Historia del cáncer que casi se lleva a mi hermana a los 21 años

Historia del cáncer que casi se lleva a mi hermana a los 21 años

Testimonio de cómo fue superar una enfermedad que a diario se lleva a 40 personas en Colombia.

Diana (No usar en otras publicaciones)

En la foto, Diana.

Foto:

Cortesía

Por: María del Mar Quintana Cataño
09 de junio 2020 , 10:28 p.m.

Hoy hace 9 años viví el primero de los días más aterradores de mi vida. Diana, mi hermana, con 21 años, empezó una serie de poliquimioterapias de alto riesgo para tratar un linfoma de hodgkin, un tipo de cáncer en el sistema linfático que casi se la lleva a ella, y de paso a todos nosotros, su familia (estaba en estadío 3 de 4).

Me llevó todo este tiempo poder escribir y hablar abiertamente de esto sin derrumbarme y sentir que me ahogaba. Pero es que ¿quién se preocupa por los familiares de las personas que padecen cáncer si ellos no son los enfermos?

(Lea también: ¿Cómo es despedir a un ser querido en plena pandemia? / Testimonio)

Y sí, el centro de esta historia nunca fui yo, pero tengo un propósito muy claro al poner en letras lo que viví durante esos oscuros meses: que las personas que tienen familiares con cáncer también sientan que su dolor y la forma en que enfrentan la enfermedad son importantes y requieren de mucha atención.

Mi hermana vivía en Argentina, un día nos llamó y nos dijo que le había salido una bolita en el cuello, pero que no era nada de qué preocuparnos. Diana asistió al médico en varias ocaciones, incluso le hicieron una biopsia por punción y todo salió bien. Sin embargo, pasaban los días y la bolita seguía creciendo. 

Un día, decidió enviarle una foto a una tía que es médica acá en Bogotá, y ella le recomendó que era mejor hacerse una biopsia con muestra (que le sacaran un pedacito de la masa), para saber de qué se trataba. Ella empezó a hacer los trámites para venir a hacerse el procedimiento a Colombia. Mientras tanto, empezó a perder peso y llegó a los 42 kilos.

No estábamos muy angustiados, pues no sabíamos bien lo del bajón de peso, y además Diana siempre había sido una niña más bien con varios problemas de salud. Cuando era niña había padecido fiebre reumática, a la edad de 11 años, lo que le impidió asistir al colegio por unos buenos meses porque la enfermedad le atacó las articulaciones. Así mismo, sufrió mucho de las amígdalas y de repetidas gripas. Mis padres, por supuesto la tuvieron en todo tipo de tratamientos que la ayudaron.

Eso sí, el tema de la enfermedad de mi hermana no lo tocábamos. Supongo que no sabíamos lo que se nos venía y tampoco queríamos aceptarlo

Recuerdo muy bien el día en que llegó al aeropuerto El Dorado, porque la busqué y la busqué entre la multitud y no la vi. Yo hacía tres meses que había dado a luz a mi primer bebé, Victoria, por lo que este encuentro además era sumamente especial porque Diana iba a conocer a su primera sobrina. Sin embargo, resultó diferente a como lo imaginé.

Estaba de pie en la llegada de los vuelos internacionales, cuando sentí que alguien me tocó el brazo y me dijo: hermana, aquí estoy. Volteé mi mirada y me di cuenta de que era Diana, solo que estaba en los huesos y con una bufanda en el cuello. Casi no la reconozco.

De inmediato desvié la mirada de la bufanda y traté de mirarla a los ojos bloqueando mi cara de angustia. Miré a mi mamá que estaba con la mirada perdida y le toqué el hombro para que despertara y saludara a mi hermana, disimulando un poco la preocupación. Pero, a ver, era una madre que acaba de ver a su hija con 18 kilos menos y un rostro pálido como la nieve. ¿Cómo pedirle una mirada diferente?

Mi madre igual se esforzó por no lucir tan preocupada y le pasó a mi bebé para que ella la cargara. A Diana se le salieron las lágrimas y soltó al mismo tiempo varias sonrisas. Nos fuimos a casa.

Los días siguientes mi mamá pasó desesperadamente buscando citas en la EPS, que ya sabemos no son de lo más veloz en este país. Sin embargo, a todos nos causó curiosidad que los trámites no fueran demorados como en otras ocasiones, puedo decir incluso que Coomeva fue bastante eficiente en darle a Diana su orden para asistir a la biopsia, eso fue más o menos en marzo de 2011.

Diana (No usar en otras publicaciones)

Diana, junto a su sobrina en abril de 2011.

