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Isabelita y la nostalgia del periódico de ayer
Isabel López Siza

De la mano de su padre, Isabel López Siza aprendió el oficio de la venta de prensa. Por más de 40 años ha estado al frente de la que en el pasado fue sede de el diario EL TIEMPO

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David Rondón Arévalo

Isabelita y la nostalgia del periódico de ayer

Ella es la vendedora de prensa más popular del centro de Bogotá.

Isabel López Siza, o Isabelita, como la conocen sus clientes de hace más de treinta años, se crío entre arrumes de periódicos, pregones de voceadores de prensa y lotería, trepidar de automóviles, gritos de señoras asaltadas por raponeros y ajustes de cuentas a plomo ventiado de comerciantes de piedras preciosas.

Varias veces, de la mano de su padre, le tocó huir de esos cinematográficos cruces de bala entre guaqueros y comisionistas de gemas que terminaban sangrando boquiabiertos en el pavimento por una deuda embolatada, un negocio torcido, una vendetta, un puñado de esmeraldas falsas, o por líos de faldas.

“Nos tocaba salir corriendo a refugiarnos en los almacenes más cercanos, o en el Cream Monte Blanco. No era de todos los días, pero cuando totiaba a cualquier hora, corría sangre y miedo”, rememora con su chaleco azul añil de EL TIEMPO la vendedora de prensa más popular del centro de Bogotá, ubicada justo al frente de la antigua torre del reloj, punto equidistante de la avenida Jiménez con carrera 7.ª, la iglesia de San Francisco, el Banco de la República y el sótano donde funcionó la Escuela de Teatro Luis Enrique Osorio.

Isabelita aprendió de su progenitor el negocio de la venta de prensa. Don Pastor López Hernández, quien a principios de la década de los 40 llegó de diecisiete años a probar suerte a la paramuna Bogotá, proveniente de Villapinzón, lidió en calles y cafés como lustrabotas y lotero, y cuando logró un plante, se hizo con un carro esferado con el que inició la venta de periódicos.

López Hernández fue uno de los testigos que presenciaron el crimen del líder político Jorge Eliécer Gaitán aquel tenebroso 9 de abril de 1948. Recuerda Isabel, por relato de su señora madre, que ese día, bien de mañana, su padre se fue al centro con un traje crema recién estrenado, su infaltable sombrero, camisa blanca y una ruana del mismo color, y que regresó a alta horas de la noche con la ropa hecha jirones y como si hubiera pasado la jornada en el matadero distrital.

“Trabajar con prensa era un negocio pulpo, rentable y al diario. El domingo era la fiesta, cuando más se vendía. A la par de los principales periódicos, y de los regionales, había gran demanda de revistas: Vanidades, Cosmopolitan, Selecciones, Mecánica popular, y de entretenimiento como Kalimán, Archie, Memín, La pequeña Lulú, Periquita, El Zorro, las historias de vaqueros, y La Meta, que la pedían como pan los apostadores de carreras de caballos”, relata López Siza atrincherada entre su arrume de impresos colgados en la puerta de entrada de los sótanos de la antigua academia de dramaturgia.

“Mi madre, Rosa Siza, próxima a cumplir noventa años, también vendió prensa, primero al lado de papá, y luego en Villa Javier, en la esquina de la calle 11 sur con carrera 7.ª, por más de cuarenta años, hasta que se retiró hace ocho, por edad”.
“Mi viejo se nos fue en 2005, de ochenta y tres, y dejó una larga historia que contar: tenía visión y suerte para el negocio, pero también le gustaba ejercitar el codo. Los de la prensa y los loteros celebraban las buenas ventas a punta de cerveza y tejo. Había gran demanda de diarios, que eran fuente permanente de empleo, tanto directos como indirectos”.

De eso da fe una foto icónica, en blanco y negro, de Armando Matiz –hermano del gran Leo Matiz–, de mediados de la década del 60, donde aparece un niño voceador con su carga al hombro de periódicos de EL TIEMPO, a escasos metros del edificio Agustín Nieto Caballero –donde tenía su oficina el llamado caudillo del pueblo–, lelo en los atributos de una esbelta y encopetada señorita de minifalda que habla por un teléfono de monedero.

Eran los tiempos en que el centro de Bogotá se revelaba como una postal en blanco y negro, como narra en sus crónicas el nobel de Aracataca Gabriel García Márquez, recién llegado a la capital, cuando era un muchacho feliz e indocumentado: una ciudad donde todo el tiempo llovía y la gente vestía como si estuviera de luto, y en los transportes públicos no se escuchaba una palabra ni nadie miraba a nadie, pero la mayoría llevaba un paraguas y un periódico bajo el brazo.

