Electrocutado narra cómo se salvó de milagro

Electrocutado narra cómo se salvó de milagro

Pablo Emilio Martín se recupera de una descarga de alta tensión eléctrica. 

Electrocutado

Los hechos ocurrieron el 6 de diciembre de 2018 en el barrio Fátima de la localidad de Tunjuelito.

Foto:

Ilustración: Juan Villegas

Por: Felipe Motoa - Redacción Bogotá 
28 de febrero 2019 , 06:26 a.m.

En los minutos que el cronista espera en el pabellón de quemados del hospital Simón Bolívar (norte de Bogotá), escucha fragmentos de conversaciones ajenas: ‘Contó que le da vergüenza volver al pueblo porque perdió sus dos brazos. Pero le alcanzaron a salvar la pierna’... ‘El paciente de la habitación setecientos tuvo una descarga parecida y le amputaron un dedo’... ‘Le tuvieron que cortar una manito’...

Son partes médicos informales que se comparten las enfermeras de este piso.

Aunque hablan en bajo volumen, el oído alcanza a percibir la gravedad: atender víctimas de descargas eléctricas y otras quemaduras es común para ellas.

En una de las habitaciones, sentado en la cama, con un bóxer rojo que deja ver la piel morada en su entrepierna, y un peto de vendajes que le cubre el tórax y medio brazo derecho, reposa Pablo Emilio Martín. Es un taxista de 52 años que, según él mismo indica, se salvó de una descarga eléctrica “por un milagro de Dios, que me dio otra oportunidad de vida para estar con mi familia”.

El 6 de diciembre del 2018, 120.000 voltios de energía le reventaron parte del cuerpo. Y vive para contar la historia.

Deja salir las frases desgranadas. No se afana por recordar una tragedia que de solo ponerla en palabras le hace fruncir el ceño y temer que un día pueda volver a sentir los dolores “más terribles de la vida”.

Alude al episodio previo a su ingreso a la unidad de cuidados intensivos (UCI). Por efecto de la electricidad, su mano, brazo derecho y el mismo lado del tórax habían sufrido quemaduras de tercer grado. Su piel quedó como una gelatina negra, por decir lo menos.

quemado

Pablo Emilio Martín ha dedicado su vida al taxismo.

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EL TIEMPO

Dos mujeres vestidas de blanco tenían que lavarlo: “Con una especie de esponja me refregaban las partes quemadas; eso dolía mucho”. Temblaba y apretaba la mordida cual si en ello se le fuera la vida: “Eso fue lo que más sufrí porque me removían la piel quemada y muerta. Fue muy duro cuando me lo hacían, les pedía a las enfermeras que ya no me hicieran más, por el amor de Dios”.

Ellas realizaban su trabajo con cuidado y debían seguir con lo que parecía una tortura: ni el dedo de un bebé habría sido tratado con tal delicadeza que no doliera.

Tuvo quemaduras de tercer grado con compromiso de todo el espesor de la piel, incluso subcutáneas (grasa), hasta la reja costal, músculos y costillas”, explicará más tarde el cuerpo médico.

“La limpieza fue tan dolorosa porque uno tiene varias capas de piel; en las partes profundas están los receptores, que son los que permiten sentir si algo está frío o caliente; encima van las otras capas. Quienes están quemados sienten con los receptores expuestos, porque las otras capas se quemaron, entonces todo es más intenso, directo, aunque se los hagan con delicadeza. La morfina ayuda a disminuir el dolor, pero no todo”.

Con la cabeza rapada, el cuerpo tumefacto como una pintura de Bacon y las lágrimas a flor de piel, Pablo Emilio ingresó a la UCI. Durante 27 días solo tendría contacto con su esposa Nubia Haidé Bustos (52 años) y la gente del hospital.

Lucha

Al preguntarle si también se le quemó la entrepierna, advierte que no. El color morado es por efecto de las operaciones: cirugía plástica, cobertura de área expuesta con colgajos –rotan piel e, incluso, músculo a las áreas afectadas o descubiertas–. Ha requerido cinco cirugías complejas en tórax, y adicional le han efectuado cirugía de injertos en la mano derecha, en la que hubo compromiso de dos dedos que aún no puede mover.

“La marca quedará, pero quiero recuperarme e irme para la casa”, apunta el taxista. Le ha vuelto a crecer pelo negro y erizado en la cabeza. “Los médicos me dicen que no voy a salir a trabajar de una, sino que será de tiempo, a hacer terapias, a recuperar el cuerpo. Pero soy muy devoto del Señor de los Milagros, tengo un altar en mi casa y le pido que me proteja”.

