La lucha sin cuartel contra la basura que le tiran al río Bogotá

La lucha sin cuartel contra la basura que le tiran al río Bogotá

Carlos Espitia ‘barre’ todos los días el lecho del principal afluente de la sabana. 

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La lucha sin cuartel contra la basura que le tiran al río BogotáDesde julio del año pasado, una draga trabaja limpiando las aguas del principal cauce de la sabana. Su nombre es Watermaster, proviene de una pequeña ciudad de Finlandia. En Cundinamarca hay cuatro de ellas.
Draga Río Bogotá

Sebastián Mendoza / EL TIEMPO

Por: Sebastián Ramírez 
16 de enero 2020 , 12:18 p.m.

Cuando a alguien le mencionan el río Bogotá, lo primero que se le viene a la cabeza no es una imagen, sino un olor intenso y desagradable. Por eso, la primera impresión que se tiene al visitar la desembocadura del río Fucha, en el Bogotá, es de alivio. Y no es que huela bien, lo que pasa es que el hedor que desprende es soportable.

Desde julio del año pasado, una draga trabaja limpiando las aguas del principal cauce de la sabana. Su nombre es Watermaster, proviene de una pequeña ciudad de Finlandia. En Cundinamarca hay cuatro de ellas. Una está en la laguna de Fúquene, dos más están en el humedal Neuta, de Soacha, y la otra es la que recorre todos los días el río.

La adquisición de estas máquinas se enmarca en el trabajo que está haciendo la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) por recuperar la riqueza ambiental de las fuentes hídricas del departamento.

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“Con esta máquina se remueve una cantidad considerable de material vegetal, que no está compuesto solo por plantas, sino que está lleno de desechos que provienen de ríos como el Fucha y el Arzobispo, que también se conoce como Juan Amarillo”, explica Mauricio Galeano, ingeniero de la CAR. Estos trabajos evitan inundaciones y problemas de salud para los habitantes de la ribera del río.

En este momento, la Watermaster está operando entre el sector conocido como puente La Virgen, en Cota, y las compuertas de Alicachín, que están ubicadas en Soacha.
Para llegar adonde opera la draga hay que meterse hasta el fondo por el carril que va hacia el sur de la carrera 106 de Fontibón. Se pasa por un puente militar y se atraviesa una vía destapada que cruza por varias fincas.

Frente a un jarillón están don Carlos Espitia y su auxiliar, Óscar Triviño. Carlos es un hombre bajo que camina por el pasto con cuidado, habla solo cuando es necesario y opera una máquina que puede llegar a costar unos 3.300 millones de pesos. Él trabaja hace 14 meses como operador de la CAR. Vive en Mosquera, pero es de Susa, también Cundinamarca.

Lo que se necesita es que si la gente ve que se está haciendo esa limpieza, al menos deje de botar tanta basura a los ríos

Óscar, en cambio, es de Bogotá, y es muy buen conversador. Tiene la boca seca y la cara curtida de tanto estar bajo el sol y andar en bicicleta. “A mí no me gustan los trancones. Me vengo pedaleando desde Suba, llego más rápido”, dice.

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Él es el primero en llegar a la draga. Antes de las siete de la mañana ya está revisando los papeles con el vigilante que cuida la Watermaster en la noche. Un poco después aparece Carlos. Ambos deben hacer un largo protocolo de revisión de la Watermaster, una draga flotante, para empezar a operarla. “Hay que hacerle un mantenimiento diario. Tenemos que mirar cómo están el líquido refrigerante y el aceite hidráulico”, explica Carlos.

Draga Río Bogotá

En la ribera del río Bogotá se encuentran llantas, tejas, tapetes y hasta juegos de sala completos.

Foto:

Sebastián Mendoza / EL TIEMPO

Cuando ya todo está listo, los dos toman sus puestos. Óscar se ubica de pie, en la parte posterior de la máquina, donde todo se tambalea cuando empiezan a trabajar. “A mí no me da mareo, la verdad. Solo hay que tenerse duro”, dice.

Él tiene que estar muy pendiente de que todo esté en orden, pues el manejo de la Watermaster hace que Carlos pierda de vista elementos como los “puntales”, dos largos trozos de metal que se entierran en el lecho para mantener estable la máquina. Carlos, por su parte, se sienta dentro de la cabina, que debe tener tantos botones y palancas como una nave espacial. Lo principal es el timón y las palancas con las que dirige el brazo hidráulico. Además de los accesorios e instrumentos, Carlos tiene allí un soporte para el celular, de los que venden en los semáforos para poner en los panorámicos de los carros.

Al igual que cualquier automotor, la Watermaster se enciende girando una llave. Las revoluciones aumentan después de que Carlos oprime un botón verde. Se siente una vibración gigante, como si algo fuera a explotar. En la parte posterior de la cabina hay una especie de exhosto que tiene una tapa floja en la punta. Suena como una olla a presión que está a punto de pitar. Pero el ruido se apacigua a medida que el motor gana potencia.

Carlos mueve la draga unos metros. Estira el brazo que tiene en la punta un rastrillo enorme que peina la orilla del río. La fuerza de la máquina es impresionante. El rastrillo se sumerge en las aguas del río Bogotá.

La Watermaster parece una garrapata que se agarra a un pedazo de piel antes de morder. Pero lo que saca no es sangre, sino desechos, muchos desechos. Según datos de la CAR, en lo que lleva operando ha recogido 16.000 m³ de material vegetal y residuos dentro del cauce.

La basura

Por estos días el cielo está limpio. El río Bogotá no. El contraste es evidente y triste, aun cuando se sabe que su podredumbre es una cosa de toda la vida. Los olores son menos intensos, pero siguen siendo los mismos de siempre.

Es cierto que las autoridades ambientales en Colombia no han sido las más eficientes para evitar y contrarrestar la contaminación del río Bogotá. De hecho, el Consejo de Estado tuvo que emitir una sentencia para obligarlas a ejecutar medidas que reduzcan lo que el Observatorio Colombiano de Gobernanza del Agua ha denominado como una “catástrofe ambiental”.

Pero también es cierto que la gente tiene una responsabilidad inmensa. Detrás de cada desecho hay un ciudadano que no entiende o no quiere entender el daño que hace tener un río con niveles enormes de contaminación. “Aquí uno encuentra de todo”, explica Mauricio Galeano. Y esa es una expresión textual. Según cuentan, en las aguas del río han visto inodoros, sofás, llantas, rines, cables, tejas, televisores. Incluso, una vez se toparon con el cadáver de un ternero.

Draga Río Bogotá

En la ribera del río Bogotá se encuentran llantas, tejas, tapetes y hasta juegos de sala completos.

Foto:

Sebastián Mendoza / EL TIEMPO

Pese a el panorama desalentador, los funcionarios de la corporación ambiental procuran ser optimistas. Dicen que para el 2026, después de que esté trabajando la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales Canoas, el río Bogotá será un afluente más limpio.

Mientras tanto, Carlos y Óscar seguirán sacando objetos insólitos de sus aguas. “Lo que se necesita es que si la gente ve que se está haciendo esa limpieza, al menos deje de botar tanta basura a los ríos”, dice Carlos un poco decepcionado porque en los 14 meses que lleva limpiando el río no ha visto que el volumen de cosas se reduzca.

SEBASTIÁN RAMÍREZ
Escuela de Periodismo Multimedia de EL TIEMPO

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