‘Nunca pensé que mi propio hijo me cerrara las puertas de mi empresa’

‘Nunca pensé que mi propio hijo me cerrara las puertas de mi empresa’

Luego de trabajar toda su vida para erigir su fábrica, dice que una traición arruinó su sueño.

Ana Rita Pardo de Rojas

Después de trabajar durante toda su vida para poder erigir su empresa, su hijo y su nuera le cerraron las puertas de su propia casa. Esta es la historia de Ana Rita, la bordadora de presidentes.

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César Melgarejo.

Por: Carol Malaver
20 de abril 2019 , 10:01 a.m.

Ana Rita Pardo de Rojas, a los 83 años, aún borda. Tiene su taller en un pequeño apartamento en el barrio Las Cruces, sobre la carrera Décima, donde a todas horas, los buses expelen humo negro y las aceras huelen a orines. No siempre fue así.

Subiendo por unas viejas escaleras está su taller. Todo está lleno de hilos, arandelas, agujas, moldes. También hay un par de máquinas de coser Singer que más bien parecen una reliquia de museo y miles de papeles dispuestos unos sobre otros. Encorvada por la naturaleza de su trabajo se acomoda para comenzar a rescatar los recuerdos de su vida que ya superan las ocho décadas.

Nació en Choachí (Cundinamarca) el 21 de mayo de 1935 y durante toda su infancia vivió con sus padres y hermanos en el campo hasta que cumplió los 14 años. Estudió poco porque las escuelas que habían cerca de su casa quedaban a una hora de camino a pie. “El resto del tiempo le ayudaba a mi papá en su trabajo en la finca y a mi mamá en los quehaceres del hogar”.

Pero al cumplir 15 años, su vida tomó un giro inesperado. Su tío Francisco Rodríguez trabajaba en el Palacio Presidencial. “Él conoció a la Escuela María Auxiliadora y le dijo a mi mamá que si me podía llevar allá, que ahí recibían niñas desde los 14 en adelante. Quedaba en la calle Octava No. 16-65”. Su memoria durante toda la entrevista fue envidiable. Fechas, direcciones, nombres llegaban rápidamente y con exactitud

Ana Rita Pardo de Rojas

Ana Rita de Pardo fue siempre una mujer muy trabajadora. Desde que aprendió el arte del bordado se enamoró de este oficio.

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Familiares Ana Rita de Pardo

Allí, interna, aprendió modistería, sastrería, a manejar máquinas de coser y, en general, todos los oficios que en aquella época se consideraban propios del hogar y de las amas de casa. Yo siempre ponía atención, mostraba mucho interés, pero lo que más me gustó fue el bordado a mano en oro que lo pedían mucho para los ornamentos de los sacerdotes y los ajuares de los obispos”.

En total fueron cinco años de su vida los que transcurrieron allí. El trabajo era muy fuerte pero así fue que logró afinar su pulso para bordar los ornamentos de las iglesias, los estandartes para las procesiones, y cuanta cosa le pidieran. Su trabajo era tan fino que muchas de sus creaciones fueron llevadas a Italia en 1953. “Allá es la cuna del bordado. Se expusieron hasta mis juegos de cama. Eso me puso muy feliz”.

Yo siempre ponía atención, mostraba mucho interés, pero lo que más me gustó fue el bordado a mano en oro que lo pedían mucho para los ornamentos de los sacerdotes y los ajuares de los obispos

Fueron 250 estudiantes los que trabajaron día y noche para convertir aquel salón en uno de los más grandes de la modistería. Ella se volvió una experta en macramé, un tejido hecho a mano con hilos gruesos que se trenzan o anudan y cuya estructura se parece al encaje de bolillos. En esa época no había máquina que hiciera semejantes trabajos.

Tanto así que fue Ana Rita quien bordó la banda presidencial de Gustavo Rojas Pinilla. “Esa fue la primera que él se puso. Recuerdo mucho que me la pidieron de afán y a mí me tocó correr para entregarla. Uno podía dedicar tres o cuatro días concentrado en un solo trabajo”.

Pero el tiempo pasó y un día esta mujer tuvo que enfrentarse a la calle. Su primer trabajo fue en el almacén La Economía, de artículos religiosos, que quedaba en la carrera Sexta con calle 12. Solo tenía 19 años.

