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Javier: una historia de inclusión en el colegio
Javier

Está en condición de discapacidad. Su historia es reflejo de amor y esfuerzo de su maestras.

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Secretaría de Educación

Javier: una historia de inclusión en el colegio

La formación de este niño en condición de discapacidad es fruto del esfuerzo de los docentes.

Esta es la historia de Javier y de su extraordinaria capacidad de transformar la vida de otros. También es la historia de Laura, su mamá, y de María Isabel y Yuly, sus profesoras en el colegio Jaime Pardo Leal, y de muchos otros docentes que, gracias a su labor incansable –reconocida el pasado 15 de mayo, Día del Maestro–, procuran una educación sin barreras e incluyente.

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Javier Esteban Duarte Torres tiene 8 años, hablar con él es constatar que la felicidad en estado puro sí existe. Su color preferido es el rojo. Además de bailar, le gustan las motos, las herramientas y las máquinas; especialmente la que usa su papá para cortarle el pelo. Ha crecido rodeado de amor. De eso dan fe su sonrisa, su expresión divertida y su impecable corte de pelo, por supuesto. Su hermana Juliana Alexandra, de 10 años, es su fiel escudera y no permite que nadie lo regañe. Javier, su papá, tiene un puesto en el que se preparan las mejores costillas del barrio Policarpa Salavarrieta. Si uno escucha a Laura hablando de su esposo, puede imaginarlo como una metáfora ambulante de la solidaridad.

¿Y Laura? No alcanzan los adjetivos para describir a Laura Celia Duarte. Ella, entera, es solo amor y entrega. Su vida no ha sido fácil, sus ojos llorosos y sus silencios dicen más que todas las palabras juntas. A Bogotá llegó embarazada de Javier, con una bebé de dos años y la tristeza incrustada en el alma. Creció en una vereda de Cajamarca, Tolima. Para ella, los golpes de la vida fueron mucho más que una manera de decir. Recuerda esa época y, aunque es algo superado, no la olvida y hace suyos el dolor y la causa de miles de mujeres que padecen la violencia. Así llegó a Bogotá, así consiguió trabajo y así conoció y se enamoró de Javier, el hombre que la ha querido y ha cuidado de ella y de sus hijos desde el primer instante. El mismo que tiene el puesto de comidas diagonal al colegio Jaime Pardo Leal, el que quiso ponerle su nombre al hijo de Laura, el que le corta el pelo y juega con él a las carreras de motos, su papá.

Cuando Laura supo que Javier había nacido con microcefalia fue terrible. Cuando fue entendiendo lo que esto implicaba fue peor. El cerebro de Javier no logró desarrollarse por completo, de allí su dificultad para hablar, para moverse, para reconocer sus emociones, y para concentrarse.

“Sabemos que nunca podrá leer y escribir, si acaso el nombre”, dice Laura. Y luego agrega: “Por eso es tan importante que aprenda a hablar bien y a expresar lo que necesita. Eso sí lo puede hacer”. Después de asimilar el golpe vinieron las terapias. La vida se convirtió en un ir y venir sin fin. Médicos, exámenes, cirugías y tratamientos; y luego, más médicos, más exámenes y más tratamientos. Laura, por su parte, consagró cada minuto de su existencia a sus hijos, con el propósito de criarlos sanos, felices y autónomos.

Javier llegó al Colegio Técnico Jaime Pardo Leal chiquito, a transición. Este simple acto, para algunos cotidiano y apenas perceptible, cambiaría para siempre su vida y la de quienes lo han acompañado en estos años.

Desde el 2017, un decreto garantizó la atención educativa a la población con discapacidad, es el decreto 1421; y desde ese momento, el sistema educativo concibe que se hagan ajustes para atender la situación de cada niño o niña en esta condición. Para hacer realidad la inclusión se necesitan conocimientos especializados y disponer de muchos recursos, humanos, económicos y de infraestructura; de eso se encarga la Dirección de Inclusión e Integración de Poblaciones de la Secretaría Distrital de Educación.