En el centro pululaban los cafés y a cualquier hora las mesas estaban repletas. Se hacían negocios de palabra (cuando valía la palabra). A partir de los titulares y los editoriales de los diarios se arreglaba el país al calor de tintos, capuchinos y aguas aromáticas, o de sendas botellas de lúpulo y aguardiente, y la temperatura de la nación se tomaba a través del termómetro de la efervescencia política entre liberales y conservadores.

Aprendió de su padre

Isabel López, la menor de siete hermanos, curtida en estas lides de la venta de la información impresa y de sus agregados, narra que fue la única que se pegó a su padre, desde los ocho años, para adiestrarse en el negocio, y que don Pastor, dichoso por el interés que despertaba su parvulita le fue soltando pita como a las cometas, hasta que la niña voló sola.

“Me confiaba los domingos las llaves de la caseta y me proveía de una bolsa con monedas de cincuenta, veinte, diez y cinco centavos para las vueltas. A las seis de la mañana, yo ya estaba esperando la camioneta repartidora de diarios para recibir el pedido. Entre semana estudiaba, pero no más llegaba a la casa a almorzar y corría otra vez al centro, al sindicato, en la avenida 19 con 10.ª. Allí, nos proveían de revistas. Hice hasta octavo grado y me retiré por entregarme de lleno al negocio, con el que llevo más de cuarenta años”.

“1995 fue un año próspero en ventas. EL TIEMPO era el que más compraban. Y, también, El Espacio. Un domingo, sin tanto esfuerzo, se vendía un promedio de 300 tiempos. Entre semana, cuarenta, cincuenta. De las noticias más vendedoras, a las que les sacamos buena utilidad, la de la muerte de Pablo Escobar, la toma del Palacio de Justicia, la catástrofe de Armero, el terremoto de Armenia y el desastre de las Torres Gemelas. Pero la más alta, cuando el diario lanzó el álbum del Mundial de Brasil en 2014. Fue un domingo, me acuerdo. El jefe de ventas me consintió con 300 periódicos, los cuales se me fueron en menos de dos horas. Tocó llamar urgente a pedir más”.

El sensible bajonazo del papel periódico a partir de las plataformas digitales y el decrecimiento en lecturabilidad, añadido a la crisis económica, ha golpeado considerablemente a los vendedores de prensa. Isabel López no ha sido la excepción:

“Fue una época dorada y como tal irrepetible. Hoy hay que hacer grandes esfuerzos para mediar ganancias diarias entre 30.000, 40.000 y 50.000 pesos. Y, con las cuarentenas de esta pandemia, estamos al borde de la quiebra. Yo me protejo y salgo porque este negocio ha sido el de toda mi vida. Y lo quiero. En esta temporada del virus he perdido 170 días encerrada en la casa. Nunca había dependido de nadie. Ahora, de lo que me comparte mi marido que es asalariado, porque ni de la alcaldía ni del sindicato de periódicos y revistas hemos tenido respaldo”, agrega.

Pese a lo anterior, no se da por vencida. Sale a su puesto de combate, como llama a su ventorrillo, para disipar el tedio y la incertidumbre que ha generado la peste del covid-19, y lo hace por el amor y el sentido de pertenencia que le demanda su negocio desde que era niña.

Por ese corredor de la vida nacional, el de la 7.ª capitalina, Isabel ha cosechado cientos de clientes de distintas épocas: de los que vestían de terno, fina gabardina, sombrero y paraguas, que llegaban puntualmente a adquirir las publicaciones de sus preferencias, y de paso a pagarle por anticipado a la edición dominical, hasta los de las nuevas generaciones, entre ellos jóvenes universitarios chapados a la antigua que por herencia o por gusto propio conservan la tradición de leer en el impreso.

“Es que lo bueno del papel es que queda para toda la vida. No me he podido acostumbrar a leer en el celular o en el computador; me canso rápido, no es lo mismo, no le encuentro el mismo gustico de coger el periódico del día, abrirlo, disfrutar de sus páginas, leer lo que a uno le gusta, y acompañarlo de un buen tinto, como se hacía antes”.

Tiene razón, Isabelita. Este provecto lector de periódicos y revistas así lo apostilla.

Ricardo Rondón Chamorro
-ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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