No pasó mucho tiempo antes de que regresara a una comunidad religiosa, esta vez en Manizales, eso hacía parte del destino de algunas mujeres que no tenían apoyos en la época. “Me fui para un convento de monjas, a donde los claretianos en la carrera Octava No. 25-20. Allá me llevaron los padres del Voto Nacional. Duré dos años y medio, también bordando cuanta cosa me dijeran”.

Pero no solo bordaba, también se encargaba de los oficios de la comunidad: cocinar, lavar la loza y la ropa o barrer eran solo parte de sus funciones. “Luego de un año y medio me despacharon. Regresé a Bogotá a un colegio de misioneras claretianas, también como internada, yo suplía a las profesoras que pedían permiso”.

Cansada de ir y venir regresó al almacén La Economía y luego al Siracusa, fundado por los mismos dueños. “Con él organizamos un taller y aprendí a hacer los bordados en la máquina cadeneta”.

La primera banda que se puso  Gustavo Rojas Pinilla fue hecha por mí. Uno podía dedicar tres o cuatro días en un solo trabajo

Ana Rita paró de contar su historia en su viejo taller. Miró con nostalgia una máquina de coser y sin dudarlo comenzó a explicar que era una Singer bordadora 107W112 que había comprado en 1961. “La quiero tanto. Es que esa máquina ha sido la de toda la vida”.

Segundos después retomó la historia, esa época en la que, por fin, se sintió libre, tan libre como para irse a vivir sola. Primero vivió dos años en Sendas, un programa muy famoso creado por el general Gustavo Rojas Pinilla. “Eran unas residencias para las muchachas que no tuvieran recursos, ni dónde vivir”.

La bordadora también se la pasaba con una cajita de cartón llena de cosméticos y unas tijeras que paseaba de un lado a otro cada vez que alguien le pedía un servicio. “Yo les pintaba el cabello a las mujeres, mejor dicho, iba hasta sus casas y les hacía de todo, incluso los vestidos de primera comunión y los de boda”.

Recuerda con gracia la vez que le diseñó un vestido a una mujer cuyo marido fue encarcelado al final de la ceremonia. “Sí, eso fue muy raro, de un momento a otro llegó la policía y se lo llevó”.

Luego también vivió en una pieza en el barrio Eduardo Santos, muy cerca de la tienda que más amó: Lafayette. “Me gustó mucho trabajar como una persona independiente porque aprendí muchas cosas como las de los salones de belleza como los ondulados”.

Su matrimonio

“Usted, señor, me conoció en su casa y trabajando”, esa fue la frase que un día, Ana Rita, le dijo a su esposo cuando ya estaba cansada de tanto maltrato.

Él se llamaba Manuel y supo de su existencia cuando ella llegaba con una cajita a su casa a pintarle el cabello a su hermana. “Yo se lo dejaba casi blanco y luego, encima, le ponía un color dorado”.

El hombre trabajaba en las licoreras de Cundinamarca. Vendía aguardiente. “Yo me casé el 30 de enero de 1960”, dice con sus ojos llenos de tristeza porque sabe, que ese, fue un matrimonio fallido. “Fue muy regular. Al hombre no le gustaba dar nada para la casa y, como yo trabajaba, él tranquilo”.

De esa unión nació Luis Fernando Rojas Pardo, el hijo mayor, y Ana Isabel Rojas, la menor. Ana Rita los crio a puntadas. Hubo muchas noches que no durmió con tal de cumplirles con lo que necesitaban. “Recuerdo una semana en la que solo dormí dos horas. Le estaba haciendo un ajuar a un obispo para la consagración en un templo de Yaguará en el Huila”.

Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, su esposo la molía a golpes cada vez que le daba ganas y sin ninguna razón. Una de las primeras golpizas fue el día del bautizo de su primogénito y porque sí. “Le encantaba dejarme la cara negra, para que la gente me viera”. Así, con la autoestima en el piso, seguía trabajando.

Una de las golpizas que más recuerda fue la de cuando compró las dos máquinas de coser que hoy la acompañan. “Me dijo que si es que íbamos a comer máquinas. ¿Cómo le parece el descaro?”.

