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La cuarentena más difícil / Voy y vuelvo
Caurentena

A partir de hoy nuevamente la ciudad comienza un nuevo confinamiento.

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César Melgarejo.

Voy y vuelvo

La cuarentena más difícil / Voy y vuelvo

Esta nueva tanda de cuarentenas serán las más difíciles que tengamos que afrontar.

Pueda que algunos no coincidan, pero esta nueva tanda de cuarentenas que estamos viviendo en la ciudad serán las más difíciles que tengamos que afrontar de todas las que hasta ahora ha provocado la pandemia.

Recordemos que hace un año, cuando el virus era novedad e incertidumbre, el encierro nos pareció una medida extrema pero necesaria. Y la aceptamos. Aún no teníamos los registros de contagios y muertes de hoy, pese a que el mundo ya evidenciaba lo terrible que podrían ponerse las cosas. 

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Luego empezamos a notar los efectos nefastos para la economía, en especial para la pequeña y mediana empresa. Más adelante, el devastador panorama de las familias más pobres y vulnerables. Con el correr de los días, todo se volvió una película de terror: hordas de desempleados, cierres de empresas, violencia intrafamiliar, problemas para acceder a la educación virtual, clínicas y hospitales al límite, efectos en la salud mental, quiebras, cese de pagos, etc.

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Entonces el tema dejó de ser eso, novedad e incertidumbre, y pasó a convertirse en calamidad pública. Los gobiernos debieron cambiar sus prioridades para administrar la desgracia y se adoptaron medidas que no daban espera: subsidios, ayudas, días sin IVA, plazos, descuentos y las famosas excepciones para aquellos sectores que, a cambio, evitaran que la ciudad se paralizara y que más personas siguieran perdiendo sus puestos de trabajo.

Desde entonces, nos fuimos acostumbrando, peligrosamente, a hacerles el quite a las restricciones y al autocuidado: fiestas clandestinas, reuniones familiares, paseos, encuentros con amigos, celebraciones y visitas pasaron a ser parte de lo que se llamó la nueva normalidad.

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Ello, como era de esperarse, generó nuevos contagios, nuevos picos y nuevas muertes; volvimos a los encierros, pero ya no generalizados, sino por sectores, por localidades, por UPZ, con pico y cédula, con toques de queda, con más restricciones para ciertas actividades y mayor libertad para otras, en fin, todo en aras de alcanzar el difícil equilibrio entre prevenir el contagio y ayudar a la economía.

Para ser justos, una amplia mayoría de ciudadanos cumplió. O ha cumplido, aplicando conscientemente las medidas de bioseguridad en sus hogares y acatando las normas; también cumplieron los empresarios con mucho esfuerzo.

Al menos una carta de reconocimiento deberían recibir. Cumplieron los niños, niñas y jóvenes que mal que bien se resignaron a recibir clases sin el contacto y la presencia de amigos y profesores, con todo lo que ello significa para su propia formación. Las encuestas de cultura ciudadana, por su parte, hablan del buen uso del tapabocas, de optar por medios de transporte alternativo como la bici y cosas por el estilo.

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Sin embargo, el virus sigue ahí, entre nosotros, como una nube que no se cansa de amenazar con el chaparrón. Ahora cabalgamos sobre un tercer pico, tan letal o más que el de los primeros meses; con una nueva alerta roja, con hospitales al límite, con protestas más sonoras y comerciantes dispuestos a desafiar a la autoridad.

Y la razón para toda esta ola de inconformismo no necesita explicaciones profundas. Era previsible: las cuarentenas tienen cansada a la gente, quizás no a los que cuentan con medios y recursos para soportar meses de encierro, que no son el grueso de la población. A estas alturas, las personas ya conocen del rigor del encierro, quienes vieron una luz de esperanza al comienzo de año, quienes intentaron reactivarse, quienes volvieron a endeudarse para comenzar de nuevo hoy perciben que es injusto lo que pasa, que no pueden volver atrás, que no resisten un día más de aislamiento. En ese grupo se enmarcan los muebleros de la 72, los organizadores de eventos, los restauranteros, los propietarios de pequeño negocios de barrio y cientos de obreros y personas que viven al día. Como decían las abuelas, ‘el palo no está para cucharas’.

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Lo grave de todo este asunto es que trece meses después y tras haber experimentado los rigores de la crisis sanitaria, muchos empiezan a adoptar una actitud que se me antoja riesgosa e inconveniente: desafiar a la autoridad, desafiar los protocolos y, peor aún, desafiar al propio virus. Y me perdonan, pero nada ganamos con eso excepto ponernos en riesgo y exponer a los demás. Si todo pudiera mirarse en blanco y negro, seguramente muchos habríamos decidido nuestro propio destino, pero acá tenemos que ver los matices y un buen referente es repasar la lista de contagios, de muertos y de advertencias que hacen los científicos.

Lo peor de toda esta situación es que tampoco queremos reconocer que hemos llegado hasta acá fruto de nuestras propias acciones. Y nos relajamos, y creemos que la llegada de las vacunas es la luz al final del túnel o que con la abuela o los papás vacunados ya no hay riesgo mayor. Craso error. Cualquier licencia que nos tomemos y que signifique desatender las recomendaciones se paga con más restricciones a nuestra libertad, algo que cuesta aceptar porque se trata del bien más preciado que poseemos como seres humanos. Pero ese bien no supera el valor que debemos dar a la vida. Como ven, la solución no es sencilla, aunque así tratemos de pintarla desde una columna.

¿Es mi impresión o... con la misma vehemencia con que se examina lo malo de la reforma tributaria deberían mirarse también sus potenciales beneficios?

ERNESTO CORTÉS
EDITOR JEFE​ EL TIEMPO
@ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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