de un disparo, la boda quedó en preparativos, el vestido se quedó en la vitrina y no hubo final feliz. El 17 de noviembre de sonaría la marcha nupcial, ahora solo se escucharán lamentos.

Un amor interrumpido

Jocimar Bornacelly y Diana Gómez disfrutaban jugando billar, en medio de una partida fue su primer beso.

Foto:

Cortesía Claudia Rodríguez

Ella dejó el recuerdo de sus bailes y carisma. Todos le agradecen algo, como Claudia Patricia Rodríguez, su amiga: “ella me enseñó a vivir”, y fue su compañera de batalla en una lucha contra el cáncer; en sus peores momentos estuvo ahí, incluso cuando la muerte acechaba.

Era la primera en decir “buenos días” por el grupo de WhatsApp de amigos. Sus notas de voz eran largas y hasta cantaba. Reía y deseaba buenos días. Le encantaba tomarse fotos y compartirlas con sus amigos, era la que llenaba las memorias de los celulares y la molestaban por eso. Helena Rodríguez le decía “esas fotos van a romperme la pantalla del celular de lo feas”. Hoy, menos de un mes después de su muerte, extraña esas imágenes: “Aunque fueran feas quisiera verlas ahí, pero ya no llegan”, dice llorando.

La noche anterior a su asesinato padeció insomnio. No paró de enviar mensajes hasta las 2:30 de la madrugada del 20 de septiembre; la regañaron y la mandaron a dormir, sin saber que tan solo horas después un delincuente apagaría su risa contagiosa.

Triste despedida

Las respuestas llegaron pero ya no había quién las leyera al otro lado del teléfono. En la mañana Diana habló con Jocimar, la conversación de siempre, el resumen de las actividades del día, le contó de la recreación que realizaría en San Cristóbal y quedaron en “hablar más tarde”.

Angy salió para el colegio, Cristián fue a hacer sus tareas en un curso de inglés, Miguel Ángel, John y Ana María, hermanos de Diana, salieron a sus trabajos. Su papá, José Germán Martínez, también se fue a trabajar y aunque era costumbre que Luz Marina lo acompañara, ese día no fue así, no se sentía bien. En su inconsciente presentía algo.

Dicen que las mamás tienen un sexto sentido, una percepción premonitoria. Hoy, Luz Marina Soa entiende esa sensación extraña, esa incomodidad que le impidió escuchar música mientras organizaba la casa, la misma que no la dejó salir tranquila a acompañar a su esposo al trabajo.

Diana salió al mediodía de la Institución Educativa Villas del progreso (Sede C). Allí había trabajado desde las diez de la mañana; a la una de la tarde asumiría su segundo turno en el colegio José Francisco Socarras, donde haría una recreación con niños de 4 y 5 años.

El recorrido parecía normal, pedaleaba como cualquier día, y aunque su bici no era de marca, le funcionaba perfectamente para desplazarse.

Llevaba cuarenta minutos de trayecto, estaba a siete cuadras de su destino, iba a la altura del barrio Las Margaritas III (Bosa). Justo en la carrera 89 bis A con calle 63 sur, dos hombres la interceptaron: querían robarle.

La amenazaron y opuso resistencia, decidida, quería soltar su bicicleta. Fue ahí cuando uno sacó el arma que llevaba escondida: le apuntó al corazón y disparó…

Diana Patricia Gómez fue asesinada por robarle su bicicleta

Diana había comprado su bicicleta apenas seis meses antes de su asesinato.

Foto:

Cortesía Familia Gómez Soa

Quienes fueron testigos trataron de auxiliarla, yacía en el piso. La Policía llegó y en una carrera contra el tiempo la llevaron en patrulla hasta el Centro de Atención Médica Inmediata de Bosa. Arribó sin signos vitales.

La primera en enterarse fue su mamá. Estaba en su casa haciendo los oficios cotidianos cuando sintió un golpe fuerte en la puerta, salió pero no había nadie, no entendió nada y ahí le timbró el celular: “A Diana le pegaron un tiro”, dijo la voz. Salió corriendo al CAMI.

A Cristián también lo llamaron: “A tu mamá le pegaron un tiro por robarle la cicla”. Al principio no lo creyó, pero una llamada de su abuela confirmó la noticia. Angy estaba en su colegio, la sacaron de clase. No sabían que había muerto.

“Llegó sin signos vitales”, les dijeron en el centro asistencial. Cristián abrazó a su abuela. Angy rompió en llanto.

Los trámites para el funeral los hicieron sin poder creer lo ocurrido. A Diana la rodeada de flores y coronas, carteles afectuosos con mensajes de despedida y homenajes.

El último adiós fue entre bicicletas y globos blancos que se fueron al cielo, como ella. Mirando hacia arriba, familia, amigos, compañeros de trabajo y muchas personas más la despidieron con el corazón conmovido, una sensación de impotencia ante un crimen atroz.

Ana María Montoya Zorro 
Especial para EL TIEMPO​En Twitter: @Lacrespaana

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