A mi esposo le encantaba dejarme la cara negra, para que la gente me viera así

Ana Rita Pardo de Rojas

Ana fue feliz cuando tuvo a sus dos hijos pero su matrimonio fue fallido porque su esposo la maltrataba física y psicologicamente.

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Familiares Ana Rita de Pardo

Y mientras que Ana Rita era destruida por su esposo ella se rebuscaba la forma de meter a sus dos hijos en buenos colegios. Al varón logró matricularlo en La Presentación del centro y a su hija en el colegio Hijas de Educadores.

Para ese momento ya había cursado una demanda de divorcio, que terminó con todos esos años de suplicio y maltrato. “Yo lo demandé en una comisaría y así, acabó todo. Estaba desesperada. Varias veces intentó matarme, un día mis hijos lo vieron con un cuchillo de carnicero persiguiéndome, otra vez fue con un revólver. Me lo ponía en la cara, todo eso fue muy amargo”.

Luis Fernando, cuenta, tuvo varios contratiempos en los colegios. Por ejemplo, años después se enteró de que había salido al recreo con un bocadillo y que un niño de una respetada familia se lo había rapado en el recreo. Se formó una pelea que le costó el cupo del año siguiente a su hijo. “Como en esa época el palacio presidencial quedaba cerca y el otro compañerito se ufanaba de que era el nieto del Presidente pues mi hijo le dijo que era hijo de su mamá y se armó la furrusca”.

Yo demandé a mi esposo.Varias veces intentó matarme, un día mis hijos lo vieron con un cuchillo de carnicero persiguiéndome, otra vez fue con un revólver

Ana Rita Pardo de Rojas

Ana Rita logró acabar con un matrimonio tormentoso y luchar para sacar adelante a sus hijos.

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Familiares Ana Rita de Pardo

Así fue que terminó de colegio en colegio con él. Estuvo en uno de claretianos en Bosa, luego en el de La Salle, luego en el militar Caldas de Usaquén y finalmente terminó en un plantel en el barrio Ismael Perdomo. Su mamá siempre estuvo pendiente de su destino, incluso, cuando quiso conseguirle un cupo en la Policía. “Como yo trabajaba mucho en la Escuela General Santander le pude conseguir un cupo”.

El joven terminó a los 17 años el bachillerato y salió con todo y libreta militar. Eso le sirvió para que su mamá moviera cielo y tierra para meterlo a la Policía Nacional. “Pero mi hijo solo duró dos meses allá mientras que mi hija salió del colegio y entró a estudiar a la Universidad Nacional, Zootecnia para luego irse a los Estados Unidos a luchar. Todo por sus propios medios”.

Entonces Ana Rita vivió con su hijo a quien consentía de todas las formas posibles. “Hasta le decía que si terminaba la escuela le daba un carro. Tuvimos muchos problemas”.

Luis terminó por irse a vivir a Choachí (Cundinamarca), a una propiedad que Ana Rita, con el trabajo de toda su vida, logró adquirir. “Recuerdo que cuando obtuve esa casa me costó 3 millones de pesos, tocó demolerla toda. Las hormigas se habían comido la madera. Comencé a construirla de ceros a punta de bordar banderas desde Bogotá”.

Mandando plata año tras año se hizo a un edificio de cuatro pisos y una terraza. Allá vivieron los padres de Ana Rita y su hijo durante muchos años, también se le arrendó uno de los apartamentos a la Fiscalía.

Poco a poco, en ese lugar, esta mujer fue erigiendo la empresa por la que trabajó con tanto sacrificio: Confecciones y bordados Ana Pardo. “Yo iba y venía todo el tiempo, les llevaba todo lo que necesitaban, materiales, comida, plata para la gasolina, qué no les llevaba yo. Allá tenía mi habitación”.

Todo iba bien hasta que Fernando, su hijo, dice,  llevo a vivir a una mujer a una de las habitaciones del edificio. “Terminó empleándola en la empresa. Años después tuvieron dos hijas”.

Poco a poco, asegura Ana,  comenzaron a tomarse  todos los espacios del edificio. “Ellos todos trabajaban para la empresa pero no de gratis. Yo les pagaba absolutamente todo, el carro que compré para la empresa, las máquinas, la seguridad social, todo”.

