Pidió un Uber y acabó en un pique ilegal

Pidió un Uber y acabó en un pique ilegal

Ciudadana relata cómo terminó en una de esas carreras ilegales que suelen hacerse en el norte.

Pidió un Uber y acabó en un pique ilegal

Organizadores de piques ilegales bloquean el puente de la calle 100 con Autonorte.

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Felipe Motoa Franco / EL TIEMPO

Por: Felipe Motoa Franco
06 de diciembre 2018 , 08:56 p.m.

Medianoche del miércoles 28 de noviembre, 12:55 a. m. Ruido de motores a lado y lado del carro. Patricia mira por su ventana de copiloto: jóvenes caminan y bromean al pie de los automóviles parqueados sobre el puente de la calle 100 con Autonorte. Han formado un embudo por el que no se puede avanzar.

–Sí, hombre, dándole juicioso.

–¿Va a picar? Ya casi le toca turno– agrega el muchacho. Delante de ellos, cuatro carros se preparan para acelerar a fondo, un joven con buzo gris y jean, en medio de la calzada, apunta las manos al cielo y mira a los conductores de los dos primeros autos. En sus marcas, listos… Deja caer los brazos y rechinan llantas. Es una reunión de piques clandestinos.

Los bólidos salen disparados, dejando humo de caucho quemado en el asfalto. Aceleran a fondo hasta el próximo semáforo, unos 400 metros adelante. Señoritas de pelos negros y largos aplauden la partida junto a sus amigos, que usan cachuchas reguetoneras. Varios se sientan sobre el sardinel, hay cerveza, risas y música que explota entre los 15 carros reunidos que esperan el momento de correr mientras bloquean el paso a cualquier otro vehículo.

Antes de responder, Juan mira a Patricia, quien deberá decir si acceden o no al pique. Si lo aceptan, saldrán del embudo. Si no, se quedarán atascados hasta que la Policía llegue y despeje el área. O hasta que acaben de correr.

Antes de hablar, ella mira por el panorámico. Solo un par de competidores los antecede. El joven con buzo gris vuelve a aparecer. Sus amigos lo silban. Sonríe. Apunta los índices al cielo, frunce el ceño. Las máquinas a lado y lado hunden el acelerador sin soltar el embrague, los motores truenan y anticipan un nuevo rechinar de llantas.

“Patricia, ¿vas a participar en un pique ilegal?”, se pregunta a sí misma, con el corazón a mil porque una vez arranquen los dos de adelante, ella y Juan quedarán de primeros en la improvisada –e ilegal– grilla de partida. El joven baja las manos y los competidores de turno arrancan como alma que lleva el diablo. Huele a caucho quemado. ¿Correrán Juan y Patricia?

Habitual

Más tarde, antes de dejar a Patricia en casa, Juan le contará que los piques son comunes, es habitual topárselos en el norte, de noche. Los jóvenes que los organizan han aprendido a identificar quiénes están laborando con Uber, por eso preguntan con naturalidad '¿Está de turno?'.

“Uno ya sabe que cuando se arma un minitrancón de esos, es porque los pelados están corriendo”, le dirá Juan. “Yo he trabajado en talleres de pintura para carros, por eso sé cómo se debe acelerar y meter cambios, porque si no, usted puede perder el control del carro y chocarse”.

Tras cumplir una cita en un prestigioso hotel del norte de Bogotá, Patricia había pedido un vehículo de Uber –cuya operación aún es ilegal–. Esperó 25 minutos en el lobby del hotel, de la calle 95, hasta que la recogió Juan.

Uno ya sabe que cuando se arma un minitrancón de esos, es porque los pelados están corriendo

Los primeros minutos del viaje transcurrieron en normalidad, hasta que en el puente de la calle 100 sobre la Autonorte vieron que el paso era limitado: acomodan tres camionetas a la entrada del paso para dar la sensación de que hay un choque y procurar que los carros ‘no invitados’ se desvíen a la autopista. “¿Va a picar?”, les había preguntado el joven que organiza los carros en la grilla de partida.

–Pues si usted sabe, hágale. Ya estamos aquí y ni modo de bajarnos o echar reversa –resuelve Patricia, finalmente pero dudosa, y aún con los nervios a mil, tras ver cómo los bólidos de adelante se alejan a toda velocidad. Sin duda, superan los 100 kilómetros por hora (el límite permitido en esa avenida es de 60 km).

Verifica que su cinturón de seguridad vaya ajustado. Juan, de unos 33 años, gafas redondas y pelo hirsuto hasta los hombros, sacude la cabeza. Por la ventana de Patricia aparece un Hyundai I10, claramente de motor modificado. Brama. Lo conduce un hombre que no tendrá más de 25 años y que mira a Juan en modo desafiante. Agarra el volante y hace que el motor vuelva a tronar. “¡Uuuuuuuuuuu!”, grita una mujer.

Pues si usted sabe, hágale. Ya estamos aquí y ni modo de bajarnos o echar revers

La música aún truena. Las jovencitas de pelo negro y largo, hasta la cintura, se contonean de aquí para allá entre los parqueados. Todos miran la carrera que está a punto de iniciarse. El tipo de buzo gris retoma su puesto en el centro. A Patricia le sudan las manos, traga saliva. Mira hacia el Hyundai, cuyo conductor no parpadea y observa al joven de buzo que empieza a levantar los brazos, los índices a la luna, tres, dos, uno, descarga las manos para que arranquen: el jalón empuja a Patricia contra el sillón, Juan mete el segundo cambio, el Hyundai ha salido disparado y toma la delantera por medio carro. Las luces del puente empiezan a pasar, como cohetes, a 40, 50, 60, 70 kilómetros por hora, el Hyundai saca un cuerpo de ventaja, a 80, 90, a 100, “¡cuidado!”, grita Patricia, al ver dos vehículos mal parqueados, 50 metros más adelante, justo en el carril del Hyundai, saliendo del puente.

Juan desacelera, el Hyundai continúa y echa un ‘volantazo’ a la izquierda para esquivar los vehículos, y en ese movimiento se sacude, la cola se va de lado a lado, deja caucho en el asfalto, Patricia observa con los ojos desorbitados, ¿chocará, pierde el control? No, retoma la marcha y se acomoda en el carril de Juan, que ha reducido la velocidad para no chocar. Semáforo en verde, el Hyundai continúa y desaparece en el horizonte de la avenida. “Gracias a Dios el señor de Uber no se metió de lleno a competir y desaceleró a tiempo, porque me contó que hay unos a los que no les importa y le meten toda la velocidad hasta lo último”, le contaría después Patricia al periodista, con una risita nerviosa.

“En serio que ahí vi lo peligroso de los piques. En cualquier momento alguien se atraviesa y a esa velocidad un accidente debe ser mortal”, finalizará su relato.

Felipe Motoa Franco
En Twitter: @felipemotoa
BOGOTÁ

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