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De reconocido estilista a vender eucalipto en la calle
Juan

Wilson García, después de ser un respetado estilista en Madrid, Cundinamarca, fue atrapado por las drogas y ahora pide limosnas para sobrevivir.

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Juan Diego Duarte

De reconocido estilista a vender eucalipto en la calle

Wilson García pasó de ser un conocido peluquero a ir por las calles pidiendo dinero.

Su maleta es su fiel compañera, en ella lleva su radio y su linterna, carga unas cuantas hojas de eucalipto y una botella de agua con gas que recién le regalaron, va vestido de rojo, con pantalones rotos y unos zapatos deportivos. Su nombre es Wilson García, habitante de Madrid, Cundinamarca, desde hace más de 50 años, de los cuales ha pasado 20 en la calle buscando dinero para subsistir luego del estrago que las drogas y las malas amistades le causaron.

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Dicen que las palabras tienen poder, y para Wilson la pesadilla empezó el día que una vecina le gritó desde la ventana de su casa: “Los he de ver pidiendo limosna”, luego de que su hija de 14 años quedara embarazada de uno de sus hermanos quien, por cierto, era estéril.

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Sus hermanos empezaron a trabajar como operarios en Corona junto a su padre, mientras que Wilson decidió hacer cursos de mecánica, de zapatería y de hotelería y turismo, pero ninguno llamó su atención, por lo que decidió hacer un taller de belleza en el que se destacó, a tal punto que les cortó el cabello a la directora y a los profesores de la academia.

Su don para cortar el cabello y las ganas de triunfar lo motivaron a inaugurar su salón de belleza en el primer piso de su casa, comenzó con una pequeña silla de madera y un espejo roto, y al año de haber montado su peluquería ya contaba con un salón bonito y refinado que junto a su talento le dieron fama y fortuna.

Su nombre empezó a estar en boca de madrileños y de habitantes de otros municipios del occidente de la Sabana. Les cortó el cabello a alcaldes, secretarias, profesores y demás gente de la clase alta. Y así como crecía su fama, también lo hacía su ego, se volvió orgulloso, creído y arrogante, pero siempre mantuvo la humildad y sin ningún problema atendió a mendigos, viciosos, jíbaros y prostitutas con el mismo respeto que a los de la alta sociedad. Nunca les negó un favor a los demás.

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Comenzó a fumar marihuana cuando cursaba décimo en el colegio Serrezuela luego de hacerse amigo de un boyacense, quien murió después de una sobredosis de cocaína, y quien durante tres semanas lo incitó a trabarse, hasta que lo convenció.

En medio del auge de su salón de belleza solo consumía cada 15 días, al principio solo era marihuana, luego la mezcló con perico, después empezó a inhalar coca, y pasó de hacerlo cada 15 días a hacerlo una vez a la semana, luego dos, tres y así hasta que lo convirtió en su rutina diaria, por lo cual perdió su clientela. Vendió el secador, las máquinas y la silla de champú para tener dinero y gastarlo en vicio.

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Entre risas, tapando su boca porque le da pena que lo vean sin dientes, Wilson García cuenta que duro tres meses sin bañarse.

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Juan Diego Duarte

No niega tener cara de drogadicto, y lo dice con el rostro en alto, pues fue por su propia voluntad que entró en el mundo de las drogas, el mismo mundo que lo obligó a ver cómo su fama, su fortuna, su local, su familia y, sobre todo, su vida se desplomaban poco a poco, como él mismo lo dice: “La droga no escatima ni razas, ni sexo ni colores, ella simplemente pasa su factura”.

Y así fue, perdió a su mamá, quien siempre lo alcahueteaba y a quien desearía haberle hecho más caso con los consejos que le daba mientras le masajeaba los pies con hierbabuena; perdió su casa y con ella su salón de belleza porque su papá necesitaba dinero, empezó a vivir un infierno en el que sus hermanos llegaban borrachos a golpear a sus hermanas, y para completar, les era casi imposible conseguir arrendatario pues en todos lados daban malas referencias.

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Aunque no le desea el mal a nadie, para él es preferible sufrir de cáncer, de sida, de malaria o hasta del mismo covid-19 que ser un drogadicto, pues ha vivido en carne propia el infierno de estar ansioso por drogarse y no tener dinero para hacerlo. Dice llevar 20 años muriéndose, ha quemado su ropa para hacer hogueras, ha prendido fibra de vidrio, ha inhalado basura con químicos que desechan las fábricas, todo con tal de poder fumar.

Le tiene miedo a lo ajeno, no es capaz de robar, por lo que de vez en cuando va por las calles vendiendo eucalipto, y es ahora un ícono del pueblo, tanto así que hay una imagen de él en la pared del auditorio Hernán Echavarría Olózaga, y es conocido como el hombre que todo el mundo quiere en Madrid, Cundinamarca.

Tuvo que dormir en charcos, pasó noches desnudo en el pavimento, aguantó frío en varias ocasiones, pero ahora vive en un camping con colchonetas, almohadas, sábanas y fundas en la mitad de un lote que es propiedad de Corona, pues Wilson García les cortó el cabello a algunos trabajadores de la empresa cuando eran niños, por lo que convencieron a los dueños de que lo dejaran quedar en ese lugar.

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Nunca ha tenido que comer basura, aunque las drogas acabaron con su piel, con sus dientes y su vestimenta, no logró quitarle la educación ni la cultura, sigue teniendo buenos modales y es un hombre caballeroso, también es muy asquiento, no le presta su pipa a nadie, no le gusta comer en el mismo plato con otra persona, y mucho menos compartir la cuchara, no es envidioso, así que come primero y les deja comida a los demás.

Aunque vive en la calle, es un hombre muy aseado, llegó a durar tres meses sin bañarse y con el mismo pantalón, hasta que le dijeron que si no se bañaba no lo volverían a invitar a comer, así que ahora pide que le llenen un balde con agua en una casa, lo lleva hasta el lote donde vive y se baña en pantaloneta todos los días. Recuerda que antes solía bañarse con jabones finos de marca como Óscar de la Renta, pero hoy reconoce que es mucho mejor el jabón Rey.

Juan Diego Duarte
Especial para EL TIEMPO*Alianza con escueladeperiodismo@uninpahu.edu.co

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