El cambio de actitud de su hijo Fernando y su pareja y las malas ventas a pesar de la demanda comenzaron a generar sospechas en Ana Rita y en su hija Ana Isabel. Eso generó una investigación que terminó por descubrir que la pareja había creado dos empresas paralelas. “Mi propio hijo y su pareja se estaba aprovechando de toda mi infraestructura para robarme la plata”.

Mi propio hijo y su pareja se estaba aprovechando de todo mi infraestructura para robarme la plata

Todos los rollos de tela y los insumos que Ana Rita mandaba eran usados para hacer negocios cuyas ganancias nunca llegaron a las manos de la abuela, dicen las denunciantes. “Luego también me enteré, por ejemplo,  de que si las empleadas trabajaban 80 horas para él, él les hacía firmar 160 horas. Así me estaba robando mi propia sangre. Las mismas trabajadoras le pusieron una demanda en Cáqueza”, dijo Ana Isabel. La última estocada fue el cambio de guardas, Ana nunca más pudo entrar a su propia casa.

Además de un dolor que quema el corazón de Ana Rita, también existió el fallo de un juez que obligaba a la devolución de la vivienda pero, a pesar de ello, durante muchos  años su hijo Fernando, dice, cultivó buenas relaciones en el pueblo que terminaron por dilatar cualquier acción a su favor. “Me tocó muchas veces ir al juzgado a presionar por una acción pero ellos fueron muy negligentes, como si hubiera intereses de por medio”, dijo un amigo de la abuela que la apoyó con todas sus vueltas.

Hoy, Ana Rita, a sus 83 años, tiene que trabajar para no dejar perder su legado, el mismo que quiere rescatar recuperando la imagen que esta pelea familiar le ha causado.
“Ya he llorado demasiado, ya no tengo ni palabras. Qué le puedo decir después de todo lo que trabajé por él. Ellos quieren que yo me vaya a vivir debajo de un puente pero en este mundo no se cae un solo cabello sin la voluntad de Dios”. (Llora)

Ana Rita Pardo de Rojas

Este el el taller en donde esta mujer y su mejor amiga trabaja y en donde le dieron la entrevista a este diario.

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Carol Malaver

Me enteré de que si las empleadas trabajaban 80 horas para él, él les hacía firmar 160 horas. Así me estaba robando mi propia sangre. Las mismas trabajadoras le pusieron una demanda en Cáqueza

Ana Rita Pardo de Rojas

Ana Rita sigue trabajando. Luego de recuperar su empresa se dio cuenta de que las máquinas no funcionaban porque no contaban con las tarjetas de programación.

Foto:

César Melgarejo.

Según Ana Isabel Rojas, el 22 de Agosto del 2018 La juez civil de Cáqueza comisionó al Juez Norberto Castillo de Choachí para que se encargara de gestionar la restitución del edificio a su dueña. “El juez fijó el 5 de octubre de 2018 para la entrega pero Fernando y su esposa se negaron a entregar aduciendo que no tenían medios económicos para mudarse a otra parte y que les extendieran el plazo, el cual fue fijado nuevamente para el 8 de noviembre pero ellos se habían trasteado desde finales de Junio”.

Finalmente el edificio fue restituido solo hasta el 8 de Noviembre de 2018. “Lo más triste para mi mamá es que removieron tres tarjetas del computador de la máquina bordadora más productiva dejándola inservible aduciendo que mi hermano era dueño de la mitad de la máquina, lo cual no es cierto. También borraron los archivos, se llevaron cortinas, estufa y en general, el inventario de telas e hilos que dejaron no coincide con el que me fue enviado por ellos hace un tiempo”.

EL TIEMPO logró comunicarse con Luis Fernando Rojas Pardo el día el jueves 6 de diciembre de 2018 a las 10 de la mañana pero este se negó a dar su versión de los hechos aduciendo que todo el testimonio de su hermana y su madre eran falsos y que era él quien era la víctima de una persecución. Seguimos a la espera para abrirle un espacio en este relato. 

Hoy, algo delicada por el paso de los años, Ana sigue en su lucha por ver revivir su empresa. Nunca ha parado de bordar, eso sí, no quiere morir sin poder ver a su fábrica marchando, así como a sus máquinas, al fin de cuentas, una extensión de su cuerpo.