Sentado, pero ya cansado de contar su drama, muestra en su celular la foto de Mateo, un peludo de cuatro patas que, le ha dicho su esposa, ha estado triste durante su ausencia, que pasó de dos meses.

El bombazo

El miércoles 5 de diciembre lo cobijaba el pico y placa. Hombre de familia y amante de la Navidad, decidió que al mediodía montaría las luces para decorar la fachada de su casa en el barrio Fátima (localidad de Tunjuelito). A primera hora asistió a un control médico de rutina, sin pensar que más tarde volverían a llevarlo a un centro asistencial, pero de urgencia.

Regresó al hogar, inició el oficio y dejó listas una mariposa de luz, otras figuras y una manguera luminosa instaladas en el frontispicio de su vivienda. Le pidió a su hijo Yeison (19 años) que lo acompañara al tercer piso para adecuar el último juguete: un proyector de imágenes multicolor, bastones y estrellas coloridas.

Arregló una boquillera (tubo de aluminio para soportar el proyector) y halló la forma de encaramarse en el techo de la casa. Desde allí iba a asegurar el dispositivo que haría de su vivienda la más alegre de la temporada. Yeison, bajo techo, debía esperar a que le llegara la punta de la boquillera, la cual ingresaría por un resquicio de las tejas.

Acostado sobre el tejado, con la cabeza dirigida a la fachada, Pablo Emilio comenzó a alargar el tubo de aluminio hacia afuera, centímetro a centímetro, sin observar que los cables de alta tensión eléctrica acechaban, inmóviles, pero llenos de poder letal.
Debajo, el muchacho aguardaba a que la punta ingresara, pero en vez de eso hubo un estallido y un rayo de luz que de inmediato provocó un corte de energía en el sector.

Mi hijo me volteó boca arriba. Le dije, ‘tranquilo, estoy bien, solo tápeme la cara, tápeme la cara

En el primer piso, Jaime Martín, hermano del taxista, salió corriendo de su taller de maquinarias. Antes observó a sus trabajadores y preguntó si todos estaban bien. En la calle miró hacia el techo: una llamarada quemaba el cuerpo de su pariente.

Entonces apareció Yeison y, sin importarle que pudiera quemarse, usó sus propias manos para apagar el fuego de la víctima: 120.000 voltios habían circulado por la boquillera, llegaron como un latigazo a la mano derecha de Pablo, subieron por su brazo, hombro y explotaron el costado derecho del tórax, buscando una salida.

“Mi hijo me volteó boca arriba. Le dije, ‘tranquilo, estoy bien, solo tápeme la cara, tápeme la cara’ ”, recuerda el sobreviviente. El sol lo encandilaba, sentía que le iba a quemar los ojos, veía chispas.

La romería no se hizo esperar. Tampoco la ambulancia y los bomberos, que ascendieron hasta el punto de la tragedia, inmovilizaron al herido y tras remover una teja lo bajaron al tercer piso. En las escalas, su esposa Nubia Haidé y su madre Cecilia Hernández (82 años) lloraban desconsoladas. Pablo Emilio no recuerda ese momento
.
Antes de que arrancara la ambulancia, “lo besé y le di moral”, recuerda Jaime, frente a la casa, sin poder evitar que una gotita de lágrima se le cayera del ojo. “Gracias a Dios se nos salvó, porque la electricidad es mortal”.

No tuvo amputación porque el trauma directo no fue en la extremidad, pero fue tan grave que requirió cirugía de tórax, y hubo compromiso de otros órganos”, dice el informe médico.

Y Pablo Emilio, que insiste en lo milagroso de su caso –“si hubiera estado parado, el corrientazo me bota al primer piso y hoy no estaría usted entrevistándome”–, tampoco deja de lamentarse por tanto dolor y sufrimiento, como el día que le hacían un lavado: “Yo no había visto ni reparado en la zona afectada: volteé a mirar la herida destapada y vi ese hueco –se le veían las costillas y varios órganos quemados–; me aterré, me entraron nervios, me desesperé, y la enfermera me pidió que estuviera calmado, que con las cirugías me lo iban a tapar y que después me iba a recuperar”.

Ahora, eso es lo que trata de hacer en su casa.

REDACCIÓN BOGOTÁ 
Felipe Motoa Franco @felipemotoa

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