Foto:

Cortesía

Los días fueron eternos, y en mi casa solo se escuchaban los gorgojeos de mi bebé. Hablábamos de todo y de nada. Pero, eso sí, el tema de la enfermedad de Diana no lo tocábamos. Supongo que no sabíamos lo que se nos venía y tampoco queríamos aceptarlo. No había cómo.

Diana se dedicó a disfrutar de su sobrina mientras mi madre y yo perfeccionamos ese silencio extraño. Creo que sí queríamos hablar, pero no salía una palabra. Era miedo.

A los 15 días nos llamaron de la EPS a decirnos que ya estaban los resultados. Mi mamá fue a recibirlos junto a Diana y me llamaron a contarme la noticia: Diana tenía linfoma de hodgkin, una vaina de la que yo nunca había escuchado hablar, pero de la que me volvería casi que letrada, porque desde ese día en adelante me dediqué a buscar cuanta información existiera, junto a posibles tratamientos.

Los siguientes meses los recuerdo muy borrosos. Sé que nos mudamos de casa y mi padre, que vivía en Popayán, ciudad en la que crecimos y nos graduamos de nuestros colegios, empezó a viajar más frecuentemente para ver a Diana. Todo borroso hasta ese 8 de junio, cuando todos fuimos junto a ella al hospital San Ignacio, a acompañarla en su primera quimioterapia. No nos dejaron entrar a todos, por lo que solo mi madre pudo estar a su lado.

Yo estaba estudiando en la Javeriana, por lo que ese espacio se acababa de resignificar para mí. Había pasado de ser el lugar donde mis años más hermosos de estudio habían trascurrido, al lugar donde me arrodillé en las piedras a pedirle a Dios que no se llevara a mi hermana, que prometía hacerla feliz el resto de mi vida si la dejaba vivir.

Mis padres nunca han sido creyentes, y siempre he respetado en profundidad eso, cada quien tiene su camino. Pero, curiosamente, yo sí, y en ese momento me aferré con todas las fuerzas a Dios, a la virgen, a más de 10 santos. Lo necesitaba.

Diana salió ese día del hospital como un zombie, no hablaba, no decía nada. Pero las horas terribles de la quimioterapia las íbamos a conocer en casa. El primero, segundo y tercer día, eran como si le arrancaran la piel, y lo sé porque ella me lo decía, pero Diana nunca gritó, siempre trató de ser muy fuerte y no quejarse, la más fuerte del mundo.

Su voz, solo la escuchábamos cuando llamaba entre el delirio a mi hija. Decía: Vicolina, te quiero ver. La bebé se había convertido en su amor y su fuerza.

Otras veces se esforzaba por tararear, y recuerdo muy bien una de las canciones: A Frida le duelen los huesos, y mirándose al espejo pinta todo su dolor. A Frida le duele la vida, y aprendiendo de su herida llena todo de color. Era el Elefante y la Paloma, de Pedro Guerra.

Diana (No usar en otras publicaciones)

Diana junto a su sobrina en el año 2015.

Foto:

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En detalle: se le empezó a caer el pelo, su piel cambió, fueron muchos golpes físicos para ella. Y para nosotros fue ver deteriorarse a una de las personas que más amábamos, sin la posibilidad de derrumbarnos. Porque en esos momentos hay que ser fuertes para ellos.

Sé que mi madre no dormía, ni yo, con una bebé de cinco meses de nacida. Pasaba las noches en vela llorando y rezando, rogando que Diana no se fuera. Otros días optaba por meter a la bebé al coche y dormir en un asiento junto a la cama de mi hermana, porque me daba miedo que dejara de respirar. Quién sabe cuántas promesas le hice a Dios en esos meses, y que hoy en día todavía debo cumplir.

Un día, el segundo más duro, escuché que desde su habitación se esforzaba por llamarme. Metí a mi bebé al coche y corrí a su lado. Diana me miró, sonrió y luego volvió a cerrar los ojos. Yo dejé de respirar por unos instantes, pensé que se había muerto, luego volvió a abrirlos y me preguntó qué hacía en la habitación, no recordaba que ella misma me había llamado.

Pasaban días en los que la quimioterapia se volvía tan dolorosa para ella, que ni siquiera podía levantarse para ir al baño. Mi hermano, quien entonces estaba cursando décimo en Popayán, había venido a ayudarnos, y menos mal, porque entre los dos teníamos que levantarla y cargarla.