Ana Rita Pardo de Rojas

Ana Rita borda este tipo de escudos paso a paso. Una labor que puede tardar semanas. Solo desea recuperar la buena imagen que le quitó su hijo.

Foto:

César Melgarejo.

'Yo amo a mi madre, siempre trabajé de la mano con ella, nunca la robaría'

Otra es la historia relatada por Luis Fernando Rojas Pardo quien, finalmente, decidió contar su versión de los hechos. Él nos contó que, efectivamente, cuando llegó a vivir a Choachí, también recuerda muy bien la casa que adquirió su madre. “Era un predio desolado, con las paredes deterioradas. Todo lo tumbamos y encima de esto construimos con mucho esfuerzo físico y monetario un edificio de cuatro pisos”.

EDIFICIO EN CHOACHÍ

Este es el edificio en donde Fernando Rojas dice haber trabajado de la mano de su madre.

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Cortesía familia de Fernando Rojas.

Agregó que fue una obra que tardó tres años en consolidarse sin que el tercero y cuarto piso lograra terminarse. “Yo siempre trabajé de la mano con mi mamá pero, en un momento, decidí crear mi propia empresa en el año 1989 llamada Surtidora Fernando. Mi mamá siempre tuvo conocimiento de esto ya que ella fue la que me incentivó a constituir mi empresa y también la que la registró”.

Contó también que para 1991 tenía bajo su mando varias empleadas. “Yo les enseñé a bordar en dos máquinas familiares. También realizábamos todo el trabajo de screen del que yo me hacía cargo de forma exclusiva. Este arte lo aprendí gracias a Alberto Flórez,  amigo de mi madre, ya que trabajé con él en Bogotá en los años 90. Desde ahí continúe con mi señora madre trabajando por más de 35 años”.

Por eso niega que le haya cerrado las puertas de esa empresa a su madre. “En proceso de rendición de cuentas fallado en primera y segunda instancia por el juzgado promiscuo de Cáqueza, y con confirmación del Tribunal de Cundinamarca, se demuestra que yo nunca tuve poder de decisión ni administración de su empresa ya que todas la cuentas, pagos, compras y deudas estuvieron a cargo de mi madre.
También, que contablemente no le sustraje un solo peso a la empresa porque nunca fui el representante legal, ni estuve autorizado para recibir ningún pago de las entidades estatales o empresas privadas a quien se les producía. Yo amo a mi madre, siempre trabajé de la mano con ella, nunca la robaría”.

Dice que su vida cambió cuando, a sus 57 años de edad, se levantó y se dio cuenta de que todo lo que forjó a lado de su madre, incluidos un edificio, tres apartamentos en el norte de Bogotá, y uno dúplex, ya no estaban a nombre de Ana Rita sino de su hermana Ana Isabel Rojas. “Eso lo puedo demostrar con la Cámara de Comercio, bajo el NIT 900970645-6 a nombre de ‘Confecciones y bordados Ana Pardo S.A.S.’, en donde la única accionista y dueña es mi hermana. Me duele decir que la empresa familiar que con tanto sacrificio mi madre y yo como empleado le colaboré por más de 35 años, hoy esté en manos de otra persona. Hay terceros que la coaccionan para no recibir ninguna clase de visitas por parte mía y de mi núcleo familiar. No he vuelto a tener acceso a ella”.

En el  Tribunal de Cundinamarca se demostró que yo nunca tuve poder de decisión ni administración de la empresa de mi mamá pues todas la cuentas, pagos, compras y deudas estaban a cargo de mi madre

Fernando dice que nunca le cerraron las puertas de la empresa sino que su madre no quiso volver a la casa. “Sentimos que siempre hubo alguien a su sombra. Desafortunadamente mi mamá ha sido mal asesorada por la gente que la rodea y la envidia. Es triste que la asalten a ella y a otras personas en su buena fe. Han dado información sobre mí usando documentos con procesos sin fallos. Esta historia me ha afectado a mí y a mi familia. Esta crónica lo único que hizo fue demostrar los intereses económicos de mi hermana, como lo puedo demostrar con documentos de la Cámara de Comercio, en donde ella aparece como la dueña de todos los muebles e inmuebles de mi señora madre”.

