José Bernardo Prada (q. e. p. d.) / Voy y vuelvo

José Bernardo Prada (q. e. p. d.) / Voy y vuelvo

Se acaba de ir un hombre que amó esta ciudad como ninguno y le dio gloria deportiva a Bogotá.

José Bernardo Prada

José Bernardo Prada, exboxeador bogotano.

Foto:
Por: Ernesto Cortés Fierro
23 de septiembre 2018 , 11:59 a.m.

Las nuevas generaciones no lo recuerdan. Era bogotano, deportista, boxeador, para más señas. Líder cívico, periodista empírico, fotógrafo y extraordinario ser humano. Encontrárselo en cualquier sitio era contagiarse de su alegría, su optimismo. La delgadez de su cuerpo contrastaba con esas manos grandes y nudillos sobresalientes que denotaban sus horas y horas de entrenamiento.

Cuando la charla entraba en calor, José Bernardo Prada comenzaba el relato de su vida como pugilista, las decenas de peleas que ganó sin ser profesional, los combates que libró en México –donde inició su vida formal en el boxeo–, el célebre combate con Emiliano Villa, en el coliseo El Campín, su estadía en Canadá y sus peleas contra otros grandes de la época.

Tan sonoras como los puños que daba eran sus carcajadas. Se reía de sí mismo, abrazaba sin egoísmo, la palabra pereza no existía en su diccionario. En la casa donde tuve la oportunidad de conocerlo bien, solía guardar decenas de artículos de prensa que registraban sus hazañas.

Allí, en las fotos carcomidas por el tiempo, se veía a un Prada flaco, cubriéndose el rostro sudoroso y con un par de piernas tan enclenques que parecían de mentiras.

Pero él era todo lo contrario: fuerte de espíritu, determinado; eso lo salvó en la vida. Eso, y haber cosechado una cadena interminable de amigos. En ese repaso de álbumes y fotos, la parada obligada era en su combate contra Sugar Ray Leonard. Un desconocido entonces, pero a la postre todo un campeón mundial. El combate tuvo lugar en Canadá. Prada me lo narraba casi que asalto por asalto y hasta imitaba los mismos movimientos de entonces.

“Yo me le paré al hombre, conmigo no fue fácil”, repetía. Perdió por decisión. Y como solíamos andar por la ciudad, a cualquiera que le recordaba esa pelea le repetía la misma historia, hasta llegar al momento culmen que él adornada con lujo de detalles: “¿Ve esta cicatriz que tengo acá? –preguntaba mientras señalaba una de sus cejas–. Me la hizo Sugar… linda, ¿no?”. Y reía.

En ese mismo hogar sin lujos, del barrio Ciudad Montes, Prada vivió buena parte de sus años al lado de su esposa, Elvira, y sus cinco hijos. Es un hogar que conserva la misma vitalidad que transmitió el padre. Fue allí donde tomó vida otro de sus proyectos: el periodismo. El Vocero de los Barrios se llamaba aquel periódico comunitario que se imprimía en los talleres de El Siglo, cuando su director nos daba permiso, muy en la madrugada.

Contábamos historias de barrio, de gente, de fiestas comunales, de problemas del día a día y de logros pasajeros. El periódico no se vendía, se regalaba, pero las angustias de cada mes eran impresionantes. Pero, como siempre, para eso estaban los amigos.

Gracias a El Vocero de los Barrios conocí a fondo localidades como Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Bosa. Con mis amigos Rodrigo Célis y Germán Velásquez contamos en sus páginas el drama de niños abandonados en los ranchos o el de los niños del chircal, en Tunjuelito, y sus largas jornadas fabricando ladrillo; la guerra por el agua en altos de Cazucá y cientos de historias que me marcaron para siempre.

Un día cualquiera, Prada nos recibió con la noticia de que El Vocero de los Barrios ya tenía carné para cada uno. Yo lo portaba a todos lados, incluso cuando la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19, en 1985. Fue gracias a ese carné que pude ingresar, al día siguiente de la toma, a las ruinas del Palacio. La imagen era dantesca, triste, lúgubre.

También pudimos entrevistar, en el hotel La Fontana, a Diego Armando Maradona en sus épocas de gloria, al lado del gran periodista Diego Fajardo. Prada no daba crédito a que ese humilde periódico tuviera en su portada al mismísimo Maradona y una extensa entrevista en su interior.

La aventura de El Vocero acabó no sé cuándo. Y ahora también se acaba de ir el hombre que nunca dejó de soñar, el que amó esta ciudad como ninguno y le dio gloria deportiva a Bogotá. Se merece todos los honores, pero sobre todo, los mejores recuerdos. Se fue y dejó a su paso una frase que era como su propio canto de vida: “Hermanito, nunca se le olvide que lo más importante en la vida es tener amigos”. Paz en la tumba del gran José Bernardo Prada.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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