Alexánder halló en la danza la salida al consumo de drogas

Alexánder halló en la danza la salida al consumo de drogas

Pertenece a la compañía de baile Habitarte. Su adicción duró 22 años y decidió cambiar su vida.

Alexánder halló en la danza la salida al consumo de drogas

Este montaje expresó el renacimiento de los miembros de Habitarte, compañía de danza de exhabitantes de la calle.

Foto:

Diana Sánchez / Secretaría de Integración Social

Por: Michael Cruz Roa
20 de agosto 2018 , 11:07 a.m.

En la tarima del teatro, una tela blanca se extendió de manera vertical: representaba un útero. Detrás del pendón, diez caras se asomaban. Un hueco se abrió en el medio y uno a uno comenzaron a salir los bailarines de la compañía Habitarte. Todos fueron consumidores de drogas y vivieron en la calle, y así representaban su renacer.

Este era uno de los dos números que en junio de este año presentaron en el Segundo Festival de Intercentros, que organiza la Alcaldía de Bogotá y en el que se reúnen personas que están llevando un proceso de resocialización y que vieron en el arte una salida. Alexánder Taffur es uno de ellos.

A la danza profesional llegó por accidente. Su novia, de 21 años, dominaba las pistas de las discotecas a las que salían, cuando comenzaba a sonar bachata, baile que surgió en República Dominicana. Alexánder solo la miraba. No tenía ni idea de cómo moverse.

En septiembre del año pasado, y tras habitar la calle, entró a un centro de la Secretaría de Integración Social porque, según él, ya había tocado fondo. Allí encontró las clases de baile que le sanaron su alma.

La caída

Cuando tenía cuatro años, Milton Taffur, el padre de Alexánder, se divorció de su esposa. “Mi mamá nos abandonó y mi papá se encargó de criarnos a mí y a mi hermano pequeño. Es un hombre de admirar. Con su taller de máquinas nos dio estudio y comida. Vivíamos en Bosa La Despensa, en el sur de Bogotá”, recuerda Alexánder, de 39 años, mientras está en el centro Comunidad de Vida El Camino, donde culmina su proceso de resocialización. A los 17, en el colegio, conoció el cigarrillo, porque le ofrecieron. De ahí pasó a la marihuana y al bazuco.

Consumía por ahí cada 15 días, para que mi papá no se diera cuenta. Me escapaba, y me reunía con gente, para echarme un ploncito”, dice.

Su padre, Milton, tiene hoy 62 años y no alcanzan las palabras para describir todo lo que ha hecho por Alexánder. “Recién comenzó a consumir, venían los vecinos del barrio a decirme que lo veían mal parqueado. Él me lo negaba”, recuerda.

Milton creyó que esto no les pasaría, pues cuando su hijo estaba entrando a la adolescencia, le hizo un recorrido por las ‘ollas’ de Bogotá. Lo paseó por el antiguo Cartucho; lo llevó al ‘Bronx’ y a la calle 26. Todo en el centro de la ciudad. “Nos encontramos unos niños que estaban llevados por el vicio. Recuerdo que le dije que ellos estaban ahí porque no les habían hecho caso a sus papás. Quería que esa imagen se le quedara en la cabeza”, cuenta.

Pero el mensaje no fue claro. El consumo en Alexánder se hizo frecuente. No importaban los golpes ni las charlas. Alexánder negaba seguir en malos pasos, pero dejó su bachillerato, cuando cursaba 8.° grado. Se dedicó a trabajar una temporada, y a los 19 dejó a su novia embarazada. “Cuando me enteré, le dije a mi papá que quería irme a prestar servicio militar. Al regresar, me fui a vivir con mi mujer y mi hija”, relata.

Bailar es más que mover el cuerpo. Va más allá. Hay que liberar y expresar emociones
a través de él, y nos enseña a respetar al otro

Alexánder siempre trabajó, solo consumía en horas libres, y a escondidas de su familia, sobre todo en las épocas en que peleaba con su mujer. En ese ambiente tuvo a su segunda hija, que hoy tiene 16 años.

Su vida amorosa se convirtió en un tormento, y por eso, dice, se refugió en las drogas. Su compañera lo engañó y tuvo dos hijas por fuera de su relación. Entre idas y venidas, él aceptó adoptarlas.

Gracias a las enseñanzas de su papá, trabajó en áreas relacionadas con la confección y con ello se mantuvo durante 18 años, hasta que la relación con la mamá de sus hijas se vino al piso. “Hace cuatro años, un noviembre ella me dijo que no íbamos más, que todo se había acabado. Yo me destruí”, recuerda el hombre.

Ese diciembre recibió la liquidación de su trabajo “y me enloquecí fumando y tomando. En una riña recibí dos disparos, cerca del pecho. Por fortuna no me tocaron ningún órgano vital. Me tocó irme a Medellín”.

En la capital antioqueña lo recibió su mamá. Pero allí dio con otra olla. “Y fue peor. Yo siempre fumaba bazuco mezclado con cigarrillo. Allá lo probé en pipa, que es más dañino y más adictivo. Ahí comencé a vivir el infierno”, dice.