En cuanto al tema de las cuentas ocultas Fernando señaló que: “Como se pudo demostrar en la demanda de rendición de cuentas yo no manejaba recursos económicos ni administrativos. Fue la contadora de mi señora madre quien sugería ciertos cambios. Yo solo recibía órdenes. Mi madre siempre tuvo conocimiento de eso. Por ejemplo, yo me ganaba un millón de pesos pero me tenían registrado como si yo me ganara el salario mínimo. Ellos hacían otros recibos para completar mi salario porque en salud y pensión me tenían registrado con otro salario”.

Esta familia cuenta que el día que desalojaron el edificio de la empresa en Choachí fue un golpe anímico muy duro. “Es que esa fue una casa que ayudamos a construir sin obtener ninguna retribución. Ahí quedaron los ahorros de mi vida. Lo poco que ganaba lo invertí en esa casa pero desgraciadamente no tengo prueba alguna de esto ya que, por sugerencia de la contadora de mi mamá, todas las facturas de lo comprado se hicieron a nombre de mi madre: pisos, habitaciones, baños, puertas, cocina ya que ella contaba con muchos ingresos y pocos egresos”, relató Fernando, quien agregó que “el día que llegó el desalojo hablamos con el juez para que nos diera unos días de prórroga para así poder seguir buscando un lugar a dónde irnos”.

Dice que siente que su familia lo dejó de necesitar en el 2016 cuando la empresa no tenía deudas, con una infraestructura completa para producir, con un nombre en alto, con estándares de calidad excelentes, con un gran reconocimiento de la clientela, y con un personal calificado por su experiencia de varios años en estas labores.

A Fernando le duelen las palabras de su madre cuando ella dice que si será que su hijo la quiere ver durmiendo debajo de un puente. “Yo, que trabajé tantos años a su lado, me pregunto: Con qué clase de mentiras la engañaron para que ella piense y sienta que no tiene absolutamente nada cuando ella firmó un poder en el que dejó a mi hermana Ana Isabel Rojas Pardo todos bienes y legado”.

Esta parte de la familia dice que su única intención con esta versión de la historia es que Ana recupere todos sus bienes y pueda seguir teniendo una vida digna. “Leímos que pasa por una situación difícil. Ojalá ella se dé cuenta que quien estuvo a su lado toda su vida fui yo. Mi hermana solo llegó 20 años más tarde. Ella volvió cuando la empresa ya no tenía ninguna deuda y ahora es dueña de todo lo que con tanto esfuerzo se trabajó”.

Fernando dice que lo único que tenía de la empresa es la mitad de una máquina bordadora de la cual guarda un documento que acredita la compra y aseguró además que al comienzo se negó a dar su versión de los hechos por temor a las agresiones por parte de su hermana y el esposo de la misma. “Tengo pruebas de Facebook en donde ellos me humillan y difaman públicamente a mí y a mi núcleo familiar”.

Ojalá mi mamá se de cuenta de que quien estuvo a su lado toda su vida fui yo. Mi hermana llegó 20 años más tarde, cuando la empresa ya no tenía ninguna deuda. Ahora es dueña de todo

Por último, Fernando quiere dejar claro que su madre no se encuentra afectada económicamente. “Mi mamá tiene buenos ingresos mensuales. Tiene locales arrendados así como apartamentos. Desafortunadamente mi hermana está manipulando a los medios de comunicación para justificar sus acciones y para su propio beneficio”.

Estas son las dos versiones completas de los hechos. Solo la justicia en sus estrados demostrará cuál de las partes tiene la razón en cada uno de los puntos. Mientras tanto, su mamá Ana, como siempre, continuará bordando su historia, una que se repite en muchas familias.

Especial 'Abuelos'

*Las personas con 65 años y más representan el 6,7% de los habitantes de Bogotá. La ciudad tiene una tendencia hacia el envejecimiento. Este especial llamado ‘Abuelos’ da cuenta, a través de datos y varias historias, cómo se vive esta etapa de la vida en la capital. Una reflexión que sin duda, nos servirá a todos.

CAROL MALAVER
Subeditora de Bogotá
Escríbanos a carmal@el tiempo.com@CarolMalaver

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