En el caso de Javier, además, ha sido clave contar con la disposición de la rectora Sandra Albarracín y con el apoyo de la profesora Yuly Fuentes, licenciada en Educación con énfasis en educación especial y magíster en neuropsicología y educación; alguien que sabe mucho. El trabajo de la profe Yuly consiste en hacer un análisis riguroso de la situación de Javier, que, además, es dinámica y va cambiando. Analiza su situación familiar, su condición de salud y su trayectoria educativa; y a partir de las conclusiones planea la estrategia de atención. Es algo muy sofisticado, diseñado a la justa medida de la necesidad y de la posibilidad. Uno la oye y no puede dejar de sentir orgullo del sistema educativo público ni de agradecer a tantas personas que, durante años, han trabajado para hacer de la inclusión esta realidad palpable.

“Identificamos sus gustos y sus habilidades, así podemos saber cuáles son los ajustes que se requieren en cada materia. Javier está en tercero, pero en muchos aspectos su capacidad es equivalente a transición; está con niños de 8 años, y todos son conscientes de su situación”, dice Yuly.

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Cuando Javier pasó a primero, la buena fortuna hizo que la profesora María Isabel Castiblanco estuviera haciendo su tesis de maestría en educación especial, el mismo campo de trabajo de la profe Yuly, así que trabajan en llave. “Pedí que me asignaran un caso de educación especial, y la rectora me otorgó el curso de Javier porque, además, hay otro niño con autismo. Lo primero que hice fue sensibilizar al grupo, crear el clima para que conocieran su historia de vida y entendieran su mundo”, cuenta María Isabel. Así se desató la magia.

En estos tres años, Javier y sus compañeros de curso, niños y niñas, les han dado a los demás una lección enorme de humanidad, solidaridad e inclusión. Son fantásticos, ellos. Son completamente conscientes de la situación de Javier, lo que ha implicado que en algún momento todos han sido capaces de ponerse en su lugar. Comprenden muy bien en qué consiste la estrategia trazada por las profesoras. Saben que en este momento el objetivo es que aprenda a contar hasta 10, así que lo animan y lo apoyan. Entienden que el desarrollo de habilidades sociales es una prioridad, entonces se han empeñado en relacionarse con él de manera horizontal, como uno más; porque también han aprendido que ahí está la clave de todo, en reconocer la diferencia y hacerla parte de la vida.

Los niños y las niñas del grado 3.º D acompañan a Javier en cada reto y celebran efusivamente cada uno de sus logros, son compañeros en el sentido más profundo de la expresión y con las letras bien puestas. Ellos ya son más conscientes y considerados con los demás, más respetuosos.

El conjuro se ha extendido kilómetros a la redonda y ha tocado a todos los que están alrededor. Javier pasa por la vida de todos y, sin notarlo si quiera, va haciendo mejor la vida de los demás. Las familias también han aprendido mucho sobre inclusión, discapacidad y diversidad, son conscientes de la situación, han aprendido y han apoyado en todo lo que sea necesario.

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Son los hilos más fuertes de este tejido, pues de ellos depende todo. Se requieren su disposición y su voluntad para que el efecto transformador se sostenga en el tiempo y se siga esparciendo por el mundo.

No es fácil saber cómo será el futuro de Javier; por ahora, todos están concentrados en que gane autonomía, que adquiera herramientas para relacionarse con los otros, pueda leer y escribir su nombre, así como expresar sus necesidades y emociones.

La profe María Isabel, por lo pronto, sabe que su labor es buscar atención cada vez más especializada para él y seguir trabajando a favor de la inclusión de las personas con discapacidad. “Yo pienso que la vida es diversidad. Muchas veces, la gente solo piensa en tener éxito y pisotear la vida de los otros. Yo creo que hay otras maneras de vivir. De la diversidad se aprende. Tú aprendes y te enriqueces. A la larga, ser maestro es querer aprender de las otras personas”, dice.

TATIANA DUPLAT
Para EL TIEMPO

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