De Medellín tuvo que salir corriendo, porque tuvo problemas con una banda que controlaba el microtráfico en una zona de la ciudad. De nuevo, su papá lo salvó. A la medianoche salió en un bus para Bogotá.

Pese a que Milton lo recibió en su vivienda, comenzaron las mentiras. Alexánder se perdía por días, y cuando regresaba a la casa, le hurtaba cosas para empeñarlas y así conseguir para el vicio. “Tocaba estar pendiente de él como si uno fuera un policía”, cuenta su padre, quien casi pierde su matrimonio por ayudar a su hijo.

A los pocos meses Alexánder conoció a Diana, su actual pareja y quien ama bailar bachata. Al mes se fueron a vivir juntos. Su familia tenía una casa en Cazucá (Soacha). “Desvalijé lo que había. Sacaba cilindros, y cosas de valor; ropa para venderla de segunda, y consumía a escondidas de Diana”.

La joven trabajaba en ventas ambulantes, y rendía cuentas a la dueña de un puesto. Cuando llevaba el dinero a la casa, para contarlo, Alexánder le sacaba de a dos mil o tres mil pesos. “Como vi que ella no se mosqueaba, pasé a sacarle de a 15 o 20 mil”. Por los descuadres, fue despedida. Al ver esta situación, y al saber que estaba afectándola, Alexánder se fue a vivir a la calle.

“En Abastos conseguía comida y se la llevaba a ella, pero estaba consumiendo más. Luego me volví reciclador, y me entregué al vicio. Fue terrible ver cómo decaí. Me paraba en los negocios a mendigar, pero eso sí, nunca robé”, recalca.

Compañía de baile Habitarte

'Alma de tango' es el otro montaje de la compañía Habitarte. Alexánder (der.) es uno de los integrantes con mayor constancia, según sus tutores.

Foto:

Diana Sánchez. Secretaría de Integración Social

“Un día me dio un desaliento tenaz. Me temblaba el cuerpo y no tenía energía. Salí a Abastos a buscar algo de comer, pero las que siempre me daban caldo me lo negaron, quería fumar, pero nadie me botaba monedas. Me sentía terrible y tenía hipotermia”, recuerda.

Era septiembre del 2017, y a la siguiente mañana alguien lo llamó mientras dormía. "Eran los funcionarios de Integración Social, que llamamos Ángeles Azules. Ellos me ayudaron”.

Su temor era que lo encerraran en un lugar y no lo dejaran salir. Para entonces vivía ansioso por drogarse. “Entré a un centro de paso, donde me permitían bañarme, arreglarme y me entregaban la ropa limpia. Luego pasé una temporada allá, pero yo quería un cambio. Hablé con ellos y decidí comenzar un proceso de resocialización”, explica.

La danza

El primer mes quería fumar e irse del centro de paso. “Esto es duro”, recuerda. Entonces, en enero, comenzó a recibir clases de danza.

“Me daba pena, porque yo nunca había bailado sino lo básico, y le pedían a uno moverse. Me decían: ‘Libérese, exprésese, suéltese’. Y yo parecía un tronco. Además, yo pensaba que eso era para maricas, porque tocaba moverse mucho. Me di cuenta de que no era así”.

Los primeros meses no se comunicó con su familia ni con su novia, Diana. “Yo quería hacerlo cuando me sintiera capaz y cuando ellos pudieran ver que era en serio mi rehabilitación”.

Marisol Ariza es una de sus profesoras de baile de la Secretaría de Integración Social, que trabaja en alianza con la Secretaría de Cultura, en la atención de habitantes de calle. Ella le propuso conformar la compañía de danza. Fue la primera vez que él se sentía incluido.

Yo veo un cambio en mi hijo. Cuando va a la casa ya no tengo que esconder las cosas de valor con llave. Está luchando por ganarse nuestra confianza

“Alexánder siempre fue constante y comprometido; en realidad tiene talento y un aire de liderazgo. Pero el trabajo no fue sencillo. Hicimos muchos trabajos de reconocimiento del cuerpo, del respeto por el cuerpo del otro, para sensibilizarlos”, señala la profesional, que guía a la compañía de danza Habitarte, que hoy integran diez personas.

“Les explicamos que bailar no era solo mover el cuerpo. Va más allá, hay que expresar emociones a través de este. Es un proceso liberador para ellos”, explica.

Con disciplina, les enseñaron diferentes ritmos: salsa, merengue, bachata, reguetón, tango y hasta danza contemporánea. De estos dos últimos realizaron los montajes para las presentaciones que han hecho en diferentes escenarios, en Bogotá, este año.

“Algo que los motivó era usar vestuario para bailar. Ellos se veían diferentes a como vivieron durante años. Arreglados, elegantes, y esto los impulsó a seguir”, cuenta la docente.

Ahora, Alexánder intercala sus clases, pues está culminando su bachillerato, con su trabajo en confecciones y la práctica de baile que realiza con la compañía en el centro de la ciudad, la misma zona que ha sido hogar de habitantes de la calle y que le da paso a su resocialización a través del arte.

MICHAEL CRUZ ROA
EL TIEMPO
@M_CruzRoa
miccru@eltiempo.com

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