Ni siquiera sé cómo salimos adelante en esos momentos. En gran medida se lo debo a tantas personas que nos dieron su cariño y fuerza. Mis tías, Gloria y Amparo, quienes hicieron todo lo posible por apoyarnos y no dejarnos desfallecer. Los amigos, como Sarita, una de las grandes fuerzas y acompañantes de mi madre. Todas siempre nos dieron más que mensajes: compañía, cariño y mucho apoyo.

Pero la verdad, debo decir que lo que más me sorprendió fue mi madre, Luz Stella. Cuánto amor cabe en una sola persona para soportar ver a sus hijos sufrir de esa manera y de todos modos luchar como una tigresa por sacarlos adelante. Incluso cuando nos hablaron de la probabilidad de un trasplante de médula, ella fue la primera en decir que iba a ser la donante, pero los médicos nos explicaron que eso no funcionaba así, que había que hacer pruebas de compatibilidad. 

Quién sabe cuántas cosas tuvo que empeñar, vender y dar mi madre para pagarle a mi hermana los tratamientos, y no me refiero a las quimioterapias, porque esas las cubría la EPS, pero sí a toda la medicina alternativa y complementaria que consiguió en ese momento.

Mandó a traer desde Cuba todo tipo de medicamentos que ayudaban a palear los efectos de la quimioterapia y pagó sesiones en el consultorio del doctor Santiago Rojas. Mi mamá dio esta vida y la siguiente por sacar adelante a su hija. Y creo que eso, en medio de todo, fue lo que nos resultó.  

Una de las luchas más fuertes que dio fue la de buscar un lugar donde le guardaran los óvulos a Diana, pues era muy probable que quedara estéril después de las poliquimioterapias, y ella quería en un futuro poder decidir si ser madre o no. Nunca lo lograron, o al menos en ese momento no fue tan fácil, y en otros lugares el precio era demasiado elevado.

Diana pasó por 12 sesiones de poliquimioterapia de alto riesgo en las que el jengibre se convirtió en nuestro mejor amigo, además de medicamentos para tratar de que su dolor no fuera tan intenso.

Luego llegó el 11 de noviembre de 2011, cuando nos dieron la noticia que pensamos nunca iba a llegar: el cáncer había cedido, Diana había progresado satisfactoriamente.

Vino una época de muchos esfuerzos para recuperar a mi hermana de las quimioterapias, también varios procesos para que ella definiera qué iba a hacer de su vida, pues había parado sus estudios y sus planes por cuenta del cáncer.

Diana (No usar en otras publicaciones)

Diana junto a su hija Almendra.

Foto:

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Fueron meses largos, pero con la satisfacción de que habíamos pasado la peor parte.  Sin embargo, yo me pregunté por muchos años por qué no podía hablar abiertamente del tema si ya mi hermana estaba recuperada. Y la respuesta la vine a encontrar años después: es que nosotros, los que habíamos estado ahí, no habíamos pasado por ningún tratamiento. Para los acompañantes no hubo nada, para mis insomnios, los de mi madre, nuestro llanto y el dolor, no hubo nada. 

Nos tocó sanar solas, con el tiempo, con el paso de los días. Pero no debería ser así. Los acompañantes venimos a hacer catarsis, por decirlo así, mucho tiempo después, como yo con este escrito. Lo hacemos cuando tenemos el tiempo de sentarnos y pensar todo lo fuertes que tuvimos que ser.

Por eso, abrazo a cada persona que como yo ha pasado por esta lucha y sigue en pie. Porque no es fácil y el apoyo y las fuerzas también se derrumban en muchos momentos, incluso años después.

Hoy, a nueve años, la edad que ahora tiene mi hija, solo puedo dar gracias porque mi hermana sigue con nosotros, incluso superó el tiempo que nos habían dicho que era probable que reapareciera la enfermedad.

Doy gracias porque mi bebé fue su fuerza en el momento indicado y porque Diana es ahora una admirable madre de una hermosa bebé: Almendra.

¿Increíble? Sí, hace poco me convertí en tía por primera vez, lo que nunca pensamos que podía suceder con mi hermana despues de la quimioterapia.

Hoy soy yo la que no ha podido conocer a mi sobrina. Ellas viven en otro país, y la pandemia nos tiene a cientos de kilómetros de distancia. Pero, como el dicho: el que puede lo más, puede lo menos; así que ya vendrá el momento de visitarlas y regocijarme en lo que Diana se ha convertido con tanto valor y esfuerzo: una talentosa y empoderada artista, que jamás se rinde por nada.

María del Mar Quintana.
@Miradelmar

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